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    DON JOSÉ alias "Parrita"

    (En recuerdo de un pordiosero que hubo  por Covaleda en los años 60, amigo mío)
     
    Le hizo una seña con el pulgar para que le rellenara el vaso. Víctor, el Vicma, torció el gesto y le recordó:
    —Que con éste van tres, Parrita.
    —Y a ti qué te importa —le contestó airado—. Tú sirve y calla —el Vicma disimuló como que no le había oído y enseguida volvimos a la conversación—. Pues como te iba diciendo, el saber leer es lo más grande de esta vida. Ni el dinero, ni las mujeres, ni el vino... —mientras iba contando observé sus dedos cuarteados por la mugre—; eso de poder abrir un libro y enterarte de lo que pone, eso... no tiene precio. Y...
    Volvió el Vicma con una frasca de vino tinto y le llenó el vaso hasta los bordes. Se fijó en que no me servía y me preguntó:
    —¿Es que tú no bebes?
    —No, gracias, paso.
    Me miró con un poco de compasión:
    —Que aquí no estamos jugando a las cartas, coño... ¡Bebe, que te invito!, —mientras me palmeaba la espalda—. Y que con los libros no tienes tiempo de aburrirte. Aunque sea la guía de teléfonos. Porque lo peor que puede ocurrirte en la vida es no saber qué hacer con el tiempo; te reconcomes por dentro dándole vueltas a la cabeza: te lo digo yo que de eso sé un rato. ―Se aplicó el vaso a los labios con toda la delicadeza de sus manos torpes y uñas negras―. Aggg, qué bueno sabe este vinillo, ¿verdad? Calienta el estómago. ―Se limpió los labios con el puño de la chaqueta―. Después de los libros no hay nada como el vino, chaval —volvió a palmearme la espalda—. Ya ves qué ironía: las dos cosas que más aprecio en este mundo y me fueron, precisamente, prohibidas durante diez años... —me miró achinando los ojos—: los que anduve en la trena—y arqueó la frente áspera de arrugas como señalando sorpresa—. ¿Tú sabes lo que es un campo de concentración? No. ¡Qué coño vas a saber si eres un crío! —Y dejó caer pesadamente la mano sobre la mesa.
    —Parrita —le dije medio en broma para corregir su error—, que tengo veintiún tacos.
    —¿Y eso qué es? Nada. Un chaval. ¿Y estudios?, ¿qué estudios tienes?
    —Acabo de sacar las oposiciones.
    —¿De qué?
    —De Magisterio.
    —¡Contra! Ahora resulta que eres maestro como yo! ¡Chócala! —y me ofreció su mano temblona, renegrida y aceitosa que yo estreché con un poco de aprensión.
    Todas las mañanas lo encontraba sentado en el banco de piedra que hay en la plaza de Covaleda junto al bar, a esperar que el sol y el vino le caldearan lo suficiente como para salir del letargo nocturno y empezar su ronda diaria de pordiosero. Hacía años que andaba limosneando de puerta en puerta sostenido por los vecinos y perseguido por los perros. Era don José, alias Parrita. Tenía la piel color humo, la calva cetrina, la mirada triste y la ropa concienzudamente arruinada.
    —Todavía conservo el título de maestro que me dio el Ministerio de Instrucción Pública firmado por el excelentísimo señor don Manuel Azaña —me dijo—. ¿Lo quieres ver? Te lo voy a enseñar. Lo llevo siempre conmigo en un canutillo de metal desde que salí de la trena. Gracias a que me lo guardó una mujer... Espera.
    —Deja, Parrita, no te molestes.
    —Pero si no es molestia, ¡ya ves! Espera. —Se puso a hurgar en el fondo de unas alforjas viejas que escondían los restos de su biografía, el baúl de sus miserias—. ¿Tú sabes quién fue don Manuel Azaña? —me preguntó mientras removía un amasijo de cachivaches.
    —Sí, claro —le respondí—: fue el presidente de la república...
    —Ex-ce-len-tí-si-mo señor presidente, joven —me corrigió recalcando las palabras—. Excelentísimo..., no lo olvides. Pues ahí está su firma. ¿Y sabes por qué lo mataron?
    —¿Lo mataron? —le pregunté sorprendido de su mala información—. Yo creía que se había ido al exilio... —Parrita me interrumpió antes de que concluyera la frase.
    —¡Exactamente! Pues eso, como si lo hubieran matado. Nos mataron a muchos, chaval, en aquel treinta y seis —concluyó tajante—. Mírame —y se ahuecó los faldones de la chaqueta para mostrarme un cuerpo enclenque cubierto de suciedad— a ver si esto es vida. Nos mataron, de verdad.
    Me fijé en su cara. Parecía estar cincelada a golpe de desencantos; olivácea, con trazas de haber sido arrastrada por todos los caminos de la indigencia y el abandono. Pero mantenía un porte erguido, el gesto didáctico y amplio como el de los maestros antiguos.
    —¡Contra! No lo encuentro. No sé dónde se habrá metido ese maldito título.
    Rebuscaba con insistencia por los rincones de las alforjas. Y empezó a sacar alguna de las ruinas que almacenaba, sedimentos de una vida hecha de miseria y desamparo: cabos de vela, un vaso de plástico rojo, un Lazarillo deslomado e iluminado con lamparones de aceite, periódicos viejos que le servían de manta...
    —Déjalo, Parrita, que te creo.
    Cesó en la búsqueda y tiró con rabia las alforjas al suelo que sonaron como un cadáver al desplomarse; luego se volvió hacia mí:
    —¿Ya tienes plaza?
    —Sí, en Soria capital, en un colegio público.
    —¿Colegio público los llaman ahora? ¡Ya ves! Nosotros decíamos escuela —me corrigió con ironía—. Y os dirán profesores ¿no?
    —Sí, bueno, “profe”.
    —¡”Profe”! —Se rió con desgana—. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante disparate?
    —Supongo que al ministro de turno.
    —Y supones bien, porque todos ellos no son más que un atajo de asnos. ¡Aaas-nooos! —reafirmó la voz con sendos golpes de nudillos en la mesa. Luego se quedó mirando al vacío, tomó el vaso y le dio un par de sorbos ruidosos. Yo fui maestro en Deza —añadió—. ¿Conoces el pueblo? Entonces era un villorrio destartalado y en cuesta. Monte áspero, seco, pero con una pequeña vega que daba de todo. Y una fuente abundante en la parte de arriba. Tomé posesión en septiembre del treinta y cuatro —¡madre mía lo que ha llovido desde entonces!—, y estuve allí hasta que... hasta que la...
    El Parrita se quedó suspenso, cortado, recordando algo que le hacía perderse en el tiempo, como si de pronto le hubieran abandonado las ideas, las palabras. Le ayudé a salir de aquel atolladero:
    —Hasta que llegó la guerra, ¿no?
    —Eso es, la guerra... —reaccionó como si regresara de muy lejos—: no te puedes imaginar la ilusión que tenía cuando llegué a aquella escuelita, ¡ya ves!, con sus dos edificios y sus letreros en el dintel: Escuela de Niños - Escuela de Niñas, levantados en pura roca sobre unas cuevas que servían de bodega al tío Raimundo, con un patio trasero abierto a las eras, al monte, a la vida. Cuando me dio la llave el alcalde y entré por primera vez en aquellos sesenta metros cuadrados sembrados de mesas, bancos y tinteros, me vino un olor a tarima recién fregada y a niño que no he vuelto a sentir en toda mi vida.
    Hizo una pausa. Se le aborrascó la mirada y al fin exclamó:
    ―¡Mi vida! Cómo lo iba a sentir si nada más llegar al pueblo me la arruinaron los muy cabrones —las palabras le salían lentas, feroces—. Tan sólo dos años me duró la alegría en Deza. Pepita, la maestra de niñas, hizo que fueran intensos, sin tregua, con un amor que me llegó así, sin verlo venir, dividido entre ella y los muchachos, porque lo nuestro fue amor del bueno: incluso llegamos a hacer planes para el futuro... ¡Ya ves! Después de ella, ninguna más, ¿para qué? —se pasó la mano por la cara dando un respingo. Luego se me acercó como si quisiera hacer una confidencia—: Me sabía los nombres de todos los chavales y los reconocía por la voz...
    Y las tardes de los jueves íbamos de correría por el monte hasta un castillo que hay en lo alto de un picacho: una vieja torre mora de vigía, y desde allí observábamos la vega, espiábamos el vuelo de los abantos que pasaban a nuestros pies; recogíamos plantas que examinábamos buscando sus nombres latinos en una Enciclopedia... ¡qué te voy a decir!: yo era maestro las veinticuatro horas del día. Pero todo se me fue al carajo por la maldita guerra.
    Se hizo entre nosotros un silencio de ésos que dicen pasa un ángel. Parrita aprovechó para dar otro tiento al vaso que lo dejó prácticamente vacío. «Aggg, esto sí que está bueno, ¿eh?»
    —Me acusaron de ser rojo. ¡Ya ves! A mí, por decir que nuestra madre era la república, que nos alimentaba, protegía y daba los medios para hacernos hombres de provecho. Y que esa bandera tricolor que había colgada a la entrada era la nuestra y se le debía un respeto... ¡Ahí tienes mi delito: hablar de respeto!
    Hizo otra pausa y apuró las dos gotas que quedaban en el fondo del vaso.
    ―¿Sabes tú de qué color es la bandera republicana? —me preguntó interesadísimo.
    —Parrita, por favor, que no soy un...
    —De acuerdo. ¿Y cuál te gusta más? —Se arrepintió al instante de la pregunta—. ¡Bah, déjalo! Me meto donde no me llaman. No me hagas mucho caso. Soy un viejo cascarrabias.
    —Yo, la verdad..., eso de las banderas no me...
    —Ya te he dicho que lo dejes. —Hizo una breve pausa—. Pues me detuvieron por rojo. Me metieron en un cuarto oscuro donde guardaban sacos de patatas, que decían era la cárcel, y allí estuve una semana detenido sin que me acusaran de nada en concreto. Pepita, mi novia, vino llorando para que me soltaran, que no había hecho ningún mal a nadie, que sólo enseñar a los niños... Pero el cabo del cuartel le dijo muy azorado que su hijo le había informado de que un día yo había dicho... —se rió para sus adentros—: ya ves qué acusación más grave: «Que yo había dicho...»
    El niño se llamaba Fernandito: un chico torpón, inocente y tímido, de los que te encontrarás a montones en cuanto empieces a ejercer tu digna profesión; a todos les gustaba la historia de España y yo les contaba cómo habían llegado primero los iberos, luego los celtas y que se juntaron formando los celtiberos, o sea, nosotros... Eso de la historia les encantaba. Y cuando me pedían explicaciones sobre temas de religión yo les decía que no, que eso eran cosas del cura, que le preguntaran a él... Que nosotros éramos laicos. Ése fue, precisamente, uno de los cargos que esgrimió el sargento: que me declaraba laico... ¡Qué pedazo de burro!, si sabría él lo que significaba esa palabra. Un día me paró el cura en la plaza, frente al ayuntamiento, y va y me pregunta:
    —¿Cómo es que el señor maestro no pisa la iglesia?
    Y yo le respondí con toda la tranquilidad de mis veinte años:
    —¡Porque no me da la gana! El meticón de don Rosendo se quedó pálido porque nadie le había llevado nunca la contraria, así que... no volvió a dirigirme la palabra. Porque yo era un maestro, no un clérigo. Desde entonces me la tenía jurada. Y en el treinta y seis me buscó la ruina, el bueno del cura. Ya me lo decía Pepita: «Haz como yo, guarda las apariencias». Pero yo, que no; que nadie me podría apear de mis convicciones... ¡ya ves!
    Y no me apearon. Los padres de mis alumnos, con los que tanto había congeniado y bebido en la taberna, no vinieron a defenderme, como es lógico, se jugaban el pescuezo si hablaban con un rojo que, además, se había confesado laico. Los chavales sí, los oía gritar a lo lejos para indicarme que estaban allí, que no me habían abandonado: «Señor maeeestro» gritaban, y yo por la voz los reconocía: éste es el Roque, este otro, el Carlitos..., y me sentía muy aliviado con su compañía y su voz.
    «Cumplo órdenes», fue todo lo que me dijo el sargento de Deza cuando me llevaron a su despacho, un cuartucho destartalado en el que habían plantado una enorme bandera roja y gualda, para darme noticias de mi traslado, «y tengo que llevarle detenido a Soria». ¿De qué se me acusa?, le pregunté. «De rojo», me respondió escuetamente, molesto por mi descaro.
    —Julio del treinta y seis: ¡qué días de calor! Como quien dice acabábamos de empezar las vacaciones. Pepita y yo habíamos hecho planes de casarnos, de marcharnos por San Sebastián de luna de miel..., ¡ya ves! Si nos hubiéramos ido antes... Pero todo se fue al cuerno por esos militares traidores, fascistas. Lo primero que hicieron fue echarme del magisterio. Luego, en el juicio que tuve en Soria, sin abogado defensor ni nada, me acusaron de todo lo que les dio la gana. Si alguien dice que yo había matado al Cid, van y se lo creen los muy cretinos: fue una farsa. Y aún el fiscal, un alférez remilgado y medio maricón me dijo que yo era peor que un asesino porque envenenaba las mentes de los niños con ideas revolucionarias y anticlericales... ¡ya ves! La de sandeces que tuve que oír en aquellos juicios sumarísimos. Pero cuando me dijeron que quedaba expulsado del magisterio me derrumbé y lloré amargamente: no me importaba ir a la cárcel, padecer hambre y fatigas, pero el no poder enseñar..., eso fue peor que una puñalada trapera. Fue mi muerte.
    —¿Y no pudiste hacer nada después? —le pregunté tímidamente para mostrarle mi solidaridad, mi interés por su causa.
    —¿Hacer? ¿Qué puede hacer un preso si no es pudrirse en la cárcel?
    —Ya, claro —le respondí—. ¿Te tuvieron en Soria mucho tiempo?
    —No. Sólo al principio de la guerra. Después fui rodando de penal en penal a medida que avanzaba el frente hasta que di con mis huesos en Alicante. Como no tenía delitos graves no me hicieron consejo de guerra, pero tres veces me dieron el paseíllo simulando un fusilamiento en las bardas del cementerio. En la primera me ensucié en los pantalones y los muy cerdos se reían de verme temblar como una hoja. A pique estuve de morir de miedo.
    Aunque no todo fue malo en el penal de Alicante, porque allí conocí al gran poeta Miguel Hernández, junio del cuarenta y uno. ¡Qué versos encendidos, qué declamaciones en el patio de la cárcel, qué tardes de poesía militante...! Allí fue donde noté lo que era la verdadera solidaridad. Lástima que se lo llevara la muerte tan temprano, como dejó escrito en uno de sus poemas. Me llamaba “su amigo”. «Amigo José —me decía—, mira a ver si me puedes hacer este pequeño favor...»
    Parrita se quedó hurgando en el recuerdo de sus días alicantinos mientras contemplaba con desolación el vaso vacío.
    —Ponle otro —le dije al Vicma, que nos escuchaba desde la puerta.
    —¿Otro?
    —Sí, y algo de comer: escabeche, aceitunas..., lo que tengas. Y no le cobres. A mí me pones una cerveza.
    Parrita seguía ajeno, con el vaso en la mano.
    —Sabes aquellos versos que dicen:
     
    La cebolla es escarcha
    cerrada y pobre.
    Escarcha de tus días
    y de mis noches.
    Hambre y cebolla
    hielo negro y escarcha
    grande y redonda...
     
    —Sí, la he leído muchas veces.
    Él siguió recitando pausada, hondamente los versos de Miguel hasta llegar a:
    Tu risa me hace libre,
    me pone alas...
     
    Se detuvo de golpe:
    —¡Contra!, ya se me ha olvidado: me pone alas... —insistió— ¡Qué calamidad! Conste que me la sabía de memoria...
    —No te preocupes, Parrita, que yo la he leído más de veinte veces y todavía no me la he aprendido.
    —Me hago viejo, muchacho. ¿No la tendrás por casa?
    —Creo que sí.
    —Déjamela, por favor. A ver si la recuerdo...
    Le miré fijamente y le dije:
    —Te voy a regalar el Cancionero completo, Parrita.
    —No, no, no; —rechazó vehemente mi oferta, casi en tono ofendido; luego se llevó la mano a la barbilla y añadió— aunque me harías el hombre más rico del mundo. Miguel Hernández, qué buen camarada, y su mujer, la pobre, tan pálida, tan triste, viendo cómo se le morían los dos: el esposo y el hijo.
    —Fue una verdadera pena.
    —Una tragedia:
     
    Adiós, hermanos, camaradas, amigos,
    despedidme del sol y de los trigos...
     
    dejó escrito en los ladrillos de la celda justo antes de morir, marzo del cuarenta y dos.
    El Parrita se quedó arrugado, retraído en sus recuerdos. Y en esto llegó el Vicma con la pitanza.
    El sol de mayo, en la plaza de Covaleda, calienta la piel y el corazón de las gentes. 
    El sol de mayo a mi amigo Parrita le caldeaba la memoria de cuando fue hombre, aunque no recordara los versos de Miguel.

    Una mañana de NOVILLOS (Un Capítulo de mi nueva colección de relatos: "AL AMOR DE LA LUMBRE"

    Una mañana de NOVILLOS

    Debió de ser una preciosa mañana de mediados de junio cuando mi primo Nelo, David “el Bolas” y yo decidimos salir furtivamente de la escuela para darnos un garbeo por el monte en lugar de volver a clase después del recreo. Hacer novillos.

    Tuvo que ser un impulso voraz el que nos empujó a saltar los muros y gozar de esa sensación intensa de huir como tres forajidos al margen de la ley ―de la ley escolar, se entiende― y sentir lo dulce que resulta disfrutar de lo prohibido.

    De nada sirvieron las puntas de lanza que erizaban la valla del patio, el ojo avizor de don Paco, ni la tapia de piedra sillar que cerraba el flanco oeste: el paso del tiempo había socavado su solidez dejando a la vista unos agujeros estratégicos que facilitaban la escalada y, por ende, la huida. 

    Y nos largamos.

    Una vez fuera del patio nos deslizamos como habíamos visto hacer en las películas: sigilosos, de esquina a esquina, agachados para no ser vistos.  Y sin darnos cuenta fuimos dejando atrás el centro escolar pensando que la emoción de la hazaña novillera compensaba con creces el riesgo del castigo.

    Oímos, ya de lejos, la campanilla que señalaba la entrada a clase. Fue cuando nos miramos los tres y nos sentimos cómplices de una aventura que no había hecho más que empezar. Pronto nos echaría a faltar don Paco que miraría en el patio, los retretes, por los pasillos…, sin hallar rastro de los tres fugitivos.

     

    —¿Y ahora qué hacemos?

    Cuando uno de nosotros dijo: «¿Y ahora qué hacemos?» caímos en la cuenta de que lo más interesante de la historia ya había pasado: el atreverse a dar el primer paso, lo demás casi no tenía importancia. Ante la indecisión, nos fuimos dejando llevar hacia “el Campo”, una pradera verde que ofrecía la posibilidad de gozar de aquella mañana espléndida de una naturaleza salvaje. Empezamos por coger “chupamieles”, comimos “taños” —que eran unas hojas ácidas que te dejaban la boca como un estropajo—, nos revolcamos como locos en la hierba ya alta, nos metimos en el arroyo de Mañanca para coger sanguijuelas y ponérnoslas en la piel a ver si era cierto eso que decían de que chupaban la sangre...

    «Tan, tan, tan...», la campana del reloj del Ayuntamiento dio las doce que oímos a lo lejos. Nos quedaba una hora para disfrutar de aquella dulce demencia antes de volver al pueblo e ir a comer,  tan tranquilos, como si no hubiera pasado nada. Y fuimos descubriendo cosas tan comunes como un nido de abubillas, un escuerzo tripudo, o ver a un pobre saltamontes luchar a brazo partido contra las hormigas rojas que empezaban a merendárselo en lo alto de su hormiguero.

    —¿Y ahora qué hacemos? —volvió a preguntar  David.

    —¿Por qué no vamos a escondernos en las troneras de la iglesia? —propuso Nelo.

    La propuesta era tentadora porque la iglesia ofrecía montones de recovecos excitantes que conocíamos muy bien por nuestra condición de monaguillos, lo que nos permitía tener acceso a ciertos lugares prohibidos para el resto de los mortales. En la bóveda de la nave central —que llamábamos las “troneras”—, se podían encontrar cosas tan insólitas como misales viejos, nidos de golondrina empollando, clavos antiguos, colmenas silvestres, crucifijos rotos, ratas y suciedad a montones; también podíamos subir a la torre, junto a las campanas, y contemplar el pueblo a nuestros pies disputando el espacio a las cigüeñas; sentir la brisa fresca del Urbión que todavía conservaba manchones de nieve, escupir al aire sin ser vistos...: sí, explorar la iglesia podría ser una aventura apasionante.

    Fuimos dando un rodeo por las afueras del pueblo. Saltamos las tapias de unos prados y enseguida llegamos a la puerta grande del templo. Entramos furtivamente pues era seguro que  si nos topábamos con don Nicolás, el cura, la primera pregunta sería:

    ―¿Y vosotros qué hacéis aquí que no estáis en la escuela?

    Lógico, y el castigo sería fulminante. Allí, en la penumbra fría del bajo-coro, buscamos refugio al fondo del baptisterio, justo donde pendían como cuerdas de ahorcado las sogas que servían para tocar las campanas. Y, de golpe, una que empieza a moverse sola: para arriba y para abajo.

    —Se está moviendo —susurró Nelo; David y yo nos quedamos petrificados contemplando el prodigio.

    —¿Quién será? —dije, muerto de miedo.

    El misterio se desveló cuando nos dimos cuenta de que el sacristán andaba por el campanario tocando el “Tenterrenublo”, o sea: el aviso de que era la una de mediodía, momento en que paraban las fábricas, se cerraban los comercios, salían los niños de  la escuela y todo el mundo se iba a su casa a comer.

    «Tan, tararantan, tan, tan, tan...» el Sacris tiraba de las cuerdas con una maestría estudiada llamando al pueblo a colación, según expresión de don Nicolás.

    Tenterrenublo,

    tente tú,

    que Dios puede

    más que tú...                                                                         

    repiqueteaba la salmodia moviendo los badajos de las campanas con suavidad.

    Cuando el sacristán nos vio allí arriba, en lo alto de la torre de la iglesia, casi se le caen las cuerdas de las manos. Nos miró  muy escamado y dijo:

    —¿Y vosotros qué hacéis aquí que no estáis en la escuela?

    Era la pregunta prevista. A mi primo se le ocurrió una salida ingeniosa notándosele a una legua que estaba mintiendo:

    —Veníamos para ayudarte para tocar...

    El Sacris se quedó de escayola:

    —¿Ayudarme a mí? —se puso serio—: Lo que pasa es que vosotros habéis hecho “novillos”, ¿verdad?

     Yo me atreví a contestar con todo descaro:

    —¿Nosotros? ¡Qué va!

     El sacristán nos señaló las escaleras con un gesto:

    —Andad, hacedme el favor de iros a casa y ya veréis cuando se enteren vuestros padres de que estáis haciendo novillos...

    En ese instante yo supe que era culpable. Bajamos las escaleras como los reos suben las del patíbulo: dudosos, silenciosos, temerosos.

    Ya en la calle, el día seguía siendo espléndido, las cigüeñas machacaban alegres su ajo, pero sobre nuestras cabezas se cernían unos negros nubarrones de tormenta. Cada cual tomó el rumbo de su casa sin despedirse del resto pues harto teníamos con ocuparnos de nosotros mismos. «¿Qué nos hará don Paco?», me pregunté con una evidente desazón perdido en mis cavilaciones. Pero la respuesta me lo dijo el Guaya, mi vecino, nada más verme:

    —Pedro, el maestro ha escrito vuestros nombres en la pizarra y ha dicho que los vais a tener que borrar con las lágrimas...

    ¡Glub!, se me hizo un nudo en la garganta y otro en el corazón: con aquello no contaba, pero eran tiempos en que la letra entraba con sangre y si don Paco había advertido de que habría lágrimas, sin duda las habría.

    Cuando llegué a casa, rompiendo lo habitual en mí, lo hice como una sombra, sin ser notado por nadie. Todo lo que veía parecía acusarme de “novillero” después de haber disfrutado durante media mañana de un placer equivalente a la libertad.

    Mi madre me notó algo raro:

    —¿Qué te pasa que andas tan callado, Pedrín, estás malo?

    La procesión iba por dentro. Miraba de reojo al reloj porque sabía que había una hora, un momento inexorable en que tendría que enfrentarme a mi propio destino que estaba íntimamente ligado a don Paco. Y ese momento fatídico lo habían fijado para las tres en punto de la tarde, lo decía la pizarra.

    Comí en un voleo, y era tal mi estado de ansiedad, mi conciencia me daba tales bocados, que salí de casa corriendo en busca del calor reconfortante de los muros de la escuela que abandonara como un ladrón unas horas antes como gesto de desagravio hacia ellos: los arces rumorosos que sombreaban el patio, los gorriones alborotadores que los habitaban, los hoyos donde jugábamos a las canicas..., jamás lo había encontrado todo tan hermoso.

    Repasé con la vista la geografía escolar, el mástil con sus tres banderas —nacional, falangista y requeté—, y empecé a notar que estas cosas tan comunes y nunca apreciadas me calentaban un poquito el corazón. Y me dije:

    ―A fin de cuentas, don Paco es mi maestro... ¿cómo va a hacer que borremos la pizarra con las lágrimas?

     

    El patio se fue llenando de escolares vocingleros. También llegaron David y Nelo. Al reencontrarnos, me dijeron que ya sabían lo de la pizarra. Teníamos miedo. En nuestras caras se podía leer la sentencia: “Borraréis vuestros nombres con las lágrimas…” Nos acurrucamos en un rincón como tres apestosos dejando pasar el tiempo; algunos compañeros de clase sabedores del delito nos miraban con cara de pena; otros, con algo de envidia; la mayoría, con indiferencia.

     

    Sonaron tres campanadas rotundas: tan, tan, tan. Era la hora de entrar, nuestra hora. Formamos las filas para cantar el “Caralsol”, se dieron los gritos de ordenanza: “¡Arriba España!” , etcétera, y enfilamos las escaleras; cuando atravesé el umbral de la clase vi con horror que todo lo que me había dicho el Guaya era cierto: mi nombre palpitaba en la pizarra con la pulida caligrafía de don Paco, seguido del de mis cómplices de huida:

    Pedro

    Agnelo

    David.

    Fui directo a mi sitio. Allí, de pie, sentí un repeluzno en el espinazo y sin que nadie me dijera nada me afloraron un par de lagrimillas rebeldes que quise disimular con el dorso de la mano. Mis colegas de “novillos” tenían la cara pálida, estaban rígidos, desencajados.

    Entró don Paco. Comenzó la clase con el acostumbrado  rezo del Padrenuestro, y cuando llegamos a eso de perdónanos nuestras deudas lo tuve muy claro: en ese momento empecé a encomendar mi alma a Dios porque el día del Juicio Final estaba a las puertas... Acabado el rezo, dijo don Paco:

    —A ver, pasen aquí estos tres caballeretes… ―señalando la tarima desde la que presidía la clase.

    Lo demás es fácil de imaginar.

    ¿SE ACERCA EL FIN DEL MUNDO?

    Que el mundo se acaba ha sido anunciado tantas veces por profetas y agoreros que prácticamente ya nadie se cree el anuncio. Y hacemos bien. Pero ojo, EL MUNDO TIENE FECHA DE CADUCIDAD.

    Me explicaré.

    Hace algo más de 4.000 millones de años la Tierra no era más que una bola ardiente que vomitaba fuego, gases venenosos y sacudidas tremendas que hacían la vida imposible..., imposible salvo para unas bacterias insignificantes que en ese medio vivían y engordaban y se reproducían la mar de a gusto.

    Se puede afirmar que hace 3.000 millones de años ya había vida sobre la piel de la Tierra: se han encontrado fósiles de ciertos microbios y organismos elementales que tenían la virtud de sintetizar aquellos gases venenosos del principio para convertirlos en oxígeno (O2) creando esa capa mágica que llamamos atmósfera y que permitirá la evolución de los seres vivos tal como hoy los conocemos. Paradójicamente, el oxígeno por ellos producido hará que perezcan masivamente estos microorganismos salvo unos pocos que se adaptarán y permitirán la evolución genética.

    Esta evolución nos lleva a que hace 2.000 millones de años aparezcan organismos más complejos dando lugar a plantas y animales unicelulares primero y pluricelulares después, que serán el punto de partida para llegar (al cabo de 1.000 millones de años) a los grandes carnívoros y herbívoros de la historia, como son los dinosaurios que se extinguieron hace unos 60 millones de años seguramente por la caída de un meteorito que envolvió a la Tierra en una noche glaciar de la que se salvaron aquellas plantas y animales que supieron adaptarse al frío y la oscuridad.

    ¿Y el hombre?

    Se sabe que en el centro de África ciertos grupos de macacos fueron evolucionando a lo largo del último millón de años para dar lugar a un ser muy “mono” que llamamos homo erectus; luego evolucionaron hacia al homo hábilis y por fin al sapiens (grupo al que pertenecemos aunque algunos demuestren todo lo contrario). Por cierto, que el hombre proviene del mono no tiene discusión, y un amigo mío dice que no hay más que ver al Antonio de mi pueblo para confirmar la teoría.

    ¿Y el FIN DEL MUNDO, para cuándo?

    Tranquilo (o tranquila, si eres una chica), que todo llega.

    Según los científicos que he consultado, estamos en la mitad del camino. Es decir, que aun falta tela. Dicen que la hecatombe final, la desaparición de la vida sobre la Tierra vendrá por la falta de... ¡CO2!, justamente el gas que ahora mismo está produciendo el efecto invernadero y contra el que la humanidad está luchando para evitar el cambio climático. Dicen que en el plazo de 1.000 millones de años más del 80% del CO2 de la atmósfera se habrá convertido en piedra (carbonato cálcico) y por consiguiente, la mayoría de las plantas dejarán de existir por no poder realizar su fotosíntesis y morirán. Esto conlleva a la desaparición de los animales (el ser humano lo es) y de rebote la vida sobre la Tierra: sólo se salvarán de la catástrofe los microbios y las bacterias, con lo que volvemos al comienzo de esta historia.

    Pero lo peor esta por llegar.

    En este período de 1.000 millones de años, el sol habrá aumentado su temperatura un 15%, lo que supone que los mares se evaporarán dejando grandes depósitos salinos y una atmósfera imposible. La Tierra será un lugar abrasado y desértico muy parecido a Venus, es decir: un planeta muerto. Para entonces, el hombre habrá desaparecido, a no ser que su inteligencia haya evolucionado y descubierto algún tipo de energía capaz de transportarle a otro lugar y crear en él un espacio habitable... Pero de poco le servirá porque el sol seguirá creciendo de tamaño  hasta convertirse en una estrella gigante que irá pulverizando todo lo que encuentre a su paso. Entonces sí que será EL FIN DEL MUNDO de verdad, porque la Tierra se evaporará literalmente, y se convertirá en polvo de estrellas... ¿no es bonito?

    Pero tranquilo (tranquila, si eres una chica), que esto sucederá dentro de 5.000 millones de años, y para entonces, estaremos todos calvos.

    MAQUIS en el CORAZÓN del RODENO

    Fragmentos de mi última novela:

    Maquis en el corazón del Rodeno

                Primeras impresiones

                He vuelto al Rodeno, al corazón del Monte Rodeno, por ver lo que queda del Campamento, medio siglo largo después de los hechos que allí tuvieron lugar y, la verdad, me sigue impresionando tanto por su historia —aún quedan trincheras, alambradas y nidos de ametralladoras de lo que fuera el Frente de Teruel—, como por la belleza caprichosa de este rincón de la Sierra.

                Entre aquellas piedras rojas —rodenas— se esconden sucesos de valor y sangre, la huella de unos hombres y mujeres que pelearon arriesgando sus vidas por un ideal imposible: ganar una guerra perdida diez años antes en una lucha desigual que llamaron Reconquista de España.

    EN EL CORAZÓN DEL RODENO

    Entró en la cueva arrastrando tras sí un halo de escarcha que traía adherido al aliento. El rescoldo hacía rato que se había amortecido bajo una espesa capa de cenizas y dentro apenas si la temperatura mejoraba los varios grados bajo cero que hacía en el exterior. Al entrar, “el Valencia” notó un denso olor a ropa mojada, a cuerpo sucio y animal dormido. Era el ambiente sórdido habitual de la cueva.

    En un saliente del fondo, una vela de sebo alumbraba sin brillo las sombras y los rostros de los hombres al vaivén de una llama agónica. Resopló frotándose enérgicamente las manos que tenía congeladas y fue directo al rincón donde dormían los guerrilleros arrebujados entre mantas y sacos rellenos de helechos secos.

    Le golpeó el costado con el cañón de la Thomson y le dijo hosco, sin miramientos:

    —Te toca hacer la guardia. Venga, sal fuera.

    “Isidro” se despertó bruscamente, como si surgiera de una pesadilla; intuyó que se dirigían a él y trató de levantarse apoyando primero un codo en el suelo para hacerse a la idea de que no estaba soñando; le costó abrir los párpados porque en ese momento estaba profundamente dormido; no veía a quien le hablaba, pero aquella voz que retumbó bajo la bóveda de raíces y piedras que techaban la cueva le resultaba inconfundible: la del jefe; como si le doliera despegarse del suelo, se incorporó a medias y sintió una punzada en el cuenco de los ojos que restregó con violencia: le había costado Dios y ayuda dormirse porque había estado dándole vueltas a la cabeza durante buena parte de la noche y ahora, justo cuando le parecía haber entrado en lo mejor del sueño, en la placidez tibia del abandono, algo frío le venía a despertar sin contemplaciones: el cañón de la metralleta del “Valencia”.

    —Levanta —le dijo—. Te toca hacer la tercera. Sal y arrópate, que ahí fuera está helando de cojones, ¡y no te quedes dormido!

    No era necesario que le recordara el tiempo que hacía en el exterior de la cueva, a él, que era de Valdecuenca, en plena sierra de Albarracín, con casi cuarenta años a las espaldas pateando el monte, inviernos y veranos, de caza y de pastoreo... En su haber tenía anotados inviernos de una dureza siberiana, de manera que aquella observación del “Valencia” le parecía absurda: «¡Será tonto —pensó el hombre—, decirme que hace frío en pleno mes de enero y en lo alto de la Sierra de Santerón!»

    “Isidro” se restregó la cara con manos ásperas, alisó mecánicamente el pelo grasiento simulando un aseo forzoso y se fue a buscar el fusil en el armero que habían improvisado con tres ramas de pino a medio desbastar al fondo de la cueva; se lo colgó al hombro y salió sin decir palabra. Al cruzarse, miró a su jefe con ojos de cansancio, de hastío, hundidos los hombros, como si la vida de guerrillero le pesara igual que una losa que no le dejara levantar la cabeza; no llevaba muchos días en compañía del “Valencia”, dos semanas a lo sumo desde que tuvieron que salir zumbando del Campamento del Rodeno cuando la Guardia Civil lo asaltó a finales de diciembre, tiempo suficiente como para saber que su nuevo jefe no le caía bien; era un personaje taimado y escurridizo que tenía en la palabra una forma despiadada de atemorizar, de someter, de usar toda la crudeza posible para imponerse; que helaba la sangre con sus ojos grises, inexpresivos, y cortaba el aliento con su voz de metal.

    Al darle la espalda recordó nítidamente la conversación mantenida con él la tarde-noche anterior, cuando salieron de merodeo por los caminos que circundaban el cerro donde se ocultaban para ver si había novedades; entonces, va y le dice de pronto, recostados como estaban en un repecho:

    De buena gana me echaba un pitillo, aquí, tranquilamente...

    “Isidro” le miró despacio, con la calma del hombre templado que se ha visto en lances más comprometidos, intuyendo que aquella amistosa invitación era una trampa, una trampa mortal pensada para provocarle de una forma sutil, malvada, porque fumar en el desarrollo de una misión era motivo más que suficiente para que te colgaran al día siguiente si ponías en peligro la vida de los demás. La astucia era el arma básica del guerrillero y la primera lección que aprendías nada más llegar al campamento era la de ser precavido: «Toda precaución es poca, el enemigo se vale de nuestras pequeñas imprudencias y debilidades para aniquilarnos», decía el manual.

    —No tengo tabaco —respondió él, distante, frío—, además...

    Inteligentemente dejó abierta la puerta a la provocación, esperando que fuera el otro quien cometiera esa imprudencia para poder echárselo en cara y tomar una pequeña venganza sobre su habitual arrogancia cuando hicieran la crítica al final del día, en asamblea, según la norma machaconamente proclamada por el partido para corregir los posibles errores o desviaciones del grupo. «Autocrítica» lo llamaban.

    —Ni yo —mintió “el Valencia”, sonriendo como una hiena, con la humildad ficticia del niño sorprendido en falta—, lo decía sólo para ver cómo reaccionabas... Se nota que conoces bien el reglamento... No está mal.

    Siguió un minuto largo de silencio. Luego, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de cuero, sacó dos balas nuevas y le dijo:

    —Mira, “Isidro”, ¿ves estas dos balas?

    —Sí —respondió secamente, con la vista clavada en aquellos latones que brillaban con los amarillos mortecinos de un sol tardío de invierno—, claro que las veo; ¿qué pasa con esas balas? —añadió al cabo de unos segundos de espera estimando que, a pesar de tener treinta años, a veces, su jefe se comportaba como un crío juguetón y estúpido.

    El otro sonrió mientras las hacía tintinear con un campanilleo siniestro en el cuenco de la mano:

    —Míralas bien, “Isidro”. Son nuevas. Tan pequeñas y tan poderosas al mismo tiempo, ¿verdad?, parece mentira; —“el Valencia” siempre trataba de mostrarse locuaz, dar la impresión de ser un hombre razonador y culto frente a sus subordinados—. Fíjate bien en ellas: aquí donde las ves, estas balas ya tienen un destino. ¿Es curioso, no? Tienen un destino que ahora mismo no sé cuál es, pero por ejemplo: si estuviéramos rodeados por la Guardia Civil —le peguntó torciendo el sentido de sus razonamientos— y no pudiéramos escapar, ¿qué destino les darías?

    “Isidro”, mordido por la sorpresa, le miró como si estuviera delante de un extraño.

    —¿Y eso, a qué viene ahora?—le respondió a su vez con un desprecio contenido; luego, se encogió de hombros y señaló con un gesto del mentón la metralleta Thomson que le cruzaba el pecho. La pregunta no era absurda, aunque sí inoportuna y penosa. Pensó que “el Valencia” lo hacía para comprometerle, para tantear su valor, a no ser que le tomara por un imbécil. Notó que se estaba poniendo tenso, que aquello empezaba a enturbiarse y que su jefe tenía realmente ojos de chacal.

    —Pues yo tengo muy claro lo que haría con ellas si estuviéramos copados —añadió “el Valencia” como respuesta—: ¡pim, pam!, artículo catorce del Reglamento—le dijo apuntando con el dedo índice a modo de pistola su sien mientras le aclaraba— una para ti y la otra para mí, ¿comprendes lo que te quiero decir? Artículo catorce. Vivos no nos iban a coger, te lo puedo asegurar.

    “Isidro” le seguía observando en silencio tratando de adivinar sus verdaderas intenciones: «¡Será hijo de mala madre!—se dijo—, ahora me viene a restregar por las narices un artículo que se acaba de inventar —pensó sin mover un solo músculo de la cara, desafiante—, pues muy listo te has de andar si piensas cazarme, cabrón, porque no tendrás tiempo para llenar el cargador...», y soltó una blasfemia rotunda entre dientes. El otro se le quedó sonriendo, displicente, esperando ver florecer los frutos del miedo en los ojos del guerrillero; pero “Isidro”, persona endurecida por la vida, conservó una espesa calma fría de hombre tranquilo que le sirvió para responder sin alterar la voz, seguro de sí mismo:

    —Claro que sí, ¿no lo voy a comprender?: «pim, pam», muy fácil, artículo catorce, o treinta y ocho, —y luego, sopesando las palabras—, pero te voy a decir una cosa muy simple, mi comandante: por mí te puedes meter las dos balas por donde te quepan…, y el artículo catorce detrás —hizo una pequeña pausa—, y deja ya de sonreír, coño —alzó levemente el tono—, que me estás poniendo nervioso.

    “El Valencia” se enderezó de golpe con cara de pocos amigos mientras se limpiaba la culera de pana al sentirse recriminado por un subordinado; pensó que a lo mejor había ido demasiado lejos con la broma de las balas y el tabaco aunque, en realidad, decía lo que pensaba; tal vez porque desconocía la entereza de su camarada, un hombre al que no se le podía pisar el terreno por las buenas ni acobardar fácilmente, o porque estaba pasando por un mal momento; de todas formas, en el futuro trataría de guardar las distancias con los subalternos para mantener intacto el principio de autoridad, es decir, aplicar el Reglamento a rajatabla:

    —Vaya con el “Isidro”, ahora se nos ha puesto gallito... —le dijo.

    Y él, sin bajar la vista:

    —Ni gallito ni hostias, me pongo como me da la gana.

    ALBOCABE

     

    ALBOCABE

    La vida en Albocabe se detuvo de forma fortuita un quince de julio de 1937 y ya nunca volvió a recobrar su pulso normal. Sucede a veces que un hecho trivial, insignificante en apariencia, arrastra y despeña por la torrentera de la vida a otros pequeños desastres tan simples como el primero que, anudándose unos con otros, forman esa cadena invisible pero tenaz que nos ata a lo que llamamos destino trágico. Y esto es lo que sucedió en la llanada soriana aquel julio del treinta y siete: una desgracia que arruinó definitivamente la vida del pueblo.

    Dicen que la culpa de todo la tuvo el loro del jefe de la estación que no paraba de chillar lunático, verde, subversivo: «¡Viva la república! ¡Viva Azaña!», en plena guerra civil al paso de los trenes que iban acarreando hombres y pertrechos hacia el frente de Teruel.

    El único disparo que retumbó en los contornos de Albocabe por aquellas fechas fue el del fusilamiento del loro sobre las bardas de la estación, con jaula y todo. Y este disparo salido del pistolón de un alférez falangista fue la señal de partida para una carrera loca hacia el abandono y la muerte.

    El loro era un provocador, republicano, de facción diametralmente opuesta a la de su dueño, Emeterio Garcés, que se consideraba de derechas «como toda la gente decente de por aquí, salvo cuatro ilusos bolcheviques que esperan repartirse las tierras de los demás, ¡serán sinvergüenzas!, como éste —y señalaba al Aquiniano, el guardagujas, un buen hombre, bajito, renegrido y verrugoso al que le había dado por estudiar esperanto y afiliarse a una célula anarquista dependiente de la CNT internacional— que no tiene donde caerse muerto y, la verdad, más le valdría».

    —Sólo digo lo que pienso, fascistón —le aclaraba el señalado.

    Entre Emeterio, jefe de la estación de Albocabe, y su loro no había buenas relaciones por culpa de la política y del Aquiniano que malmetió al loro contra su dueño enseñándole gritos subversivos y la primera estrofa de la internacional ácrata.

    —¿Por qué no dejas al loro en paz y te dedicas a engrasar el cambio y la contrapesa que los tienes llenos de rumio?

    El guardagujas le miraba con calma y la aceitera en la mano:

    —Hay animales que son más racionales que los propios humanos. Velay al loro. Toma, lee y aprende—le dijo Aquiniano mientras le largaba al jefe de estación el último panfleto esperantista que le había llegado de la capital: Studado pri landnomoj.

    No me interesa tu propaganda política —le respondió despectivo.

    —Esto no es propaganda ni es política, animal; esto es cultura.

    —Te van a dar para el pelo cuando vengan los de Franco —le interrumpió bruscamente Emeterio, que en ese momento se disponía a atender una llamada avisándole de la salida del mixto 325 de la estación de Alconaba.

    No hizo falta esperar a que llegaran los nacionales para que Aquiniano desapareciera del pueblo sin dejar rastro.

    —Se habrá ido al frente —aclaraba Emeterio cuando le preguntaban por su ayudante—, con los rojos, claro.

    A Albocabe hoy han vuelto las cigüeñas. Con las aguas del último invierno las arcillas del fondo han hecho acopio y la fuente está abundosa, el pilón lleno a rebosar y la charca verdea de ranas y liazas.

    Hacía tiempo que no se veían cigüeñas por aquí. La espadaña de la iglesia quedó huérfana años atrás cuando el cierzo les arrancó el nido haciendo que los animales aborrecieron el lugar espantados por tanta sequía, y que la tierra se volviera yerma. Florecieron los cardos en lo que antaño fueran sembrados de forma que los hombres se vieron irremediablemente empujados a buscar cobijo en los pueblos vecinos, dejando su pasado en el olvido y los muertos sepultados en la soledad del cementerio. Al fin sólo quedaron los barbechos y las lápidas.

    Desde que el último en marchar dejó puesta la llave de su casa para que entrara quien quisiera, el pueblo se fue acecinando, convirtiendo las casas en montones de adobe con grandes ojos hueros, aireando los machones de los tejados como esqueletos tendidos al sol, magros monumentos a la ruina y al abandono.

    Y con la lluvia y la gente se fueron las cigüeñas. El páramo se hizo consistente y sólido, pardo: el pueblo quedó vacío, la iglesia sin santos, la estación muerta. Además de las cigüeñas, la espadaña gótica perdió las campanas, y el camino que llevaba al cruce de Gómara empezó a enterrar sus losas bajo una espesa capa de barro seco ocultando el sendero que durante siglos trajo bodas, procesiones votivas, noticias de la guerra contra el francés, gaiteros en las fiestas y algún que otro sobresalto como el de la violación y muerte de la bella Dorita a manos de un buhonero; hoy ya es camino sin retorno, quedando sólo un letrero fantasmal y herrumbroso como única señal de que allí hubo una vez vida.

    Intentó que se corrigiera, que gritara: ¡viva España!, ¡viva Franco!, pero su aprendizaje lento y a contrapelo de lo que ya sabía no le dio ningún resultado:

    —A ver: di «Franco».

    —Krrrar..., «¡Azaña!»

    —Cabezón, que digas «¡Franco!»

    Y el loro:

    —«¡A las barricadas...!»

    —Cállate, maldito bicho —le amenazó con una estaca.

    —Krrrar..., krrrar...

    Entonces tomó la determinación de abandonar el loro a su suerte para evitar compromisos: le abriría la reja y lo extrañaría de su estación. «No quiero loros republicanos en mi casa». Pero en esto también anduvo un poco tardo el Emeterio.

    Al loro lo fusilaron una tarde de julio, luminosa, verde como su plumaje, contra el paredón del tinglado numero uno, en aquellos días en que los trenes bajaban llenos de mulos, falangistas y camisas negras camino del frente, que saludaban a las chicas con el brazo extendido, a la romana, cantando en italiano:

    Mamma ritorna la ganceta

    de la mia terra natale

    che en el Africa orientale

    presto il fascio fara vendetta...

    Emeterio entró en agonía. Sudaba a mares. Cuando se detuvo el tren y vio bajar a la tropa en su estación, lo primero que hizo, después de arremolinar la bandera de señales, fue ir corriendo a buscar al loro y ocultarlo bajo una manta sudadera de las que tenía para abrigar al burro en las mañanas de escarcha.

    «A las barricadas, a las barricadas por el triunfo del honorrr...», se oyó de pronto.

    Emeterio quedó hierático, rígido, como quedaban las estatuas de sal en el Antiguo Testamento. El cabello se le encaneció súbitamente. De aquella especie de túmulo mortuorio salía una voz metálica, apagada, claramente audible, que profería gritos subversivos:

    «A las barricadas, a las barricadas por el triunfo del honorrr...»

    —¿Dónde está esa radio comunista? —tronó alguien.

    —Mi alférez, mi alférez, que eso no es una radio, que es un loro... —dijo el jefe de estación saliendo de detrás de la taquilla y cuadrándose espantado frente al militar.

    —¿Y quién coño es el dueño del loro?

    —Yo, esto..., quiero decir... que no, que no es mío —respondió atropelladamente.

    —¿De quién es?, lo pregunto por última vez —el alférez.

    «A las barricadas, a las barricadas por el triunfo del honorrr...»

    —¡Chist! —se revolvió Emeterio contra la voz que salía bajo la manta—. Del guardagujas, del Aquiniano..., pregúnteselo al señor cura, mi alférez. Es del Aquiniano que se ha ido con...

    Iba a decir «los rojos», pero se mordió la lengua antes que pronunciar semejante palabra delante de los falangistas.

    —Que lo fusilen inmediatamente —fue la orden.

    Dos flechas negras se abalanzaron contra la jaula. El animal hizo una pirueta de espanto y se aferró con pico y patas a los barrotes de su jaula, un armatoste artesanal hecho con grueso alambre y tablas sin desbastar, mientras chillaba como un poseso.

    —Ponédmelo en aquella tapia —dijo el alférez señalando el tinglado número uno al tiempo que desenfundaba una lüger enorme con munición capaz de derribar a un caballo de un solo disparo.

    «¡Pum!»

    Esto está perdido. Treinta y uno de diciembre, ya. No tiene ningún sentido seguir resistiendo a base de morterazos. Desde que llegué no he visto sino miseria: muertos, hambre y piojos. «Los desastres de la guerra», que dijo alguien. Pensaba que desde este lado defendería la dignidad, la justicia, al pueblo. Pero no. La nuestra es una revolución de ignorantes. Nos falta cultura, mucha cultura. Y para remediarlo vamos quemando iglesias. Además, los comunistas se han convertido en pequeños burgueses, les gustan los despachos. Con qué sorna me recibieron cuando les dije que era de la CNT y que venía a luchar por la libertad: no les interesa la buena gente como yo. Un ferroviario soriano. «Vete con los tuyos», me dijeron. Y me mandaron a primera línea, aquí, a Teruel. No les culpo; no tienen ni idea de lo que es el anarquismo. Me dijeron que si no estaba a gusto que me fuera con Durruti. Ése sí que sabe poner orden por donde va. En cambio, éstos se pelean entre ellos como pequeños canallas por un poco de poder. Así que todo va manga por hombro, perdido sin remedio. Anoche cayó una nevada de aúpa. El frente está tranquilo porque el frío lo para todo. Creo que me voy a quedar como un pajarito si no llega pronto el relevo. En este picacho ya no hay nada que defender, por eso nos han dejo aquí a cuatro desgraciados como yo, para que nos congelemos. La última lata de sardinas se acabó ayer. Hoy no sé qué vamos a comer. Tengo que no siento los pies y las manos. Con la manta de nieve que hay no nos mandarán el rancho. Seguro que los generales tendrán buena mesa. Año nuevo en Libros. Así se llama este pueblo. Y sería bonito si no fuera por la guerra. Está muy alto, en el Javalambre. Pinos arriba, sabinas abajo, en el valle. Barrancos de muerte a ambos lados. Desde aquí se ve el cauce helado del Guadalaviar. Lo bien que estaría yo en mi casa. Nochevieja. Qué habrá sido de mi madre, la pobre, sola como se ha quedado. Se morirá de pena. Lo malo es que no sé qué diablos pinto yo aquí, ni qué pito toco en esta fiesta. Me vine al frente porque me trajo el corazón y me veo metido en este lío, yo, que soy de natural pacífico y siempre he luchado por la hermandad de los hombres, que doy lo que tengo a cambio de nada... Y si no que le pregunten al Emeterio, que me conoce bien. Él me decía: «Aquiniano, eres un iluso comunista». Y yo: «que no soy comunista, coño». Y él: «qué más da: todos sois hijos de la misma mala madre». «Sin faltar, eh», le respondía. Aquí me llaman "camarada" y éstos no son mejores que el Emeteri.: Y digo yo que así no se gana una guerra ni se hace patria. Las guerras se dan porque falta cultura. «Hacer del hombre el verdadero rey de la naturaleza no por su fuerza bruta, sino por la fuerza de su razón». ¿Y de qué me vale tener razón con veinte bajo cero? De esta noche no paso. «Busquemos la bondad natural del hombre...» ¿Dónde está el hombre si somos peor que lobos? En cuanto se quite la nieve nos triturará la aviación. Acabaremos en desbandada: lo veo venir. Si dijera a los otros lo que pienso me fusilarían, me llamarían derrotista, quinto columnista, facha. ¿Fascista yo, que he dejado todo para luchar por la libertad de los pueblos de España? ¡Cuánto más me hubiera valido quedarme en Albocabe y no haber cogido aquel maldito mixto que bajaba de Soria! Pero me hubieran fusilado los otros. ¿Qué habrá sido del Emeterio? ¿Y del loro? ¡Hay que ver qué animal más listo! Cuando pueda volveré a verlos. Y a mi madre, claro. Si tengo que morir, prefiero que sea en mi pueblo, con mi gente, antes que en este maldito monte de Teruel.

    Por aquel entonces, entre Almenar y Gómara había un camino de carros que con el tiempo se convirtió en carretera asfaltada y hoy casi parece una autopista. Dicen que por estas tierras anduvieron los Infantes de Lara antes de que los moros les cortaran la cabeza. Tierra estremera, de mucho trabajo y poco fruto. Campos de Gómara.

    Dos accidentes cortaban este camino carretero: uno era el vado del Rituerto que junto con el Araviana andaban buscando al Duero. El otro era el talud de la vía del tren que venía de Santander atravesando el espinazo Ibérico para morir en Sagunto del que Albocabe resultaba ser su punto medio; y no había más accidentes notables en esta meseta destartalada. Si acaso, algunas hileras de chopos en las riberas, algún que otro olmo suelto por las lindes y frutales chaparros entre las huertas. Nada más.

    Y éste seguía siendo el paisaje cuando Aquiniano volvió a su pueblo. Es decir, muy parecido a como lo dejó. Pero más seco. Más terrizo. Más olvidado. Lo importante es que él estaba de vuelta y que era el único superviviente del centenar escaso de vecinos que dejó al marchar. Ni siquiera se veían cigüeñas. La estación, su estación, estaba cerrada a cal y canto. Ya no había trenes que subieran y bajaran dejando penachos de humo y carbonilla en el aire; en las vías crecían lagartos, zarzas y cardos borriqueros. La contrapesa de sus pecados que tantas veces engrasara a ruegos del Emeterio era una masa herrumbrosa que parecía ahorcada en su propia inercia.

    En la pared del tinglado número uno observó un desconchado redondo, profundo, como si hubiera recibido un balazo. Y al pie de ella reconoció un amasijo de alambres oxidados que bien pudieran ser los restos de una jaula. «¿Qué habrá sido de todos ellos?», se preguntó.

    El pueblo estaba bravío, abandonado. Quiso ver su casa, o lo que quedara de ella. La adivinó por el baldosín que lucía en el dintel con aquel Dios bendiga cada rincón de esta casa que su madre jamás le permitió quitar por mucho que intentó arrancarlo. Estaba hundida, irreconocible. Empujó la puerta de la cuadra y sintió el olor familiar del estiércol que todavía impregnaba las paredes. No había mucho que ver.

    Luego fue en busca del cementerio. En un rincón de lo que fuera el antiguo templo parroquial arrasado por los franceses, justo en el arranque de un airoso pilar gótico, vio una tumba florida de malezas y coronada con una cruz de palo: «Adela Sánchez Florián. Falleció el 4 de marzo de 1943. RIP», decía. Era lo que quedaba de su madre. Sintió una punzada al imaginarla agonizando en una aterradora soledad. «Le asistirían las vecinas», se dijo como último consuelo.

    Han pasado cincuenta años de cuando tomó el tren y se fue al frente. Y desde entonces no ha tenido más que penas. Sentado en el poyo de la estación recordó a su amigo Emeterio, el que le llamaba comunista, y la mañana aquella que tomó el mixto escapando del miedo, camino del exilio. Teruel, el frío de las noches de trinchera, su huida a Barcelona, el reguero de exiliados que iban sembrando de cadáveres las cunetas, el campo de concentración de Colliure —allí tuvo noticia de la muerte de don Antonio, el de los Campos de Soria que sucedió a poco de llegar—, la fuga del campo y el contacto con otros españoles que andaban en la resistencia. Prendre le maquis. Le llamaban le Sorianó los jefes de la partida de Alès, y ganó una medalla al valor cuando se jugó el tipo a pecho descubierto contra una columna de alemanes haciendo un montón de presos en la Grande Combe; aquella cruz le vale unas perrillas de pensión. Luego vino el maquis de verdad, en 1946, el que luchaba contra Franco. Creía que el pueblo les estaba esperando ansioso para sublevarse contra el dictador. Pura propaganda.

    Cruzó la frontera cargado de ilusiones y sólo la buena fortuna hizo que saliera con vida del asalto a sangre y fuego que el general Pizarro acometió en el Campamento Rodeno. Supo por los periódicos lo del desastre de Cerro Moreno, y fue cuando pensó seriamente en ganar la paz.

    En Albocabe tampoco hubo supervivientes. Parecía un pueblo maldito: sólo quedaban los muertos.

    La puerta de la iglesia también estaba abierta, forzada por un vendaval. Era la primera vez que entraba en ella desde chico. Le pareció grande para los pocos feligreses que debían ir a misa. El Emeterio entre ellos. Estaba desierta: ni santos, ni cirios, ni olor a incienso. Sólo cagadas de pájaros y excrementos de cernícalos en los ventanales. La baranda del coro permanecía intacta y daba paso a las escaleras que se perdían por el torreón de la espadaña hacia el nicho que ocuparan las campanas. Porque tampoco había campanas. Tan solo un yugo de roble muy centenario que fuera soporte de alguna melena airosa y de un bronce rotundo quedaba anclado en el eje de donde salieran llamadas a la oración, avisos de pedrisco y anuncios de fiesta. También de entierros.

    Desde arriba el paisaje se perdía por las lomas lejanas que alcanzaban los aledaños de Gómara y Almenar. Los trigos verdeaban en tablares geométricos alternando con barbechos y plantaciones de girasoles. Toda ella era tierra de secano y panllevar, aunque ahora despuntaban algunos aspersores de riego automático. El yugo le servía de parapeto y punto de apoyo para no caer. En su rodar por el horizonte descubrió a lo lejos la estación de tren que nunca antes había visto desde lo alto, junto con el brillo mate de los rieles que se perdían infinitos hacia Calatayud. Y recordó en un instante toda su vida, en perspectiva. De repente se vio viejo y cansado. Tanto afán para nada. Una pequeña pensión de excombatiente francés, él, que se declaraba soriano de pura cepa, idealista y ferroviario. Y notó que todas las miserias pasadas se le agolpaban en la garganta haciéndole un nudo espeso de desesperanza.

    Lo sabía. Había vuelto al pueblo a morir. Y no se iría de allí sin cumplir su promesa. «Me voy a morir a mi pueblo», dijo medio en broma, medio en serio, a sus amigos de Alès cuando se despidió de ellos. Pensó que la iglesia era el lugar ideal para dar el último paso, el que estuvo a punto de dar muchas veces, voluntario o por fuerza, desde que salió de Albocabe: siempre con la muerte en los talones, siempre jugando con fuego real; «me voy a morir a mi pueblo», dijo y aquí estaba, para cumplirlo. Aquel yugo centenario de la espadaña de la iglesia en que se apoyaba le pareció recio y con la consistencia suficiente como para soportar el peso de un cuerpo tal que el suyo. Y entonces, con la lenta parsimonia de quien sabe lo que se hace, empezó a desenredar la soga que llevaba colgada al hombro...

    El último LOBO de COVALEDA

     

    EL ÚLTIMO LOBO de COVALEDA
     
    La foto estaba en blanco y negro, mate, aunque le habían florecido unos rosetones pardos dibujando rosarios sobre el papel que le daban ese aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada fija al objetivo y el olor a lata de dulce de membrillo.
    Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerséis de lana basta y cremallera larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como de trapo.
    Al dorso de la foto se leía: La última batida. Noviembre. Covaleda, 1955, escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos laterales en las mayúsculas.
    Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda contra un animal al que llamaban enemigo, causa de matanzas legendarias, y que tenía su guarida por los montes de Covaleda: el lobo.
    Decir “el lobo” era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía, borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido, pero real, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás.
    En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro animales yacentes a los pies de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También eran cuatro los cazadores.
    Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso detrás con cuidada caligrafía: La última batida
    Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada y pana:
    —Rufino, han visto las huellas de cinco lobos que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al Fulgencio…
    Mi padre tenía un cierto ascendiente entro los cazadores del pueblo por ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores y haber sufrido en sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su hermana: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran, recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el caso.
    —Cinco lobos, Rufino… Hay que ir a por ellos.
    Vinieron a decírselo. En torno a la mesa se amontonaban años de monte y morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál era su puesto en el monte para darles caza, matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no se le podía dar tregua.
    —También dicen que le han devorado una potra al Dostrés.
    Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última batida, la definitiva.
    —Y decís que han visto cinco…
    A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente formidable, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres bien armados avanzando de frente, inmisericordes.
    —…enormes, por las huellas que han dejado, Rufino —insistieron.
    Se hizo una pausa densa; luego tomó una determinación:
    —Saldremos el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre. Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi padre les dirá lo que tienen que hacer.
    —¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? —preguntaron ellos.
    —Tres.
    Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la cocina de su casa. Era un hombre respetado pero de carácter enérgico y un tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. El se encargaría de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que, estratégicamente, había distribuido mi padre en los perdederos y portillos por donde debían pasar los lobos.
    Llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, torreznos y botas de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para asar carne. Los ojeadores ya andaban removiendo el monte con voces y palos encaminando a los lobos hacia su destrucción: las trochas o los arroyos.
    Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a la espera de tener noticias sobre los hombres que se habían ido al monte antes del amanecer. Tenía una vaga conciencia de lo que se avecinaba porque había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como un cofre con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en compartimentos para clasificar el material: aquí los perdigones para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte guardaba la pólvora de color negro y olor acre que trataba con delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza, utilizando un cacito de latón que le daba la medida exacta en cada caso. Una vez me dijo:
    —¿Quiere ver lo que pasa con la pólvora?
    —Sí.
    Puso en el suelo un montoncito del polvo negruzco, aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, asustado.
    —Ni se te ocurra tocarla.
    —No.
    Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de plomo: rojos, verdes, amarillos…, que se me antojaban emisarios de la muerte.
    A primeras horas de la tarde bajaron algunos ojeadores, los más jóvenes, que llegaron dando voces:
    —¡Han matado a cuatro! ¡Han matado a cuatro!
    —¿Hombres? —preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.
    —No, mujer, lobos.
    —Ah, ¡Jesús, qué susto!
    Yo corrí a decírselo a mi madre:
    —El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.
    Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:
    —Entonces, se ha escapado uno…
    Mi lógica era matemática puesto que había oído hablar de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno había salido con vida. Sentí una alegría agria, un algo que me hacía ponerme del lado del fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por haber salvado el pellejo, pero ensombrecida por la pena de saberlo solo, perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca el invierno. «¡Pobre lobo!», exclamé.
    Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del Ayuntamiento.
    —¿Son los cuatro machos? —le pregunté a mi padre.
    —No, estas dos son hembras…, y no te acerques, que te muerden —me dijo haciendo una broma macabra mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes como navajas.
    El macabro conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos opacos con manchas de sangre seca. Ya había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del huido no me la podía quitar de la cabeza… Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera difuminando la figura del lobo solitario que me imaginaba aullando a la luna recortado contra el horizonte del pinar.
    Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor y de que contara con noventa y tantas cabras que eran para mí como un mundo cálido y vivo que hizo que se me fuera desatando la curiosidad por el pastoreo. Además, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los animales y los olores que traía el viento. Me gustaba ir con él porque cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de lobos, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que solía emplear al hablar… Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas. Después de la siesta me solía decir:
    Chiquito —así me llamaba—, ¿te vienes conmigo? Anda, que te monto en la yegua.
    Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos que dejaba sueltos por el monte formando una manada que solía andar por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la cuadra. Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies: los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el arroyo…, y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como si fuera mi Paraíso Terrenal. A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de pan duro y ella los cogía con toda delicadeza del mundo para no lastimarme con sus dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía. Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al corral del Guijo con la yegua cana. El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado a media ladera de una cuerda de rocas cortadas a pico que se desplomaban formando cuevas que, oportunamente apañadas, se convertían en un refugio natural y abrigo en invierno. Cuando llovía, por ejemplo, allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la tormenta. A mi lado, siempre se venía el perro.
    —Quieto, Lunes, que me mojas.
    El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un familiar de mi abuelo, y le dijo:
    Pedro, ¿quieres un perro?
    Mi abuelo al ver aquello, le contestó:
    —¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?
    —¿Éste? —le dijo el otro—: Este perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos que usan boina tener la inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?
    Mi abuelo sonreía socarrón:
    —¡Si sabe latín…!
    Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco retraído, se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue enseñando cómo tratar a las cabras y —como era cierto que sabía latín— pronto aprendió el oficio de pastor pasando de hacer risa a causar admiración, pues a la menor insinuación de mi abuelo levantaba las orejas, enfilaba el morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le mandaba: subir, bajar, cantar o bailar… El Lunes era un perro genial.
    --Chiquito, ¿cómo le ponemos? —me dijo un día preguntando por un nombre.
    —Hoy es lunes…
    —Me parece bien —me atajó.
    Y con Lunes se quedó.
    Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un toquecito con el morro para que siguiera… Un día se me ocurrió decirle a mi abuelo:
    —Con lo pequeño que es, como venga a un lobo nos quedamos sin perro.
    Y mi abuelo se reía pensando que, efectivamente, era poca cosa para enfrentarse a los lobos:
    —Pierde cuidado, que por aquí ya no quedan.
    Luego le recordé:
    —Pero uno se escapó…
    —Ya. A saber dónde andará.
    Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el tardío y pronto tendría que volver a la escuela. Una tarde, cuando ya empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:
    Cadenas, —así llamaban a mi abuelo a raíz de la llegada de unos comediantes al pueblo que recitaron el famoso romance de Pedro el Cadenas, (digo famoso por aquellas fechas) que llamó la atención a los mozos de su cuadrilla y le aplicaron rápidamente el nombre quedándole como apodo que luego pasó a la familia…; pues vino el Saturnino y le dijo:
    Cadenas, ten cuidado porque el Zurdo dice que le ha faltado una cabra al Morgas y no sea que por aquí ande el lobo…; él, por si acaso, ya ha puesto unos cepos.
    Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:
    —Aquí ya no hay lobos, Saturnino. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos cepos, que son peligrosos.
    Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:
    —Abuelo, pero uno se escapó…
    Mi abuelo me acarició el cogote.
    —Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, que ése no hará mal a nadie porque a lo mejor está muerto.
    «¡Ojalá esté vivo!» pensé yo y me quedó como una sospecha de que el día menos pensado me iba a encontrar con él.
    Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que servían de abrevaderos para las cabras e, incluso, los días calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes. Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de las tardes de pastoreo. Pero aquella tarde —no se me olvidará la escena— al pasar por el camino que corre paralelo al regato notamos que algo se movía tras unos espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra enredada que no podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo, vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo grisáceo…, enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros con el resuello ahogado: un cepo enorme le tenía atenazada la garganta. El lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte clavado hasta la médula, haciendo presa en la vida que se le escapaba lentamente por el fiero bocado del hierro. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y terrosa…
    —¡Es el lobo! —grité.
    Agonizaba: a través del follaje el animal me miró con sus ojos moribundos, casi opacos, en los que se dibujaba el dolor de ser el último lobo de Urbión; el verle no me dio miedo, la verdad, sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo:
    —¡Pobre lobo!
    Y me alejé corriendo.

    MEMORIAS del ALTO DUERO


    Algo de tu esencia, Covaleda...

    Algo de tu esencia
    se me enreda en los ojos, Covaleda,
    cuando imagino el perfil de tus montes.
    Me asalta un impreciso azar
    que me obliga a volver,
    obstinado,
    tras las memorias olvidadas en tus breñas
    cuando ando lejos.

    A volver me obligas
    en busca de lo perdido.
    A entregarme a ese empeño
    que me lleva,
    como a un amante vencido,
    a recoger los fragmentos de un encuentro
    fugaz
    por los atajos insospechados
    de tus veredas,
    amada Covaleda.

    Canción para el Duero Niño

    Naces azul en los sesteros del invierno,
    y bajas sesgando pendientes
    para tenderte al sol
    en los rasos que pacen al pie del Urbión,
    bravío y bello.

    Todavía niño escondes cristales de nieve
    en tu seno
    como peces asustados de piedra y cielo.
    Tropiezas, bulles,
    te encabritas en los pedregales de Duruelo
    y ramoneas apacible en el verde esmeralda
    de los pinares de mi pueblo.

    Verdinegro y helado
    acechas la primavera.
    Querencioso barnizas en el estío
    siluetas de niños
    que perfilan delfines ciegos;
    ahogas los ojos de los puentes
    por el camino de Soria en el tardío,
    y duermes en invierno.

    Compañero del sendero
    rezas el sempiterno salmo de musgo y cielo,
    de tierra y sueño,
    como un loco enamorado de la mar
    que no sabe de esperas:
    ¿a dónde vas, insensato?

    ¡Detente, Duero!

    Ambas cuerdas

    El horizonte se quiebra
    una y otra vez
    sobre oleadas de pinos y piedras.

    Y el cielo,
    deslomado en valles y barrancos,
    acuna al Niño Duero
    que dormita entre nieves y prados.

    A vuelo de águila, caliginosa,
    se pierde la vista con asombro
    de rincones recién paridos.

    Las rocas lunares
    marcan huellas de tiempos idos
    que gozaron momentos
    de piedra virgen.

    Ambas Cuerdas les dicen
    y son en una
    dos espinazos de Cíclope,
    dos sueños petrificados,
    dos peldaños a la luna.

    SONETO a mi tierra de Castilla

    ¿Por qué sueñas con el mar, castellano,
    si tienes el ancho mar de Castilla?
    Mira los campos de mies: maravilla
    de olas doradas ondulando el llano.

    Jamás verás un bajel más ufano
    que el arado surcando con su quilla
    la tierra caliente, madre y semilla
    del pan que alcanzamos de su mano.

    ¡No sueñes más, castellano! El Duero
    te sirva de mar; la ilusión, de vela;
    y tu reciedumbre antigua, de fuero.
    Que hogaño para ser buen marinero
    no necesitas de mares lejanos:
    ¡en tierras de Soria está tu velero!

    M. GUILLOTIN

    M. GUILLOTIN

    Maître Guillotin disfrutaba como un enano salvaje fumándose un purito cada día después de comer mientras madame Guillotin recogía los platos y echaba los restos a los patos. Digamos que era el único placer pequeño-burgués que se permitía este parisino, aparte de asistir a algunas representaciones patrióticas en las Tuilleries y danzar la Carmagnole en la Place du Peuple aquellos días revolucionarios de 1792; por lo demás, seguía siendo un honrado ciudadano antimonárquico y anticlerical del montón.

    Pero a M. Guillotin se lo llevaban los demonios cada vez que al querer “decapitar” el purito de la sobremesa con los dientes se le astillaba, se le rompía la fina hoja de cobertura o se le abría una grieta que lo hacía infumable. Entonces exclamaba «Merde!» en un francés impecable y lo lanzaba al fuego resignándose a no recibir su consuetudinaria ración de nicotina. Eso no podía ser; y es que solía dar un mordisquito al puro para facilitar el paso del humo, pero el hecho de desgraciarlo le ponía de mal humor. «Merde! —decía—, ce con de cigare!» Así que empezó a maquinar la forma de cortar el puro de forma profesional, sencilla, eficaz y sin roturas que le evitara el tener que lanzarlo a la hoguera.

    En estas andaba cuando vio a su mujer que, provista de un cuchillo carnicero, rebanaba limpiamente el pescuezo de un pato sujeto a un taco de madera sin darle tiempo a decir ni «cua». «Parbleu!», exclamó el parisino; eso era justamente lo que él andaba buscando: una tajadora de bolsillo que sirviera para decapitar puros sin tener que recurrir al tradicional mordisqueo. «C’est une idée excellente!», y le vino a la mente su navaja de afeitar que inexorablemente le cepillaba cada mañana la verruguita que tenía en el mentón viéndose obligado a restañar —también cada mañana— el consiguiente brote de sangre con polvos de piedra alumbre que guardaba sobre la repisa del cuarto de baño.

    Y se puso manos a la obra. Tomó dos maderitas planas y las acopló a la hoja afilada de manera que pudiera subir y bajar la cuchilla sin estorbo; ahora sólo faltaba practicarles un agujero en la parte inferior para introducir la cabeza del puro hasta el punto donde solía morderlo y así “decapitarlo” limpiamente con la navaja. Cierto es que había visto a algunos españoles venidos de Castilla utilizar palillos para perforar el puro y permitir el paso del humo a modo de chimenea, pero esto le parecía de una grosería intolerable:

    —Ces Espagnols toujours aussi barbares!

    Probó con un habano de regular tamaño y la cosa funcionó de maravilla: le hizo un corte impecable y se lo fumó con delectación; al chisme llamó “décapiteur” —lógico, por otra parte— aunque sus vecinos, fumadores de puros como él, le copiaron el invento y prefirieron llamarlo “guillotina” en honor a su dueño.

    Estábamos en los días revueltos de la Revolución francesa. En la calle se sucedían fusilamientos a mansalva. Incluso habían asaltado la Bastilla las turbas enardecidas y liberado a los cinco presos que había en ella, uno de los cuales protestó enérgicamente porque lo echaban directamente a la calle mientras que en la cárcel se encontraba divinamente: comida y cama gratis. «C’est pas vrais! —gritaba desolado—, je suis un assassin!»

    Un día de fiesta del mes Brumario se hallaba nuestro héroe en un bistrot cerca de Pigalle, cuando una cocotte observó que M. Guillotin sacaba su artefacto —se había fabricado una “guillotina” de bolsillo monísima— y decapitaba su puro de una forma absolutamente revolucionaria; era una maquinita muy coqueta y de una eficacia extrema: metía la punta del puro por el orificio “ad hoc” y de un tajo lo dejaba listo para ser fumado. ¡Zas!

    —Putain, c’est magnifique! —exclamó la fulana, y se fue con el soplo a la Convención a decirles que un señor había inventado una “décapiteuse” sumamente eficaz y limpia: se acabó eso de gastar balas y pólvora del pueblo contra los burgueses, ahora se cortarían cabezas de una forma tan sencilla como descapullar un puro. Conmovidos por la novedad, los jefes mandaron que se presentara el ciudadano Guillotin y explicara su invento ante la asamblea; el hombre acudió absolutamente turbado y pidió que le trajeran una caja de habanos que empezó a decapitar con habilidad y repartir entre los representantes del pueblo que, estupefactos, fumaron con avidez; envueltos en una magnífica nube de humo, los jefes le dieron una pasta gansa por el invento y mandaron montar centenares de guillotinas —o sea, “décapiteuses”— por toda Francia. Francamente, el pueblo quedó admirado por lo limpia y eficaz que resultaba la nueva máquina que fue colocada a tamaño natural sobre unos andamiajes patibularios en la plaza pública; tanto es así, que el propio rey Luis XVI quiso probarla, y a fe que lo consiguió, aunque no fue de los primeros. Lo malo es que el pobre M. Guillotin enriqueció súbitamente con su invento e inmediatamente fue declarado burgués y enemigo de la República, y condenado a muerte en su propio artefacto…

    Estarás pensando —querido lector— que, a fin de cuentas, nuestro honrado ciudadano no hizo más que probar de su propia medicina. Pero la cosa tiene su guasa, porque el muy ladino, suponiendo que algún día se le volverían las tornas, diseñó un agujero en la tabla de la guillotina para que pudiera pasar una cabeza normal: digamos la del rey, por ejemplo; y no lo he dicho antes, pero M. Guillotin tenía una cabeza enorme, vamos, que era un cabezón, o sea que…

    TANNHÄUSER: entre el éxtasis y el pecado

    Llegado el día de San Lorenzo, había para mí un momento estelar en la misa mayor que aguardaba de año en año con una delectación casi morbosa, tanto que tuve serios escrúpulos de conciencia de que aquello fuera pecado y así se lo confesé a don Nicolás, porque me acometía una excitación rara en el momento de la consagración que me distraía de mis obligaciones de monaguillo, justo cuando don Serapio atacaba el Tannhäuser marcando fortísimos los bajos para que el contrapunto de los clarinetes saliera flotando por las bóvedas de la iglesia en una fuga sutil y asombrosa que me transportaba lejos del altar, más allá de las montañas y del mismísimo cielo. Era un momento de arrebatada enajenación, algo fuera de lo normal.

    —Don Nicolás, vengo a confesarme...
                —Vamos a ver qué pecados has cometido —me dijo mientras me invitaba a descargar la conciencia.

    Ni remotamente podía imaginar que esta pieza musical que con el tiempo llegó a resultarme familiar fuera obra de un romántico alemán llamado Wagner —según me dijo el Paco, gran maestro del clarinete que tocaba en la banda—, que formaba parte de una famosa ópera donde se contaba la leyenda de un caballero llamado Tannhäuser castigado por rechazar los favores de la diosa Venus y preferir los amores de Elisabeth, una simple mortal bellísima y sensual, y otros detalles que se molestó en explicarme y ahora no recuerdo, porque a los diez años uno tenía otras preocupaciones más importantes en que ocuparse y no, precisamente, de los amores de un minnesänger  alemán.

    Caí en la cuenta de su valor mucho después, cuando un día llegó a mis manos una selección de Oberturas Clásicas entre las que figuraba la de mi admirado Tannhäuser. Y es al final de la pieza cuando llega el clímax, lo que me provocaba el éxtasis cada 10 de agosto.

    La banda de música de Covaleda era la institución local por mí más admirada si excluimos la iglesia —ésta por fuerza en aquellos días de nacional catolicismo— y la escuela, lógicamente. Admiraba, y con razón, a doña Juliana, mi maestra de párvulos que aplicaba a rajatabla el dicho de que la letra con sangre entra, único método eficaz para encauzar a aquellos potros salvajes que éramos nosotros por el camino del saber; a don Paco “de arriba” y a don Paco “de abajo”, llamados así por el piso y grado que ocupaban sus aulas, que cada día les tocaba lidiar con un centenar de novillos reacios a toda disciplina.

    La banda de música, digo, con su director a la cabeza, don Serapio, era la encargada de marcar el grado de solemnidad de las festividades del pueblo: a mayor solemnidad, mejor repertorio musical y mejores pasacalles, de manera que el día más importante del calendario, la fiesta patronal, exigía forzosamente el Tannhäuser en la misa mayor —cierto es que luego fue sustituido por el himno nacional, pero ya no era lo mismo, no me entusiasmaba—, al alzar, en pleno milagro de la transubstanciación, cuando las personas y banderas se humillaban respetuosas ante la solemnidad del momento; para mí, incipiente pecador, el milagro verdadero no era el del altar, sino el de la música que sonaba: la forma maravillosa de atacar el comienzo con la levedad de una brisa, alargando los trombones las notas para hacerlas engrosar como si de una ola gigante se tratara apoyada en los bajos, que estallaba a los pies del altar y salpicaba con la espuma de los clarinetes elevándose junto con las volutas de incienso por las columnas barrocas del retablo hasta alcanzar las bóvedas de crucería y retornar en cascadas de semifusas por los aledaños del coro hasta caer dormidas entre los azulones y violetas de las altas vidrieras reflejadas en el suelo. Y yo, allá abajo, revestido de monaguillo, esperando sobrecogido la llegada del repeluzno, del éxtasis, sintiendo en la nuca el perfume del milagro…

    El largo acorde final me devolvía a la realidad pasada la consagración, y el Tannhäuser recién interpretado quedaba en mi recuerdo como un arrebato místico que se repetiría al año siguiente.

    —Don Nicolás, ¿eso es pecado?
                El cura torció el gesto y carraspeó, solemne:
                —No, no es pegado, pero mejor harías en estar recogido durante la consagración en lugar de distraerte con la música.   
                —Es que no lo puedo remediar, don Nicolás...
                —Inténtalo —me dijo, áspero—. Ego te absolvo a peccatis tuis, etcétera. Anda, vete, reza un padrenuestro y no peques más.

    Arrodillado frente al altar mayor para cumplir la penitencia, tuve la clara conciencia de que el Tannhäuser tocado por la banda de mi pueblo era mucho más grande que una oración, y mucho más hermoso que un pecado mortal: Padre nuestro que estás en los cielos…

     

    A JOSE

    A JOSE

    Que llamábamos también “PARRITA”

    y se fue temprano

    Vente al pueblo, Pedro, me decías,

    que te hacemos alcalde…

    Te veo allá abajo,
    casi al fondo de un recuerdo
    que se me trasnocha
    por las esquinas de los bares,
    empapado de hastío,
    y ese andar tumbao de boxeador viejo,
    turbio de soledad y rebeldía
    que busca el calor de los amigos.

    «Yo soy así, tío», me dices
    al tiempo que estrellas una carcajada como un trallazo
    en el centro de la plaza.

    Y luego me haces confidencias de experto:
    «Te lo digo yo, Pedro:
    nadie como tú para alcalde de este pueblo».

    ¿Recuerdas aquella tarde de agosto,
    amostazados contra el Vicma gastando cervezas y sueños?
    «No me jodas, Parrita:
    eso de nombrarme alcalde es quererme mal».

    Y te arrancabas a provocar a los mediocres,
    a los insalubres, a los moralistas,
    a los profetas del desespero que pasan junto a nosotros,
    juguetón y roqueño,
    seguro de tu insolencia barata
    y de tu risa insaciable.

    «No me jodas, Parrita,
    que son muchos
    y vas retando a todos con tu mirada franca
    y tu corazón abierto».

    La noche se lía en tus venas
    como un veneno mortal que te llevará con ella,
    ya lo verás,
    tan joven;
    vida torera sin burladeros, ni red, ni capa,
    igual que tu risa rota de payaso grande
    y niño viejo:

    «No me jodas, Parrita, irte ahora
    que estábamos viviendo…»

    ELEGÍA en COVALEDA (homenaje a JOSE GARCÍA NIETO)

    En la calle José García Nieto de Covaleda (Soria) está la casa de mis padres y mis raíces. Es una calle alta, abierta al monte y a todos los aires del Urbión, en el barrio de Las Losas.
    Me imagino que por ella tuvo que pasar alguna vez —sin saber que años más tarde sería suya— aquel niño que llegó en 1916 desde su Asturias natal de la mano de su padre, don José —a quien los amigos enseguida apodaron el Cuco según la vieja tradición covaledana de dar un alias al recién llegado—, el nuevo secretario del Ayuntamiento.
    Vivo en la calle José García Nieto y he sentido su muerte como si fuera propia porque algo de él me pertenece. Desgraciadamente la muerte ya no respeta ni a los grandes poetas. Su padre murió temprano (1920) y esto hizo que el alma del hijo quedara anclada a esta tierra soriana evocada en versos hechos carne —Elegía en Covaleda— como lugar de descanso, santuario de sus mejores recuerdos y punto de reencuentro con la vida que va más allá de la mera existencia, como nos enseña Quevedo.
    Doña María, la madre, maestra de escuela y solfa, también dejó su huella de bien hacer en el pueblo con alumnos como Clemente Cámara, el Sacris, (mi recuerdo para el hombre que sufrió con resignación cristiana nuestras malicias de monaguillos irreverentes en aquellas tardes de rosario e incienso) amigo íntimo de Pepeco, el alias del hijo. Con Clemente siempre guardará José una relación viva y estrecha atada por la memoria del padre muerto. Lo mismo que con mi amigo David García, don David, que también guarda con celo la casa donde residieron los García Nieto en sus años de destino en Covaleda: vivienda perfumada de recuerdos que respetó, afortunadamente, el incendio que todo lo devoró en 1923 a poco de marchar la viuda y el hijo para Zaragoza a casa de un pariente. Así parece ser que la encontró a la vuelta, treinta años después de su partida:
    Hoy he visto la casa de aquel día
    último, la cocina baja, el patio,
    la ventana —llovía aquella tarde—,
    el sitio de la cama. Y he tocado
    una pared. «Aquí había una puerta».
    El niño que en mí anda va acertando...
    A los años de su infancia vuelve el poeta cuando le asalta el recuerdo, cuando pisa la casa que le acogió, la tierra de Covaleda que siempre llevó adherida a los zapatos de sus sueños, tierra que le llama con las voces íntimas del padre muerto.
    Está fresco el pinar de Covaleda
    en la mañana grave;
    Urbión cuida celoso de su nieve;
    unos caballos pacen;
    un niño canta, un niño
    canta, un niño que pasa canta...
    El niño que pasa y canta no es otro que él mismo, la voz del recuerdo. Y canta con tono sostenido, con evocación franciscana, el momento grabado a fuego en su memoria tratando de condensar un paisaje interiorizado, un tiempo lejano, logrando que vida y tierra se confundan, se penetren, formen la textura blanda y melódica de una imaginaria voz que pasa cantando:
    Esa resina, este pinar, esta ladera verde
    del nuevo cementerio,
    esta doncella fría; Covaleda
    remota, alma naciente, sol de un cuerpo
    puro en la tarde pura,
    este camino del silencio,
    este amor todavía, esta campana
    de sangre en la espadaña de mi pecho,
    esta savia del llanto bienvenida,
    este hombre cuidando su relevo,
    son señales de que todo vive,
    de que la antorcha sigue ardiendo...
    Cierto. No se apagará la llama prendida en la ladera verde del nuevo cementerio mientras el poeta viva, como queda testimonio en la correspondencia cruzada con su amigo Clemente y familia; sólo la muerte, creo yo, ha sido capaz de romper ese hilo sutil que los unía dando sentido a una vida levantada a base de versos y memorias que es, como él mismo dice, señal de que todo sigue vivo.
    Fue, precisamente, la exhumación y traslado en 1958 de los restos de su padre desde el cementerio viejo, sito junto a la iglesia parroquial, al nuevo, en esa ladera recordada, lo que le obligará a regresar a las fuentes de niño, a la tierra que todavía hoy ocupa y estercola el padre, como dijera Miguel Hernández:
    Después de muchos años, he venido
    hasta el propio rincón donde te haces
    tierra sin descansar. Nunca hay descanso
    para el cuerpo que cae.
    He llegado hasta aquí después de muchos
    años de andar...
    Este andar al reencuentro con la noble calavera es la experiencia íntima que desatará en su pluma la Elegía en Covaleda (1959). Y al escribir descubre que se siente como un hijo pródigo, el hijo malogrado de la alegoría bíblica que torna a la casa paterna en busca de calor y cobijo:
    Soy el desconocido; ya sé. Sabes,
    también tú, que soy otro; el extranjero
    en esta tierra tuya de guardarte;
    el hijo pródigo que vuelve
    cansado, y no hay quien calce
    sus sandalias, y no hay quien sacrifique
    el becerro mejor... No; nadie sale
    a mi encuentro. Tu casa no es mi casa.
    Y aquí es donde me hiere más, a mí, que me siento lejos de mi tierra, pródigo como él; por eso me llagan sus versos mientras va señalando los objetos o el paisajes:
    ...A mi memoria
    viene un olor remoto de caballos
    que deshacen las olas de la hierba
    piafantes y sobresaltados.
    Y Covaleda en medio, dura y tersa,
    nevada y silenciosa como un claro
    de luna, o entreoída como el grito
    de un boyero lejano...
    Don José García Nieto —Pepeco para los amigos— siempre quiso volver a esta su segunda casa. Pero los compromisos le fueron enredando y retrasando la vuelta, hasta que la enfermedad y la muerte le impidieron pisar la calle a él dedicada, mi calle, la hidalga, ni leer con su voz timbrada el soneto —puras líneas garcilasianas— esculpido en el monolito que la guarda; no pudo venir, pero no significa olvido, porque no se puede olvidar lo que se ama, lo que gustosamente se encarna en uno mismo, se transubstancia:
    He venido a poner el tiempo en orden,
    en carne viva la memoria, en claro
    el corazón, aquí en el sitio mismo
    elegido por Dios para tu tránsito.
    Todo aparece como entonces. Digo
    entonces y no sé lo que alcanzo
    con mi palabra...
    Este debatirse entre la alegría y la tristeza del poeta cuando vuelve entre los suyos, a Covaleda, es, tal vez, el sino de su poética creyente y atormentada, mucho tiempo ninguneada por no ser hombre de sometimiento fácil, por ir a contracorriente, por luchar por la causa de la pureza y guardar los ideales garcilasianos que tan bien se avienen a los perfiles vírgenes de pastores y arroyos —mi abuelo entre ellos— de este mi pueblo:
    El heredero
    ha vuelto a su solar. Busca. Pregunta.
    Y su heredad era tan sólo un hueco
    en la tierra. He llenado nuevamente
    de cenicientas monedas el suelo...
    Al padre muerto lo cambiaron de tumba por razones del trazado urbano. El corazón del poeta se sobresalta ante el hecho inevitable. Son normas de la nueva usanza: los cementerios deben estar lejos. Mi padre, Rufino, levantó con sus manos de picapedrero los muros del campo santo que yo vi nacer piedra a piedra. También vi cómo removían la tierra del antiguo y salían a flote cajas y cadáveres en una curiosidad avara de niño. Calaveras, dentaduras, tibias: restos de antepasados. Clemente mostró la suya a su amigo José:
    Sólo había una caja de madera
    jugosa, sobre el suelo removido,
    y con la escarcha matinal cubierta.
    Y dentro, padre, estás tú...
    Amo mi trago, mi dolor posible,
    amo mis hombros donde aún me pesas,
    padre mío, un momento en la mañana
    con sol de Covaleda...
    Recuerdo aquel entierro. Yo era monaguillo. Don José era uno de tantos parroquianos. Allí estaba la caja de mi abuela Basilisa llevada en hombros por mi padre y mi abuelo. Era una procesión interminable de muertos y vivos bajando por el Campo camino del Lomo donde estaba el nuevo cementerio:
    El camino se ha hecho lentamente,
    una larga cadena
    de preces, lutos, músicas, silencios,
    campanadas, carreras
    de muchachos, miradas y memorias
    de ancianos, larga cuesta
    que cubría la muerte innumerable
    saliendo una jornada de la tierra.
    Todo aquello quedó en la memoria de los que lo vimos y en estos versos hechos carne que todavía laten.
    Gracias Pepeco, en nombre de tus amigos de Covaleda.

    APOLOGÍA del RETRETE castellano

    No es que pretenda hacer apología de la palabra “retrete”, porque en los tiempos que corren sería empeño loable aunque quimérico, suplantada como ha sido por expresiones tan bárbaras como inodoro (¡hay que tener narices para llamar “inodoro” a un retrete!), excusado, tualet, guaterclós, etcétera, que para más inri suelen quedar reducidas a dos inocentes consonantes clavadas en la puerta del lugar: W.C.

    Retrete: palabra oriunda de la catalana “retret” —hija del “retractum” latino—, que se decía de la persona tímida, recatada o retraída y que pronto bautizó con su nombre al aposento de la casa que gozaba de estas mismas características haciendo que el retrete castellano fuera un lugar reservado y discreto.

    Hagamos un poco de historia.

    El padre Rivadeneyra, ilustre teólogo del siglo XVII, señala en uno de sus famosos sermones que el arcángel San Gabriel, cuando se llegó a la Virgen María para anunciarle el misterio de su concepción virginal, la encontró orando en su retrete, porque éste era el lugar ideal para el recogimiento y la elevación mística. En un retrete, pues, se gesta el mayor milagro de todos los tiempos.
    El Diccionario de Autoridades de 1737 señala que retrete es el quarto en la casa o habitación destinada a retirarse, sin especificar más detalles. En cambio, don Pedro Calderón de la Barca en su obra Fineza contra fineza nos da una pista de los usos a que se puede destinar semejante aposento, verbi gratia tener citas amorosas:
    Entró a lo más escondido
    de un enmarañado retrete,
    que el natural sin el arte
    fabricó...

    Esta pureza original de la palabra poco a poco se fue contaminando con otros significados espurios fruto de asociar el apartamiento con las necesidades fisiológicas. Y así el Diccionario de la RAE de 1832 ya define retrete como sinónimo de letrina y excusado, pasando a significar específicamente un lugar apartado para evacuar, que es como lo recoge el María Moliner acompañándolo con una serie de sinónimos tan peregrinos como: beque, común, excusado, garita, jardín (¡?), tigre, necesario, ciento, casa Felipe...
    Por nombres, que no quede. Me detendré brevemente en estas dos últimas acepciones (“ciento” y “casa Felipe”) porque atañen a la historia moderna de Cataluña y España, aunque lo cierto es que lo de “ciento” (o su equivalente, el número 100) escrito en la chapa de unas letrinas soy testigo de haberlo visto en la puerta de un urinario de un bar de Soria. Me explico.
    Resulta que en la corte de Felipe IV (1640), tal vez con la idea de desprestigiar las instituciones catalanas de la época se decía “ir al ciento” cuando querían decir “ir al retrete”, aludiendo maliciosamente al famoso Consejo de Ciento que regía la ciudad condal; pronto en Cataluña se inventaron la antimonárquica expresión: “ir a casa Felipe” cuando les apretaba la necesidad aparejando la idea del retrete con el nombre del monarca, y de este intercambio de pullas políticas derivan los sinónimos que trae el citado diccionario.

    La forma, tamaño y sofisticación del retrete han ido variando con el tiempo. Sin tener que remontarnos a la prehistoria, en la que me imagino predominaría el campo abierto, los romanos ya disfrutaban de letrinas públicas para las que construyeron complicadas redes de alcantarillado y hermosos pebeteros de incienso con que disimular los malos olores de los sumideros. Los árabes también fueron muy artificiosos en el arte mingitorio, como todo el mundo sabe, siendo sus palacios y mezquitas modelo de higiene y limpieza, cosa que no fue secundada en absoluto por los bárbaros monarcas del norte.
    En algunos castillos medievales (recuerdo el de Tarascón en la Provenza francesa) se puede ver un rudimentario evacuatorio adosado a una ventana consistente en una simple losa de piedra horadada cuyo agujero se abre sobre el río Ródano –que pasa lamiendo sus murallas– quedando todo ello absolutamente natural y aireado.

    Desde el humilde orinal o bacinilla hasta las sofisticaciones actuales hay un largo recorrido histórico que pasa por artilugios más o menos ingeniosos. El Vaticano, por ejemplo, contaba ya de antiguo con la llamada sedia estercoraria (retrete-móvil que diríamos hoy) que acompañaba al Papa allá donde se desplazara. Y fue a raíz del descubrimiento de la impostora papisa Juana en el año 857, cuando la curia cardenalicia dio un uso inimaginable al que era propio y específico de esta “silla estercolera” (que sería su traducción). No sé si sabrán ustedes que el papa Juan VIII fue en realidad una mujer la cual, disfrazada de cardenal, llegó al trono de San Pedro ocultando su condición femenina bajo los ropajes de Sumo Pontífice; y la trampa funcionó bastante bien hasta que le tocó parir a renglón seguido del encontronazo que tuvo en una noche loca de amor con el embajador Lamberto de Sajonia. El escándalo fue tan notable que el Sacro Colegio Cardenalicio decidió usar desde aquel día el retrete portátil como método para reconocer los genitales papales, haciendo un palpo discreto de las partes pudendas del Santo Padre electo a través del agujero de la sedia estercoraria y evitar otro engaño tan sonado como el de la impostora papisa Juana.

    Lo cierto es que en la corte francesa del rey Francisco I se reconocía la alcurnia de las damas por el retrete que les acompañaba, o sea, portátil. Por ejemplo: Anne de Quesnay fue una hermosa joven que enviudó súbitamente al morir su marido, Jerôme Buteaut, cervecero mayor del emperador Carlos V, porque no supo decirle que «no» cuando le pidió que bajara el precio de la bebida, y antes de verse arruinado o arrojado de la corte prefirió la muerte y se ahorcó.
    Esta Anne tuvo la suerte de que el rey Francisco I solicitara su compañía para que le amenizara las tediosas tardes de cautiverio en su palacio-prisión de Madrid. De vuelta a París, la nombró amante real en exclusiva, hasta que el envidioso duque de Clèves se encaprichó de su belleza y accedió a compartir “un ménage à trois” a cambio de su fortuna. Para mayor escarnio de sus detractoras, Anne se hizo construir un retrete portátil lujosísimo: la taza era de Sèvres guarnecida con maderas nobles, disponía de un depósito de agua perfumada, jofaina y jarra de cristal para las abluciones, paños de Malinas, pomos de esencias exquisitas, cepillos de cerda de elefante para el pelo, espejos de Bohemia...: todo el mundo estaba de acuerdo en que era “le dernier cri” en cuestión de retretes. ¿De dónde tomó la idea? Pues muy sencillo: de un viaje que hizo a Roma y vio la stuffetta maravillosa que lucía el papa Clemente VII (stuffetta era como se llama en aquella época al retrete papal, de donde se infiere que el Vaticano siempre ha estado a la cabeza del arte coprólico).
    No se puede decir lo mismo de la capital del reino de España, que era bastante más cutre y maloliente que París, a juzgar por el testimonio de la condesa de Aulnoy que anduvo por aquí en el año 1679. Se queja en una carta de que los vecinos de Madrid eran tremendamente guarros porque, aprovechando la oscuridad de la noche, aliviaban los orinales de una forma contundente y desaprensiva arrojando su contenido por la ventana al grito de “agua va”, zulliscando al pobre transeúnte embozado que pillaban en aquel maldito fuego cruzado de bacinillas. Ésta –señala la condesa– era la forma tan poco saludable de evacuar que tenían los madrileños del siglo XVII.
    Dejando escatologías de un lado y volviendo a la apología filológica de nuestro querido y olvidado retrete castellano, hemos de confesar que ni con todos los neologismos o barbarismos del mundo podrán quitarnos la idea que subyace en tan entrañable palabra: la de que es un lugar para la soledad, íntimo y placentero, al que Lope de Vega —tal vez— aludía al escribir estos sentidos versos:

    A mis soledades voy,
    de mis soledades vengo,
    porque para andar conmigo
    me bastan mis pensamientos.

    O estos otros del romancero:

    Firmó la sentencia el rey,
    y dejando sus estados
    en su real retrete llora
    a su amigo y fiel vasallo
    ...
    Y todo va de la misma manera: en el retrete llora el rey, piensa el filósofo, reza el Papa..., y es que por aquí todo el mundo pasa. Por esta misma razón: ¡larga vida al retrete castellano!

    SUSANA, la BRUJA de BARAHONA (Soria)

     
     Cuando don Diego de Torres Villarroel vino a Barahona en el verano de 1731, llegó a tiempo para contemplar la espeluznante exhibición que hubo en los cielos del lugar con gran aparato de brujas, cabrones, íncubos, súcubos y todo tipo de diablos que describe con exquisito lujo de detalles  El Gran Piscator en sus Pronósticos para ese año.
    Al margen de esta alucinación temeraria, la realidad era bien distinta por estos lares pues hacía más de un siglo que oficialmente las brujas se habían extinguido, a pesar de que todavía venía señalado el enclave en los mapas de la Inquisición con los símbolos del  sambenito y la coroza como lugar de brujas en activo.
    La última bruja conocida en Barahona se llamaba Susana. Era una hermosa muchacha de ojos negros y mirada tierna capaz de enamorar a cualquiera con sólo verla. Pero si su cuerpo era el más deseado por los hombres, su persona era la más odiada entre las mujeres por el grave delito de haber nacido en el seno de una familia que, decían, venía señalada de antiguo con el estigma de Satán, y la creían descendiente directa de una tal Quiteria que fue detenida  junto  con otros vecinos en 1527,  juzgada por el Tribunal de La Inquisición en Cuenca y citada como  bruja  recalcitrante y negativa.  Desde entonces, este título nefando era como una mancha que habían de llevar todas las mujeres de la familia y a Susana,  pese  a su candidez y su belleza, se lo adjudicaron de pleno derecho cuando  comprendieron los del pueblo que había llegado a la edad de ser tenida por bruja sin más considerandos.
    «¡Hechicera, mala liendre te mate, bruja asquerosa, hija de Satanás!», cada día le regalaban los oídos con un rosario de insultos cuando se tropezaban con ella. Esto hizo que llegara un momento en que no pudiera aguantarlo más y decidió poner fin a su calvario de una forma definitiva y violenta. 
     
    Don Práxedes era un cura magro y de piel cerúlea, manos de barbero y aspecto frágil que le asignaron Barahona en su primera, y casi única, misión sacerdotal. «Vas como a una cruzada, te advierto», le dijo a voces el párroco saliente, un buen hombre al que obligaron a abandonar el curato en activo por haberse quedado sordo como una tapia.
    El día que llegó a su destino traía solamente dos cosas de valor además de su persona: una mula parda mal encarada y arisca, y una alforja llena de libros en latín. No necesitaba nada más porque creía ciegamente en las palabras del Evangelio en lo tocante a intendencia, en el que se dice cómo hasta los pájaros y los lirios del campo son atendidos graciosamente por el Señor en todas sus necesidades..., «y si a las flores cuida Dios, ¿no iba a proveer a su indigno  siervo que no aspiro sino a vivir en paz con mis parroquianos y salvarlos de las llamas del Infierno?», explicaba a sus contertulios, ya de mayor, cuando recordaba su llegada al pueblo envuelto en polvo y candidez; y se reía haciendo bailar  una barriga oronda y lustrosa adquirida con los años, que indicaba cuánta razón tenía al confiar en la Providencia, pues a la vista estaba que le había ido divinamente.

    Pero lo que no solía decir don Práxedes era que junto con los libros latinos traía una idea fija que le aguaba la risa, algo así como un miedo oculto y amargo que se le enquistó cuando el señor obispo le dijo: «Hijo mío, cuida bien de la grey que te voy a encomendar porque vas destinado a un pueblo marcado por el sello de Satanás. Ya lo conoces porque eres de la tierra: Barahona; dicen que es el pueblo de las brujas, aunque  yo no lo creo. Te he elegido porque sé que eres fuerte, piadoso y puedes acabar con esas patrañas. Vas en misión de guerra para vencer al Maligno y sólo lo lograrás a base de oración y paciencia. No te dejes embaucar con monsergas ajenas: si no ves, no creas, como Santo Tomás; porque ya lo dijo el sabio: Omne ignotum, pro magnifico est: lo que se ignora, se tiene por maravilloso..., ése es el secreto».
    «Sí, reverendísimo monseñor —respondió el joven presbítero que lucía una tonsura nueva y redonda como una hostia entre la melena crespa y azabache de su cabeza voluminosa y rotunda—: desde hoy consagraré todas mis fuerzas en luchar contra la herética pravedad y la brujería».
     
    15 de julio de 1610.
    Se levantó al rayar el alba. El cielo alto y de un azul intenso hacía prever un día de calor. De Caltojar, su pueblo, a Barahona hay una jornada de camino.  Aparejó la mula que le regalara su padre en el cantemisa, puso las alforjas nuevas traídas de Berlanga para meter las mínimas provisiones: en un lado un poco de pan, tocino y queso que le aliviaran las necesidades de la marcha y en el otro, libros. Agua no le era necesario llevar porque conocía varias fuentes de sus correrías por los montes cercanos, frescas y buenas para templar la fatiga del caminante.
    Don Práxedes se santiguó, arremangó la sotana, caló el chapeo y arreó con la mula dirección a su nuevo destino buscando las trochas de los pastores que le harían el trayecto más corto y el trote más suave; se detuvo a la vera del Escalote y en la hoz de un vallecillo dejó que pasara el apretón del medio día comiendo un bocado y refrescándose los pies al borde del agua que le permitiera proseguir el camino; el paso cansino del animal le dejó ir observando el paisaje abrasado de la estepa soriana y, al mismo tiempo, completar el rezo del Breviario; avistó Barahona a eso del atardecer. Cuando contempló el pueblo recostado al sol poniente desde el cerro del Torrejón, notó una punzada en el estómago al recordar las palabras del obispo: allí estaba su grey, su rebaño, y se sintió pastor de aquellas almas desamparadas que todavía desconocía. Este sentimiento de desamparo le dio ánimos para seguir a pesar de la fatiga; se dejó caer ladera abajo de la colina hasta alcanzar las primeras casas y encaminó la mula hacia donde apuntaba la torre de la iglesia...
    Lo supo después: aquel gran raso desolado que había atravesado una legua antes de llegar a los ribazos del pueblo le llamaban el campo de las brujas porque decían que allí celebraban antiguamente sus aquelarres. «Patrañas», pensó el cura. También supo que la única choza mitad de piedra y mitad de adobe que quedaba a las afueras del pueblo descolgada del resto, era la casa de Quiteria, la bruja oficial —madre de Susana, la  hermosa hechicera de los ojos negros—, que llevaba igual nombre que el de su antepasada como desagravio a tanta infamia acumulada sobre su persona, y por desafiar la voracidad insaciable de los que sólo buscaban carne fresca para la hoguera.

    No se sorprendió de que nadie saliera a recibirle porque a nadie había dado aviso de su llegada. Prefería la discreción. No era amigo de boatos y celebraciones; al contrario, le gustaba la sencillez y el trato cálido de las gentes de pueblo. Ahora se enfrentaba a su primer destino con un cometido muy claro: limpiar el lugar de brujas si las hubiera, porque mucho había llovido desde que la Inquisición quemara a la última y no era probable que a estas alturas persistiera el embuste. De todas formas, él lucharía porque la cosa quedara zanjada lo más pronto posible iluminando con la luz del Evangelio los rincones más oscuros de la ignorancia popular que veía brujas y diablos a la menor ocasión en que aparecía algo extraño.
    Descabalgó de la mula. Buscó en el fondo de la alforja las dos llaves que le entregara el arcediano al partir. La mayor abría la puerta de la iglesia cerrada a cal y canto desde que se fuera su predecesor. La otra era la de la rectoría, una casita a poniente con un huerto lleno de zarzas y un manzano que traía, los años que los hielos lo respetaban, unas manzanas  extremadamente olorosas. «Ésta será la casa de todos», se dijo nada más verla.
    Los primeros en saludarle fueron los perros de Agapito Ruypérez, alcalde del pueblo, que no cesaron de ladrar durante toda la noche al notar movimientos extraños en el interior de la casa.  A la mañana siguiente, el propio Agapito vino a indagar el motivo de la desazón de los animales, y su sorpresa fue grande cuando vio que el postigo de la puerta estaba entreabierto. Llamó a gritos:
    —¿Quién vive?
    Don Práxedes se despertó sobresaltado al oír las voces porque le habían pillado en medio de un sueño:
    —Soy yo, el nuevo párroco —salió azorado arreglándose la sotana a medio abotonar— que llegué anoche...
    —A la paz de Dios, señor cura,  y vuestra merced disculpe, pensé que habría ladrones...
    Don Práxedes recobró el habla después del aturdimiento:
    —¿Ladrones? Aquí no hay nada que robar, señor mío.
    Era cierto: tan sólo había una cama de hierro, una cruz de palo en la pared, un taburete de pino, un barreño desportillado y una palangana de loza.
    También acudió el sacristán en cuanto se corrió la voz:
    —¿Sabe vuestra merced que aquí hay brujas? —fue el primer saludo que le hizo el hombrecillo aquel de aspecto lúgubre, renegrido y feo.
    Claro que lo sabía; es decir: era lo único que sabía de este bendito pueblo y todo el mundo, además, se encargaba de recordárselo.
    —Sí —respondió secamente.
    —¿Y sabe cómo se llaman las que quedan todavía vivas?
    —No —don Práxedes empezaba a impacientarse por tanta conseja.
    —Pues son la Quiteria y su hija..., así que ya lo sabe: mucho ojo con ellas.
    Don Práxedes no mostró especial interés por la información del sacristán y en lugar de indagar sobre las maldades de las acusadas le dijo autoritario:
    —Abra la iglesia, necesito decir mi primera misa a ver si empiezo a enderezar las cosas.
    El sacristán abrió de par en par el portón de la entrada del templo que gimió como si lo partieran en dos después de tan largo silencio. Del interior salió un vaho mezcla de humedad, incienso rancio, humo de cirios y orín de gato. El cura hizo un gesto de disgusto:
    —¡Huele a demonios! —el sacristán se quedó perplejo sin saber qué hacer cuando oyó tamaña blasfemia en boca del cura.

    Se arrodilló a los pies del altar mayor y al alzar la vista hacia el retablo se topó con la figura de un San Miguel triunfante plantado allá arriba con gesto guerrero. «Es justo lo que yo andaba buscando», se dijo. Era una preciosa talla que representaba la victoria del arcángel sobre Luzbel, es decir: el triunfo del bien sobre el mal, de la luz sobre las tinieblas..., por lo que no pudo evitar el relacionar la figura del santo con su misión en este pueblo, su particular cruzada contra la brujería. 
     
    Pasó el tiempo. Los días se deslizaron con una monotonía prevista. Enseguida se dio cuenta de que había cumplido ya dos años al cuidado de la parroquia y nada extraordinario cabía reseñar en ellos, salvo dos docenas de bautizos, ocho bodas y otras tantas defunciones: una de ellas, precisamente, la de Quiteria, madre de Susana, que dicen murió de pena al verse tan odiada por todos. Nadie acudió a su funeral y fue enterrada sin oficio religioso alguno fuera del campo santo, en el llamado prado de las brujas: un cercado con estacas que acogía ya a cuatro generaciones de mujeres de la misma familia muertas con el sambenito a las espaldas, y que en primavera se tintaba de rojo con el púrpura sanguino de las amapolas.
    Don Práxedes se propuso indagar sobre la supuesta brujería de estas dos mujeres y decidió traerlas por el buen camino. Cada vez que se encontraba con la madre le decía:
    —Tenemos que hablar, Quiteria, a ver qué es eso que dicen de ti los del pueblo; y cuando vengas tráete a Susana, que quiero verla...
    Ella respondía desairada:
    —Señor cura, lo que digan de mí los del pueblo se me da una higa...
    Y don Práxedes, dejándose llevar por la santa ira le respondía:
    —¡Quiteria, te estás jugando tu salvación eterna!
    Pero el tiempo se adelantó a las buenas intenciones del reverendo y no le quedó más remedio que mandarla enterrar en el prado de las brujas sin que se cumplieran sus proyectos de conversión de la descarriada.
    Susana quedó huérfana. Su padre había muerto de unas fiebres cuando era niña y ahora se veía sola, pobre y maldita. A sus veinticuatro años, lo que más temía era que el día menos pensado el pueblo enardecido por beatas iluminadas la arrastraran de los pelos por las calles y la emplumaran paseándola desnuda a lomos de un burro como habían hecho en otros lugares con las acusadas de darse al Diablo. Le aterrorizaba la idea de que la atormentaran en el potro o que, medio ahogada con  la toca  tuviera que confesar «que sí» cuando le preguntaran: «Dinos, ¿eres una bruja?» Y Susana se pasaba los días llorando en el silencio oscuro de su choza aniquilando su belleza y su juventud.
     
    Prevenido como estaba, don Práxedes se había traído en las alforjas el famoso manual que le recomendara un canónigo de Sigüenza, don Romualdo, para entender en casos de brujas: el Malleus Maleficarum, que le enseñaría a reconocerlas. Cada tarde, al amor de la lumbre, leía un fragmento del libro y meditaba el modo amable de llegarse hasta Susana y salvarla...

    Quiteria, la madre, se le había escapado de entre las manos por su falta de decisión, pero ahora estaba resuelto a  ir a por la hija y ganarla para la causa; pero antes quería estar seguro y comprobar que eran ciertas las marcas que señalaba el libro para confirmar si realmente se trataba de una bruja o era una simple muchacha destrozada por la malquerencia de sus vecinas: mirar al fondo de sus ojos negros como la noche y tratar de ver ese sapillo que dicen llevan esculpido en la pupila como señal de ser amantes del Diablo. «Pero... ¿cómo podría mirarla fijamente a los ojos y quedar a salvo de sus hechizos?», se preguntaba turbado en sus más íntimos sentimientos el pudibundo sacerdote.
    Sabía que, en efecto, existían una serie de signos externos muy evidentes que delataban a los sectarios de Satanás; uno de ellos era el que se hundían como plomos cuando los arrojaban a un pilón  de agua atados de pies y manos; pero esta prueba a Susana no se la haría jamás, por respeto. Otro signo era que escondían en sus casas escuerzos ataviados con dijes y adornos. «Pero... —se decía don Práxedes en la angustia de su indecisión— ¿cómo podré entrar en su casa y salir de ella indemne sin una pecaminosa  inclinación hacia la hembra que guarda?» Y se iba a los pies del altar mayor a buscar refuerzos espirituales y poder superar el regusto carnal que la mujer le provocaba.
     
    En estos días de incertidumbre, alguien echó de menos  a Susana en el pueblo. No se le veía entrar o salir de su choza, ir o volver del corralito que tenía junto a su casa donde guardaba media docena de ovejas, que era todo su capital. Parecía como si la hubiera tragado la tierra. Los rumores empezaron a desatarse y las habladurías del sacristán, propenso a las quimeras, iban adornando el embuste diciendo que la había visto salir por los aires en una noche de luna clara...  «Entonces, igual se ha ido volando hasta Soria en busca de compañía —decían los más atrevidos—; ya volverá, ya».
    Don Práxedes se armó de valor: «¡De hoy no pasa: voy a comprobar  si es verdad eso que cuentan de que se ha marchado!», se dijo al acabar  la misa. Mandó al cuerno las visiones del sacristán, hizo oídos sordos a las consejas de las beatas de comunión diaria y lengua afilada y se puso en marcha.
    En su fuero interno, el cura estaba convencido de que esa fábula de la brujería ya no era posible darse entre sus feligreses. No dudaba de que antaño existieran brujas que volaran por los cielos de Barahona y fueran capaces de dañar  los campos y ganados con pestes y pedriscos como señala el Malleus, pero ahora, en 1614, eso de andar volando no se compadecía con la razón humana y menos que lo hicieran gentes de su parroquia, que en su mayoría eran sencillos aldeanos cargados de arrobas.
    «Pues vuelan —insistía el sacristán—, que yo las he visto». Don Práxedes no le hacía ni caso.
    Aquella misma tarde preparó los bártulos que le recomendaba llevar el manual para tales circunstancias, se revistió con el roquete blanquísimo de las procesiones, tomó la estola morada y con los Evangelios y el agua bendita en la mano se fue hacia la casa de Susana. Iba a grandes zancadas como si le llamaran para una urgencia.

    —¿Se está muriendo alguien? —le preguntó Agapito que se tropezó con él, al ver las prisas que llevaba.
    —A lo mejor —le contestó el cura sin detenerse.
    Giró a la derecha y enfiló el camino que llevaba hacia las afueras.  Agapito le fue siguiendo con la vista hasta que le perdió tapado por las bardas de un corral. Después de un leve repecho que subía el camino se encontraba la casa de Susana, mitad cueva y otra mitad ruinas que se venían desmoronando desde que faltara el padre. Cuando llegó don Práxedes a los aledaños de la vivienda notó un extraño olor que le hizo pararse en seco. Afinó el olfato y comprobó que se intensificaba a medida que se acercaba hacia la casa. Se detuvo como a unos dos metros de la entrada y, de golpe, le acudieron unas ganas incontenibles de vomitar. «¡Dios Santo, qué hedor a muerto!»,  dijo tapándose la nariz con la mano. Se sobrepuso a la repugnancia y avanzó hasta la puerta. Llamó con tres golpes secos que resonaron a vacío. El olor era de intensidad tan nauseabunda que empezaba a tornarse dulzón. Volvió a golpear con mayor intensidad en la puerta. A los impulsos, bailoteó el postigo mal cerrado y al fin cedió. Una vaharada de olor pestífero le dio en plena cara. Retrocedió unos pasos cubriéndose con la bocamanga recargada de puntillas: «¡Dios mío, es insoportable!», dijo al tiempo que soltaba el calderillo  del agua bendita y el hisopo que traía en la mano. Se apoyó contra el tronco de un viejo nogal que sombreaba la puerta y dejó que se le pasara el mareo; pensó que debía armarse de valor y entrar a pesar de lo que pudiera encontrarse en el interior. Se enderezó y fue directo hacia el umbral; su figura quedó recortada unos segundos contra lo oscuro del fondo; entró de golpe y  desapareció como tragado por las sombras; inmediatamente se le oyó gritar: «¡Nooo, por Dios Santo, eso no...!» Y enmudeció. Cuando volvió a la luz estaba demacrado, lívido como un cadáver y se tambaleaba al andar... Se alejó de allí dando tumbos mientras mascullaba un De profundis que le salía del alma entrecortado con lágrimas amargas.
    Hubo un revuelo general. Los que le vieron regresar pensaron que el cura había sido víctima de las malas artes de Susana o bebido alguna pócima maligna, porque se balanceaba lastimosamente como un borracho, hablaba solo y parecía como ausente... Pero nadie se atrevió a preguntarle nada. Fue directamente a la iglesia, entró en el templo y cerró la puerta tras él. Enseguida se formó un corro de curiosos en el atrio que asociaron el mal del cura con su visita a la casa de Susana; pensaron en un brebaje o algún hechizo, y la sospecha fue tomando cuerpo de tal forma que Agapito, como alcalde del pueblo, alzó la voz para sentenciar a la malvada:
    «¡Hay que quemarla!»
    «¡Que arda la bruja!», respondieron los congregados, y se formó un remolino de gentes que azuzaron su odio con gritos salvajes pidiendo fuego y purificación: «¡Que arda en el fuego de Satanás!»
    Ya no se oía otra cosa. El tropel se perdió tras las bardas del camino que iba hacia la casa de Susana. Pronto aparecieron los primeros resplandores: la orgía acababa de comenzar...

    Don Práxedes se clavó humillado frente a San Miguel; era la primera vez que miraba con ira hacia la estatua. Ya no le corrían las lágrimas, sólo le quedaba un poso amargo de odio y hiel: «¿Por qué ella, si era buena? ¿Acaso es un delito ser hermosa? (Dios! Pero mía es la venganza dices, Señor, en el salmo: ¿por qué dejas sueltas a esas sanguijuelas inmundas sedientas de sangre?» Clamó fuerte para que se le oyera, pero su voz se iba perdiendo por  las arcadas del coro al tiempo que los ojos se le encendían como dos ascuas.
    Salió al atrio y vio con estupor el brillo de una hoguera que iluminaba los cielos de Barahona. La sangre se le quedó helada en los labios: el resplandor venía de la choza de Susana. Echó a correr lanzando exabruptos terribles y maldiciones bíblicas: caiga sobre sus cabezas la sangre de la víctima..., decía, que no encuentren reposo en esta vida hasta que paguen su crimen..., con palabras entrecortadas por una rabia desbordada.
    Cuando llegó ya era demasiado tarde: la casa ardía por los cuatro costados con Susana dentro. Se espantaron al ver al cura llorando y dando manotazos al aire como queriendo apagar el fuego con los puños. Luego les miró uno a uno con los ojos ahogados en ira:
    —¡Vosotros sois los malvados y los hijos de Satanás! ¡Ella era una buena mujer, y hermosa! ¡Por eso yo os maldigo en nombre de Dios, por quemar a una inocente!
    Agapito se sintió señalado. Él había sido el instigador de aquel auto de fe multitudinario y canallesco que empezaba a desparramar por el aire un hedor  agrio de carne chamuscada.
    —¡Era una bruja! —se atrevió a responder en su defensa.
    Pero don Práxedes se revolvió contra él como un áspid:
    —¡No, no lo era, maldito embustero! —trató de dominarse porque la ira le empezaba a estrujar la boca y estaba a punto de ahogarle—. En cambio vosotros sí lo sois, porque con vuestras lenguas  habéis arruinado la existencia de una buena mujer y la habéis empujado a la horca haciéndole dulce la muerte ya que la vida le resultaba insoportable. Y por eso sois todos malditos, porque no habéis tenido compasión ni caridad cristiana con una pobre muchacha. Sobre vuestras cabezas caerá su venganza y pido a Dios que así sea para que jamás os podáis librar de ella...
     
    Con la muerte de Susana dicen que se acabó la brujería. El tiempo hizo que se fueran apagando los rescoldos del odio, aunque la maldición que lanzara don Práxedes parece ser que fue efectiva porque, decía él, de vez en cuando la veía darse una vuelta por los cielos de su pueblo revestida de luz. Y siempre la encontraba sonriente, hermosísima y frágil tal como fue en vida; así que todos se inclinaron a pensar que don Práxedes había perdido el juicio desde que la vio colgando de la soga...
     
    Por eso digo que aquello que contó don Diego de Torres sobre unas brujas feas y viejas tirándose cuescos y correteando por los cielos en fecha tan memorable, para mí que es una burda patraña del literato. Porque si fueran hermosas doncellas las que volaban por los aires de Barahona yo le creyera, y hubiera dado en pensar que, seguramente, la más bella de todas era Susana...
     

    ¡La niña ha aparecido!

    Si se mira bien, el plano de Bilbao aparece acuchillado por una franja azul —la ría— que lo atraviesa de lado a lado marcando dos márgenes con denominación de origen: ambas iguales y sin embargo tan distintas, y unas líneas negras que lo cruzan en todas direcciones: son las vías del tren. Este preámbulo topográfico viene a cuento para aclarar que en Bilbao hay muchos caminos (fluviales y terrestres) junto con varias estaciones ferroviarias, cada una con su nombre, con su destino y sus parroquianos que —boinas aparte— traen y llevan gentes de toda condición, baserritarras y neskas indistintamente.
    Pues bien, habíamos hecho planes para ir a visitar a mi hermano Santi que estaba pasando las vacaciones en un internado de Larrondo, pueblecito junto a la playa de Sopelana, donde había una residencia para estudiantes, lugar en el que recalaba todos los veranos, en tanto que mis hermanas Loren, Charo y yo lo hacíamos en la residencia que las franciscanas de Montpellier[1] tenían en Bilbao abandonando temporalmente el internado de Santo Domingo de la Calzada: distinto lugar, misma regla monacal.
    Aquel viernes amaneció radiante, día de playa, de tomar el bañador y largarse hasta Plencia, lugar donde solía citarse la gente guapa de Bilbao. Día perfecto para disfrutar de las vacaciones que me había ganado tras un duro curso en el internado. Pero en mi vida siempre tiene que aparecer el diablo en los momentos menos oportunos para enredarlo todo; por ejemplo hoy, que mi hermana Loren amaneció con una fiebre altísima y no podía llevarme al tren según había acordado con mi otra hermana, Charo, encargada de recogerme en la siguiente parada. ¡Qué mala pata! Llamó a unas amigas que acudieron a consolarla y, de paso, se ofrecieron gentilmente para acompañarme hasta la estación. Ya lo dice el refrán: “Si el diablo te cierra una puerta, Dios te abre una ventana”.
    Me pusieron un vestidito blanco con una cinta azul, color de la ría que por aquel entonces era un espejo, y cogida de la mano me fui con ellas para tomar el tren que me llevaría hasta la residencia de mi hermano junto con Charo.
    —Loren nos ha dicho que dejáramos a la niña en la estación de Las Arenas, ¿verdad? —preguntó una de ellas a sus compañeras.
    —Pues no lo recuerdo bien, pero creo que sí —fue su respuesta inquietante.
    —En Las Arenas… —añadió una tercera.
    —Mira, nena —me dijo mientras íbamos caminando—: nostras te dejamos en el tren y tú te bajas en la primera parada que haga, porque allí te estará esperando Charo, ¿has comprendido?
    —Sí.
    —Muy bien, ya se ve que eres una niña muy buena.
    Sacaron el billete, me dejaron en el tren y se fueron.
    Viajar en tren era un regalo para los ojos: ver pasar los árboles, las casas, los niños y las vacas que se quedaban atrás mirándome con la boca abierta. Era un placer. Yo me consideraba una niña afortunada. Además, llevaba un duro en el bolsillo y esto hacía que me sintiera la reina del mambo. Fiel a la recomendación de mis acompañantes, en la primera estación en la que el tren se detuvo, me bajé. El sol calentaba con fuerza. Busqué por los rincones de la estación y no vi a mi hermana Charo que, teóricamente, me estaba aguardando. «No importa, la esperaré», me dije y fui a sentarme en un murito que había frente a la puerta de entrada. Estaba observando con detenimiento todo lo que me rodeaba cuando de pronto sentí el peso del duro en el bolsillo y unas ganas enormes de comer un helado; justo en la esquina de la estación había un heladero que voceaba: «Al rico helado de freeeesa»
    ¡Qué suerte la mía, tenía mis helados preferidos!
    —Buenas. Deme dos.
    —¿Tienes calor eh, guapa? —me dijo él.
    —No, es que uno es para mi hermana que va a venir a recogerme.
    —Ah, claro.
    —Toma.
    Pagué religiosamente los cincuenta céntimos que costaba cada uno y con los dos cucuruchos rebosantes de crema helada me fui al murito a saborear su fresca delicia. Lengüetazo va, lengüetazo viene, di buena cuenta del mío mientras el de mi hermana se derretía bajo el sol implacable de agosto. Al final tiré aquella masa goteante y pegajosa que empezaba a colorearme la falda de un fresa chillón. Esperé otro buen rato y aburrida me fui a dar un paseito por unos jardines que había en los alrededores sir perder de vista la estación pues mi hermana podía llegar en cualquier momento, aunque ya se estaba atrasando demasiado.
    No recuerdo las horas que estuve yendo y viniendo, saltando, contando pájaros y comiendo helados, pero fueron unas cuantas.
    —Nena, que te van a hacer mal —me dijo el heladero en un momento dado.
    —Es que mi hermana no viene.
    —Ya. ¿No te habrás perdido?
    —No señor.
    El tiempo que estuve esperando nunca lo supe, pero recuerdo que ya caía el sol cuando apareció Charo toda sudorosa, casi llorando:
    —¿Dónde te has metido, Marinieves?
    —Aquí.
    —¿Pero Loren no te llevó a la estación de Lezama como habíamos quedado?
    —No sé. Me trajeron unas chicas…
    —¡A la de Las Arenas!, ¿verdad?
    —Sí, eso dijeron.
    —¡Dios, qué calamidad!
    —¿Por qué?
    —Porque todas pensábamos lo peor… ¿Tú no sabes que hay unos hombres malos que llaman "sacamantecas" y roban niñas para sacarles la sangre?
    —No.
    —Pues te anda buscando la policía por toda Plencia.
    —Yo estaba aquí... Mira tus helados —le dije—. Te los has perdido por llegar tan tarde —en el suelo había una mancha rosa y sucia con los restos de tres cucuruchos: los helados que mi hermana no había podido gustar.
    —Voy a llamar a las monjas; las tienes rezando en la iglesia pidiendo a Dios que aparezcas sana y salva…
    Si dijera que estaba asustada, mentiría. El heladero es testigo de que me pasé una tarde de lo más divertida. Yo no sabía qué era eso del "sacamantecas", que había perdido el lazo y andaba con el vestido despendolado, pero me sentía muy feliz a pesar del revuelo que había provocado mi desaparición. Cuando llegamos a la residencia de las franciscanas, qué abrazos, qué besos, qué jolgorio. Entonces habló la superiora y dijo algo así como: «Hermanas, vayamos a rezar un Tedeum para dar gracias a Dios por la aparición de la niña». Y yo pensé: «Tampoco es para tanto; esto debe de ser cosa de monjas».


    [1] Ver En el Internado

    En el internado

    En dos ocasiones me vi arrojada del paraíso de mi Guinea natal: dos exilios que marcaron mi vida y todavía duran. El primero fue para ir como interna a un colegio de monjas franciscanas en Santo Domingo de la Calzada; y el segundo, desgraciadamente,  para nunca más volver como dice el tango, por culpa del loco Macías que nos expulsó de malas maneras de nuestra tierra, aunque alimento un hilo de esperanza de volver, al menos como turista. De este exilio prefiero no hablar porque me resultó especialmente triste, violento: lo más parecido al despertar de un maldito sueño que coincidió con los días convulsos de la independencia; salimos con lo puesto dejando atrás la casa, el sudor de mi padre, algunos familiares, muchos amigos y los mejores años de mi vida; por eso prefiero olvidarlo.
    La primera salida resultó también inesperada y duró siete largos años: los que abarcan el final de mi infancia y toda la adolescencia; siete cursos de férrea disciplina monacal y afecto monjil; de estudio y crecimiento.
    «Quiero ir con mamá Ujume[1]», dicen que fue lo primero que exclamé cuando puse pie a tierra en España consciente de que me habían arrancado de sus brazos. Yo era muy niña y bastante mimosa. Mis padres decidieron enviarme a España para que estudiara y me hiciera una señorita —me explicaron años después—. Algún amigo les habló de que había un internado en Santo Domingo de la Calzada regentado por monjas al que acudían muchas chicas de los contornos de Bilbao, la tierra de mi padre. La idea pareció buena y les faltó tiempo para poner en marcha un plan de internamiento en el colegio de las franciscanas que les debió costar sangre, sudor y lágrimas.
    Yo era completamente ajena al trajín que súbitamente apareció en casa como fue la compra de vestidos nuevos, zapatos, ropa interior, etc., que Sogo[2] iba marcando con las siglas NEZ y un número en rojo, el 48, ordenándolo todo en el fondo de un maletón color café con leche, compañero de exilio, al que siempre miré con resentimiento por ser el testigo material y mudo de mis años de internado.
    La última imagen que me quedó antes de partir definitivamente del aeropuerto de Bata fue oír a mi padre que me decía: «Espera, nena, que voy a buscar unos caramelos...»; para mi espanto, vi que cerraban la puerta del avión tras él y que se iba haciendo pequeñito, pequeñito, mientras movía la mano en señal de despedida hasta desaparecer tapado por una nube de algodón. Una azafata trató de distraerme con chucherías: «Mira lo que ha dejado tu papá», me dijo. Después creo que me dormí y cuando quise darme cuenta ya estábamos sobre  el cielo de Madrid. «Quiero ir con mamá Ujume» protesté cuando bajaba por la escalerilla, pero nadie quiso escucharme.
    Las primeras sensaciones fueron muy vívidas, heridoras: cielo gris, árboles raquíticos, edificios enormes y asfalto por todas partes; observar a los hombres que se abrigaban con chaquetas de pana y boina calada hasta las cejas, y la de sentir un frío espantoso. Yo no estaba acostumbrada a aquella temperatura tan baja y aquella humedad tan exigua. Luego todo fue como en un sueño en el que se suceden escenas sin mucha lógica hasta llegar a Santo Domingo. Las monjas, que esperaban mi llegada, me acogieron como a una huérfana. Todas me querían abrazar y besar porque dicen que yo era una niña encantadora; cuando cesaron los arrumacos me ofrecieron tres regalos que recuerdo nítidamente: el primero fue una manzana asada que comí glotonamente y me resultó deliciosa; el segundo, una onza de chocolate, cosa que nunca había visto antes; y el tercero, una muñeca de trapo con cara de betún, pelo ensortijado y ojos saltones que llevaba bordado mi nombre en el pecho: Nieves; mi sorpresa fue mayor porque todas las muñecas que había dejado en Guinea eran de tez blanca y  pelo liso.
    Lo malo fueron las primeras noches. Me venían las lágrimas sin querer. Estaba triste y me asaltaba el recuerdo de mi casa: «Quiero ir con mamá Ujume», repetía entre sollozos aunque seguían sin escucharme. La madre Beatriz, vieja achacosa y gruñona, me tomó por su lazarillo en aquellos días de añoranzas y me consolaba con palabras cariñosas; llegamos a hacernos buenas amigas. Con ella iba a todas partes:
    —Nieves, recoge esa hebra de hilo que hay en el suelo, que sabe Dios cuándo lo necesitaremos.
    —Jandi, que me llamo Jandi, madre —le corregía.
    —Eso será en Guinea. Aquí te llamas Nieves, ¿o es que no estás bautizada con nombre cristiano?
    Con ella dormía en Nazaret, que así llamaban a la parte alta de un torreón viejo y  destartalado en el que zureaban palomas y novicias, donde se guardaban las manzanas reinetas recogidas durante el verano —perfume que penetraba todos los rincones de aquel caserón— y servían de postre al tardío.
    Pasaron dos años y seguía acompañando a la madre Beatriz en sus idas y venidas al pueblo:
    —Tienes que aprenderte las oraciones, el Yo pecador, la tabla de multiplicar, para que puedas hacer la primera comunión y recibir el Cuerpo de Cristo; y sobre todo no vayas al Traganiños, que es muy peligroso porque por allí anda el Demonio.
    —Sí, madre —decía yo respetuosa, que a estas alturas había dado un buen estirón y alcanzado una cierta autonomía de movimientos por los recovecos del convento después de dos años de internado. Lo cierto es que no obedecí del todo a mi maestra, porque al Traganiños bajé, que yo recuerde, al menos una vez.
    Siempre me había llamado la atención una ranura oscura que había a la altura de la puerta de mi clase por donde se nos colaban los lápices, gomas y estampas... Supe por sor Beatriz que ésta grieta iba a dar directamente al Traganiños, o sea: la carbonera, y la miraba con un recelo espantoso. Un buen día tuve la mala fortuna de que un lápiz recién estrenado —regalo de sor Marta, la cocinera— se me fuera Traganiños abajo y decidí que no era cuestión de perderlo así como así: que tenía que recuperarlo. A la hora del recreo bajaría a buscar el lápiz. Se lo conté a mi compañera, Marina, la hija del profesor de matemáticas, el farmacéutico de Santo Domingo, de la que era amiga y confidente.
    —¿Me acompañarás al Traganiños? —le dije.
    Se quedó espantada:
    —Que no se puede ir —me advirtió.
    —Ya lo sé, pero es que se me ha caído un lápiz.
    —¿Y si nos ven?
    —No nos verán, de verdad.
    —¿Cómo?
    Sabíamos de la existencia del Infierno porque la madre Eulalia, la superiora, nos venía dando unas charlas para prepararnos a bien recibir el Cuerpo de Cristo, y nos hablaba de esos misterios escatológicos que nos atraían con morbosa curiosidad haciendo que el Traganiños se nos representara como el infierno por donde Pedro Botero —alias del Diablo—  andaba rodeado de llamas y oliendo a azufre; y esto, claro está, era un reto al que debíamos hacer frente, por lo menos  una vez en la vida.
    —Entraremos por la ventana...
    —¿Por qué ventana?
    —La que está junto a la clase de las de primero.
    —Vale.
    Había un ventanuco que servía para dejar pasar un rayo de luz —o el cuerpo de una niña— y siempre estaba abierto. Alguna vez lo había espiado durante el recreo por ver si aparecían las barbas del Pedro Botero, que no fue el caso, pero evitaba el acercarme a su boca oscura.
    Hoy estaba resuelta a recuperar mi lápiz pasara lo que pasara. Nos acercamos sigilosamente, pegado el cuerpo contra la pared. Nos aupamos con los codos y sin darnos cuenta ya estábamos dentro. Silencio. No mentía sor Beatriz cuando decía que aquello era como la boca del Infierno porque estaba completamente oscuro y lleno de telarañas que se nos pegaban en la cara al avanzar por entre los montones de carbón. El rayo de luz que se colaba por el ventanuco nos permitía imaginar  siluetas fantasmales proyectadas contra las paredes y sentir un tufo nauseabundo parecido a la pestilencia del infierno...
    —Marina, ¿tienes miedo? —le pregunté cuando vi un bulto negro que se movía junto a la puerta que parecía entreabierta.
    —Yo sí, ¿y tú?
    —Mucho. ¿Nos vamos?
    —¿Y el lápiz?
    —Déjalo, ya no lo quiero... Es que me parece que estoy viendo al Diablo allí...
    —Sí, yo también lo veo, junto a la puerta...
    Un ratón salió despavorido bajo nuestros pies. Aquello fue el detonante para que nos estrujáramos contra el ventanuco forcejeando por salir las dos al mismo tiempo. No podría explicar como lo hicimos, pero de golpe nos vimos en el patio con las manos y la cara renegridas de carbón y polvo viejo.
    —¿De dónde venís? —nos sorprendió sor Itziar, que estaba vigilando el recreo, al vernos aparecer de aquella facha.
    Era imposible mentir.
    —De allí —y señalamos vagamente el edificio del convento.
    —¿Del Traganiños? —exclamó crispando las manos.
    Bastó este gesto para que nos echáramos a llorar, aterradas. Dos surcos rosados se abrieron en nuestras mejillas tiznadas de carbón. Marinita buscó una disculpa increíble:
    —Es que ésta ha visto al Diablo... —dijo.
    La madre Itziar era pequeña, nariguda y seca. Su forma de abofetear le había dado fama de cruel entre las alumnas del internado. Yo la conocía muy bien; y allí estábamos las dos, frente a ella: sucias, llorosas, diciendo que Satanás andaba suelto por los sótanos del convento. Cuando oyó la confesión de mi compañera, la madre Itziar dio un salto como si la hubieran pinchado y cruzó el patio a grandes zancadas dando voces como una loca:
    —¡Llamad a la madre superiora!, ¡que venga ahora mismo la madre superiora!
    El sobresalto general quebró la natural armonía de la casa.  Nunca antes se había visto un revuelo mayor de religiosas que acudían destocadas a la puerta del Traganiños perdiendo la compostura que pedía la santa modestia; a las voces de sor Itziar no sólo acudió la superiora, sino el jardinero, el capellán —don Antonio—, y demás miembros del claustro.
    —A ver, Marinieves —me conminó con toda solemnidad la superiora como si tratara de exorcizarme—, dinos lo que has visto.
    Yo estaba aterrada y no podía articular palabra mientras calculaba: «¿Sería de verdad el Diablo?» La madre superiora me urgía porque quería salir de dudas:
    —¿Es cierto que has visto al Demonio ahí abajo?
    La miré con angustia. No podía echarme atrás.
    —Sí —dije con un hilo de voz—: era negro, estaba agachado junto a la puerta y parecía que me llamaba...
    —¿Y te llamaba?, ¿cómo te llamaba?
    —Moviendo la cabeza...
    —¿Dio alguna voz?
    —No.
    El espanto iba creciendo entre las religiosas y las alumnas que habían acudido en tropel donde nosotras estábamos. El capellán tomó cartas en el asunto.
    —Si eso es cierto, será cosa de bendecir el lugar —le dijo a la madre Eulalia muy preocupado.
    La superiora quedó unos segundos inexpresiva para añadir:
    —Desde luego.
    Le trajeron agua bendita y una estola morada. Don Antonio tomó el hisopo y se fue directo a la puerta del local que abrió con mucha cautela para asperjar los muros del sótano mientras decía unos abrenuncios en latín. El grupo se movió en masa hacia la boca oscura de la carbonera escrutando el interior. Marina y yo quedamos discretamente recogidas en un rincón del patio vigiladas de cerca por sor Patrocinio, la encargada de la limpieza. Algunas niñas nos miraban asombradas mientras explicaban a las que se incorporaban al grupo la misteriosa aparición del Diablo adornada con exageraciones de su propia cosecha.
    —¿Vosotras sois las que habéis entrado en el Traganiños? —nos preguntó.
    —Sí —respondimos tímidamente.
    —Pues no lo entiendo, porque yo he estado toda la mañana por aquí y no os he visto entrar...
    —Es que hemos saltado por la ventana... —añadió Marina, que parecía menos afectada que yo por el tema del Diablo.
    La monja meneó la cabeza en señal de desaprobación:
    —¿Por la ventana? ¡Ay, capaces de haberos matado! —Luego se quedó pensativa—. Claro, no os he podido ver porque yo estaba junto a la puerta arreglando unas escobas de brezo para barrer el patio...
    ¿Coincidía la silueta de esta hermana con la figura del Diablo? Posiblemente, pero sería una temeridad afirmarlo; lo cierto es que la madre Eulalia enseguida tuvo claro qué es lo que habíamos visto en la carbonera: a sor Patrocinio arreglando una escoba y con la toca negra caída sobre la cara, o sea, al diablo. Volvió a regañarnos seriamente y se olvidó del asunto cuando le prometimos que nunca jamás volveríamos al Traganiños.
    Mis compañeras de clase no lo olvidaron tan pronto y tardaron un tiempo en dejar de mirarme como a un bicho raro, ¡por culpa de un lapicero, nuevo, todo hay que decirlo!


    [1]  Nombre de nativa de mi madre.  el mío era Jandi.
    [2]  Ver Las chicas de Ilale.

    Cine en Río Benito

    Han pasado los años y aún recuerdo con nostalgia aquellas intensas sesiones del Cinema N’Bini, sesiones variopintas de encuentro con amigos, citas de enamorados y lugar de diversión al que solía acudir toda la familia.
    El local era lo de menos. Estaba cerca de la playa y más bien parecía un tendejón del puerto que un salón de cine propiamente dicho. El muro del fondo, por ejemplo, cuidadosamente  enjalbegado hacía las veces de pantalla. Cien sillas de tijera colocadas sobre una especie de tarima —a duro el asiento— estaban destinadas para los pudientes, mientras que las tres docenas de bancos corridos de la parte delantera, a peseta la entrada, era el espacio preferido por los negros y morenos porque les permitía explayarse a sus anchas... Mobiliario sencillo y utilitario, sin lujos. Lo único lujoso era el soberbio altavoz Telefunken que pendía de un clavo en un rincón, grande, lleno de polvo, que valía para informar a los de dentro y los de fuera sobre la marcha de la película, y avisaba oportunamente de que la función iba a comenzar con la archisabida melodía del NO-DO.
    Tampoco faltaban las carteleras, aditamento esencial en todo salón de cine que se precie. Las carteleras servían como decoración vistosa y práctica en las paredes del almacén para disimular las huellas del paso del tiempo y las manchas de humedad. El resto era de lo más corriente: suelo de cemento, ambientador de zotal para mantener a raya a las niguas y techo cubierto sólo en su mitad trasera por una chapa de zinc que protegía el espacio de las sillas, quedando el resto del salón adornado por un entoldado azul tachonado de estrellas donde se concentraba la bulliciosa juventud de Río Benito.
    En la estación húmeda —octubre, principalmente— era frecuente que se suspendiera la sesión de cine por diluvio; pero si el agua caía pausada y blandamente, la cortina de gotas que atravesaba la proyección creaba un efecto mágico en la pantalla como en 3D, vivo y ondulante. Entonces, todo el mundo se apiñaba en el semi techo de zinc aguantando con sudor y buen humor a que escampara; de lo contrario, cada mochuelo se iba a su olivo y  la película quedaba para mejor ocasión. 
    Solíamos ir en familia. Eso significa que  la mayoría de las películas eran toleradases decir, para todos los públicos. No obstante, si la sesión traía alguna escena escabrosa, los silbidos y el pataleo subían por el hueco del techo hasta el cielo, sin que faltase alguno que se acordara de la santa madre del que se ponía delante e impedía la gozosa visión del beso entre Gary Cooper y Grace Kelly, —pongamos por caso— en Solo ante el peligro, y es que las películas más comunes y deseadas por el personal eran las del Oeste.
    Cuando colocaban las carteleras,  toda la chiquillería de ocho a ochenta años  de Río Benito pasaba por allí para examinar la oferta y dar su opinión sobre la próxima película según los artistas que aparecían en ella. Si era de Cantinflas, por ejemplo, el éxito estaba asegurado pues se sentía un verdadero fervor por este personaje, aunque no le andaban a la zaga las de tema hispano (Sangre andaluza, Soy de Aragón), patriótico (Balarrasa, A mí la legión) y las religiosas (El mártir del Calvario, Fátima)... Es decir, que en Río Benito se veía un cine total.
    Las películas del Oeste eran las más deseadas por los negros porque en ellas aprovechaban para desfogarse identificándose con el bueno. Enseguida tomaban partido por el chico al que llamaban di boy —dicho en pichinglis, la jerga hablada en la costa guineana—, y a medida que la película avanzaba los gritos iban en aumento en su afán por animarle en las situaciones comprometidas (¡oooh, di boy!, ¡chuaaa, di boy!), avisándole a tiempo si era atacado por el malo (¡que viene, que viene!), o caer en una trampa (¡no vayas, di boy, no vayas!): escenas y gritos que se repetían en cada película.
    La chica se ganaba instantáneamente el interés de los espectadores masculinos. Cuando aparecía en la pantalla, los jóvenes aullaban como coyotes apoyando con observaciones más o menos groseras los encantos de la protagonista. Sus voces salían por el hueco del tejado avisando a los del exterior la aparición de la estrella. También los pobres tenían derecho a soñar con una bella rubia americana.
    Las peleas en la pantalla eran una antología del disparate. Los ocupantes de los bancos se ponían de pie y gesticulaban paralelamente a los gestos del protagonista dando puñetazos al aire, disparando con el dedo, asestando certeros golpes con un cuchillo imaginario...; porque todos apoyaban al bueno, le jaleaban y coreaban sus hazañas (Oooh, di boy. Chuaaa... Fuerte di boy...) y estratagemas que eran tenidas como triunfos personales cuando vencía, (¡Bieeen!) y desesperación total cuando terminaba en fracaso: Tonto, ya te lo decía yo...  La cosa tomaba tintes de tragedia cuando el chico iba  perdiendo en la pelea. Todos se esforzaban por aconsejarle, por llevarle hacia la victoria con sus gestos y voces. A veces el alboroto tomaba aspecto tumultuario y el encargado se veía forzado a sujetar a los más exaltados con una vara y la  amenaza de ponerlos de patitas en la calle. El resto de los espectadores, que ya sabíamos lo que nos tocaba, aguantábamos  estoicamente el griterío hasta que volvía la paz y retomábamos el hilo del relato como Dios nos daba a entender, de manera que nuestras películas siempre estaban hechas de retazos inconexos.
    Cuando el protagonista era un cómico del tamaño de Charlot, Cantinflas o El Gordo y el Flaco, blancos y negros  nos partíamos de risa, sobre todo con las respuestas que éstos daban a las preguntas de los personajes como si formaran parte del guión. Se tronchaban con sus propios chistes, malos de solemnidad y casi siempre obscenos.
    Pero la palma del espectáculo se lo llevaban las películas religiosas. Los nativos eran muy sentidos y creyentes. Recuerdo que cuando proyectaron El mártir del Calvario la religiosidad se convirtió en histeria colectiva porque todos se agolparon aplastados contra la pantalla para estar más próximos al Cristo sangrante y maltratado que se veía en el muro. Y allí andaban llorando a lágrima viva, de rodillas, con crucifijos o rosarios apretados contra el pecho y brazos puestos en cruz a imitación del pobre Cristo que agonizaba sobre la pared... Era un espectáculo sobrecogedor que ponía los pelos de punta. Los espectadores de las sillas callábamos y respetábamos con resignación cristiana estas manifestaciones de dolor.
    Y cuando Gumersindo[1] dejó tres meses sin luz a todo el pueblo, fue tiempo suficiente para que la selva empezara a tejer una preciosa alfombra de terciopelo verde sobre el suelo del Cinema N’Bini hasta que volviera a sonar el viejo Telefunken


    [1]  Ver Los dos Gumersindos.

    Los dos Gumersindos

    El bar del viejo guachimán de Río Benito (Guinea Ecuatorial)—un tugurio destartalado con tejado de zinc y mostrador de embero sin desbastar—, tenía dos sólidos puntales sobre los que se apoyaba su precaria economía: se trataba de los dos Gumersindos.
    Los Gumersindos eran dos hombres que tenían un montón de cosas en común. Tenían en común, por ejemplo, la edad; el nombre, que por estas latitudes llamarse Gumersindo ya era harta coincidencia. También coincidían en que eran negros como el betún, simpáticos, parlanchines, buena gente, bebedores como esponjas y «más vagos que la madre que los trajo», como decía mi padre. Ambos desempeñaban oficios de cierta responsabilidad para la comunidad que consistían en vigilar el funcionamiento de los generadores de electricidad (Gumersindo A.), y ser jefe de los danzantes guerreros (Gumersindo B.). No coincidían en el apellido, que era una de las pocas cosas que los distinguía: Anoko y Bakale.
                           
    Gumersindo Bakale[1] era hombre de bien, estimado por mi padre porque le resolvía bonitamente el número de las “danzas guerreras” cuando llegaba una autoridad y había que poner en marcha el grupo étnico. Gumersindo siempre estaba dispuesto a colaborar de buena gana; siempre, digo, que su hígado y su cabeza se lo permitían porque le gustaba beber en exceso.
    Las danzas eran uno de los platos fuertes de los festejos y Bakale las dirigía con mano experta —incluido el número del hombre de paja—por ser perito conocedor de los ritmos tribales guineanos. Se sabía imprescindible tras treinta años de danzas, que ni siquiera las interrumpió cuando la malaria asoló el poblado y tuvo que bailar con la tropa diezmada delante del obispo.
    Mi padre le avisaba con una semana de antelación:
    —Bakale, a partir de mañana, ensayo. Vete preparando a tu gente para el domingo porque viene el señor X.
    Bakale se cuadraba y decía:
    —A sus órdenes, jefe.
    Luego le recordaba:
    —Ah, y no bebas.
    —Lo que mande el jefe.
    Y se ponía en movimiento. Juntaba a sus hombres, lustraba los aperos rituales: una vieja piel de cabra con manchas oscuras que guardada en un baúl con bolitas de alcanfor, la lanza decorada con purpurina para disimular el paso del tiempo y un escudo hecho de madera que resultaba muy aparente por imitar con dignidad a los originales de cuero de sus ancestros  que estaban hechos cisco por la polilla.
    A media semana mi padre le advertía:
    —Bakale, como te vea borracho, me voy a enfadar.
    Y él todo serio:
    —A sus órdenes, jefe.
    —Déjate de “a sus órdenes” y suelta la botella, coño.
    —O.K., jefe  —y Bakale, el guerrero, se quedaba cuadrado y sonriente esperando a que mi padre diera media vuelta para sacar una petaca de coñac que tenía  escondida en el hueco del tam-tam.
    Gumersindo Anoko trataba de ser pulido y responsable en su trabajo como vigilante de los generadores que surtían de electricidad a Río Benito, y de que todo estuviera "en perfecto estado de revista", como solía decir él.
    No obstante, tenía la rara virtud de coger unas cogorzas respetables y cantarinas. El hombre se arrugaba como una pasa en un rincón del garito del guachimán y aguantaba el tirón hasta la mañana siguiente en que, fresco como una rosa, se dirigía a la caseta de los generadores como si no hubiera pasado nada. «Pero en el trabajo no bebo» decía, cuando le comentaban el puntazo de la noche anterior, lo que no era del todo cierto, pues de vez en cuando se le iba la mano con la botella acarreando trágicas consecuencias para el vecindario.
    Lo esencial de su empleo consistía en que los generadores marcharan perfectamente a fin de mantener la luz en las casas y los electrodomésticos funcionando, pues al menor fallo suponía quedarnos sin agua, tener que echar mano de las lámparas de bosque y esperar a que se produjera un milagro..., lo que no era fácil de sobrellevar con cuarenta grados a la sombra.
    Pero quien peor sufría el tema de los apagones era la juventud, porque sin luz no funcionaba “El Tangó”, flamante salón de baile con el suelo de barro y techo de zinc, cuyo pick-up por culpa del Gumersindo quedaba mudo como una tabla y el dueño se veía obligado a echar el cierre; momento en que unos aprovechaban para agarrarse a una botella; otros, a una parienta, y entre todos hacer que los linderos del bosque ardieran en plena oscuridad. Cuando le comentaban al señor Anoko que cada vez que fundía el generador aumentaba la población, él se justificaba diciendo que «no hay mal que por bien no venga, je, je, je».
    De todas formas, se consideraba afortunado pues, aunque mal pagado, podía disfrutar de un empleo cómodo, tanto que le permitía darse algún garbeo furtivo por el garito del viejo guachimán en horas de trabajo. Mi padre tuvo que pararle los pies:
    —Me han dicho que abandonas el trabajo, Gumersindo...
    —Nooo, massa. No es cierto. He ido a buscar agua destilada.
    —¿Agua destilada al bar? 
    —Sí, señor.
    Mi padre le insistía para que no se descuidara:
    —Que no me entere de que bebes en el trabajo, Gumersindo.
    —Nooo, massa. Yo no bebo.
    Y se quedaba esperando a que mi padre diera media vuelta para sacar una botella que tenía escondida dentro de un bidón vacío de aceite lubrificante.
     
    Los fines de semana eran memorables pues los dos Gumersindos, mano a mano, se cogían sendas cogorzas que contribuían a que se mantuviera en pie el negocio del viejo guachimán, como queda dicho.
    Pero sucedió lo que tenía que suceder.
    Un día, Gumersindo A. fue a casa de mi madre:
    —Señora Faustina, ¿tiene un sacacorchos?
    Mi madre, que conocía las aficiones del empleado municipal, le dijo:
    —Pero... ¿no te ha dicho mi marido mil veces que no bebas en el trabajo?
    —Sí, señora. Yo no bebo. Es que tengo que abrir una botella de agua destilada...
    —¿Agua destilada?
    —Sí, para las baterías...
    —Como nos dejes sin luz te van a colgar, Gumersindo.
    Y claro, la supuesta agua destilada, que era de marca “Fundador”, surtió efecto: se cogió la correspondiente turca y consiguió dejarnos sin corriente eléctrica durante tres largos meses. Él ni se enteró de la faena; sentado en el suelo, su voz salía a chorros por el tejado del garito: «Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amooor». La gente lo intuyó enseguida: «Si Gumersindo canta, borrachera segura», y por eso lo querían linchar, porque era una calamidad.
    Se acercaba una fiesta. Mi padre, como de costumbre, avisó a Bakale:
    —Ya sabes que mañana actúas con los guerreros, ¿estamos?
    —Sí jefe. Estamos.
    —Esta noche no se bebe.
    —De acuerdo jefe, no se bebe.
    Y todo el mundo se fue confiado a dormir. Todo el mundo menos Bakale que, abrumado por la responsabilidad, estuvo toda la noche dándole explicaciones a una botella de “Terry”. Al clarear fueron con el recado a mi padre:
    —Señor Escuza, Bakale está como una cuba y no se tiene en pie.
    Yo oí una palabrota y un portazo: “¡La madre que lo...!” ¡Blam!
    Cuando mi padre llegó a las puertas del viejo guachimán se tropezó con un cuerpo que babeaba y soltaba unas risitas entrecortadas por el hipo: era lo que quedaba del hombre. Lo dejó por imposible.
    A pesar de todo, la danza se celebró sin el jefe guerrero. No fue tan lucida la danza, es cierto, pero quedó muy digna con Filomeno —segundo en el rango— al frente de la tropa y del hombre de paja. Al día siguiente le mandó llamar:
    —Bakale, desde hoy se acabó lo de la danza. Búscate otro empleo.
    Al hombre se le puso la piel de un color ceniciento como les suele quedar a los negros ante el pánico, pero no perdió la compostura:
    —A sus órdenes, ¡hip! jefe.
    Pero la amenaza quedo sólo en eso, y la vida siguió rodando lentamente por los aledaños de Río Benito con los dos Gumersindos subidos a su chepa.


    [1]  Es el mismo personaje del relato El hombre de paja

    El Hombre de Paja

    «Como no abras la boca llamo al hombre de paja», me amenazaba Sogo[1] cuando no encontraba la manera de hacerme comer. Y ante semejante ultimátum no me quedaba más remedio que tragar en medio de una torrentera de lágrimas, mocos y convulsiones pilóricas. De esta manera tan cruda el hombre de paja —al que tanto llegué a odiar— cumplía la mágica función de hacerme crecer sana y robusta como un brote de magombegombe.
    ¿Pero existía de verdad el hombre de paja?
    Por supuesto que sí, aunque el muy malvado sólo se dejaba ver los días de fiesta mayor o cuando había algún acontecimiento extraordinario en el pueblo como era la visita del obispo o del gobernador; entonces, las fuerzas vivas se volcaban en organizar festejos y agasajos a la autoridad competente, y allí es donde entraba en juego el hombre de paja.
     
    Digo yo que tuvo que ser en uno de estos homenajes cuando lo vi por primera vez y quedé horrorizada. Yo era muy pequeña, pero recuerdo que era tiempo de sequilla[2]. La noche anterior había llovido y en el ambiente se respiraba olor a barro tibio y a madreselva.
    A eso de mediodía se fue arremolinado en la explanada del Ayuntamiento de Río Benito un gentío variopinto convocado por  la llegada de un tal Carrero Blanco, que debía de ser un pez gordo venido de la península en visita oficial. En estos casos el ceremonial de agasajo era siempre el mismo: primero, un caluroso discurso de bienvenida a cargo del alcalde; luego, el festival étnico-patriótico que incluía unas vistosas danzas tribales y por último, un vino español servido en el salón de plenos para las autoridades locales y gente importante.
    Para esta ocasión salimos de casa con una hora de adelanto. Aparcamos el Chévrolet rojo bajo un frondoso magnolio y mi padre fue directo a saludar a Gumersindo Bakale, cuyo grupo guerrero andaba dando saltos y cabriolas para poner los músculos a punto antes de salir a danzar a la plaza.
    —Hola, Gumersindo, ¿cómo va eso? —le preguntó.
    —De primera, jefe.
    —Hoy hay que lucirse, Gumersindo.
    —Sí, jefe. Y, además, esta mañana no se bebe —añadió el capitán guerrero con una sonrisa de niño malo.
    —Desde luego.
    Enseguida nos encontramos con otros amigos que también estaban invitados a la fiesta. Mis padres se acomodaron en unas sillas puestas en un rudimentario palenque que se abría frente a la plaza y nos dispusimos a esperar a que empezara el espectáculo. La música merengue hacía horas que venía extendiéndose por calles y plazas del pueblo como una vaharada cálida, monótona y dulce de día festivo.
    De pronto sonó el himno nacional y en la tribuna aparecieron las autoridades. Allí estaba Carrero Blanco con su bigotito cano y su traje impecable de marinero. El gobernador dio el placet para que empezara la función y enseguida el alcalde se arrancó con un encendido discurso de bienvenida al ilustre visitante. A continuación, el maestro de ceremonias presentó a un grupo de danzarinas de la Sección Femenina ataviadas con pololos y mazas que nos  brindaron un espectáculo soso y desarbolado; después un coro de niños entonaron canciones guineanas muy bonitas; las alumnas de tercero de la Escuela Normal representaron una escena rural con atuendos nativos muy originales..., y así una serie de actuaciones que respondían al programa ya experimentado en ocasiones parecidas. El número final, la apoteosis, siempre estaba reservado para los danzantes guerreros del ínclito Bakale y su hombre de paja.
    Unos redobles de tam-tam anunciaron el momento solemne. Apareció al fondo, en medio de una polvareda roja, una masa sudorosa de hombres ataviados de guerreros con pieles de algo que quería recordar el lomo de un leopardo, faldillas de paja, escudos de madera y lanzas. Cuando llegaron frente a las autoridades arreciaron los redobles. Saludaron los danzantes enarbolando las armas y empezaron a moverse en círculos concéntricos al ritmo de la música. Yo lo único que distinguía era un grupo uniforme y cerrado de torsos negros y brillantes que giraban y giraban en medio de la explanada. Así que le pregunté a mi padre:
    —¿Y ésos hombres qué hacen?
    —Bailan.
    —¿Y por qué bailan? —insistí.
    Ya no tuve respuesta. En una de sus revueltas, algo que giraba dentro del grupo me llamó especialmente la atención.
    —¿Y eso qué es?
    —¿El qué?
    —Ese bicho lleno de pajas...
    —Ah no, cariño, ése no es un bicho, es el hombre de paja.
    —¿Quéeee?
    ¡Mi padre se había atrevido a pronunciar lo impronunciable y ahora lo estaba viendo con mis propios ojos: el hombre de paja! Inmediatamente quedé aterrorizada; ya no quería seguir viviendo, sólo buscaba huir, huir lo más rápidamente posible de allí, lejos del monstruo que me obligaba a tomar cucharadas de Calcio-20 y aceite de hígado de bacalao cada mañana y  cada tarde.
    —Papá, vamos a casa, vámonos por favor —le dije con una excitación terrible.
    —¿Y ahora, qué te pasa? ¿Te duele algo?
    Mi padre no entendía nada. Yo le respondí a todo que no, pero insistía en que teníamos que irnos de allí cuanto antes y escondernos en el rincón más oculto de casa.
    —Pero si es muy bonito este baile, ¿no te gusta? Mira los hombres. ¿No quieres ver bailar al hombre de paja?
    Con sólo oír aquel nombre se me reproducían las taquicardias, convulsiones y náuseas que Sogo se encargaba de provocar cada vez que me obligaba a tragar bajo su amenaza.
    —¡Quiero irme a casaaaa! —lloré a grito pelado.
    La gente nos miraba molesta por el berrinche que estaba cogiendo, así que mi madre se vio obligada a intervenir:
    —Pero si el hombre de paja no hace nada, tonta. ¿No ves que es un señor vestido con hojas de nipa?
    Está demostrado que el terror es mucho más poderoso que la razón, y a pesar de que mis padres insistieran en que aquel montón de pajas que se movían como una bola peluda y multiforme era completamente inofensivo, no logré que volviera la paz a mi alma hasta que me vi a salvo bajo las mantas de mi cama.
    El susto me duró una semana, justamente el tiempo que tardaron en desaparecerme unas pupas que me salieron por toda la cara. Ante semejante reacción,  mi madre prohibió a Sogo que se mentara al fantasma a la hora de comer, y la pobre se las vio y deseó para hacerme tragar las mágicas pócimas de mi crecimiento.
    He de confesar que el recuerdo del monstruo aquel me persiguió durante muchos años; al principio lo veía en sueños y me despertaba sobresaltada: era un hombre de piel negrísima bajo una capa de serpientes  —mi imaginación cambiaba las hojas de nipa por manojos de reptiles—  que me sonreía con ojos de fuego llamándome por mi nombre de nativa: «Jandiiii...» Con los años, el hombre de paja se limitó a bailar en medio de mis pesadillas cada vez más viejo, más achacoso, menos interesante. Luego perdió las serpientes, la sonrisa y los dientes, hasta reducirse a un simple recuerdo con sabor a hígado de bacalao y a Calcio-20.
    En fin, del hombre de paja, desgraciadamente, hoy sólo me queda este cuento.
     

     
    [1]  Sogo es la misma chica que me llevaba al río en Ilale. Ver el relato: Las chicas de Ilale.
    [2]  En Guinea existen dos estaciones del año: la seca y la húmeda. La temperatura casi siempre es la misma y oscila en torno a los 30 grados. Lo que llamaban la “sequilla” solía coincidir con el mes de mayo.

    Asesinato en el gallinero

    Saturia, la estanquera de mi pueblo, tenía una hermosa colección de gallinas de todos los colores: blancas, rojas, pintas..., y un gallo que nos despertaba a toque de kikirikí todas las mañanas aunque fueran fiestas de guardar.
    Y yo no sé cómo se nos pudo ocurrir, pero se nos ocurrió.
    Aquella debía de ser una fiesta muy importante —pongamos el Corpus— porque todo el pueblo estaba con la pana de domingo y el velo en la tradicional procesión del Santísimo; todos menos dos contumaces pecadores (mi primo Albano y yo) que preferimos ocultarnos entre las ramas de un hermoso saúco que crecía en las tapias del prado del Crispín para tramar un asesinato. Tras el último campanazo, una calma plomiza se extendió por las calles del pueblo.
    —¿Vamos? —le dije.
    —Vamos.
    Mi primo y yo teníamos la rara cualidad de estar casi siempre de acuerdo. Llegamos a la puerta del gallinero y enseguida vimos que tenía un punto débil: la gatera; era un agujero a ras del suelo protegido por una simple tabla que saltó al primer zapatazo.
    —Entra tú primero —me dijo un poco acobardado.
    —No, no, entra tú —y le empujé suavemente hacia el agujero.
    —No, tú que eres mayor.
    En efecto, yo le ganaba por unos meses, lo que me daba un cierto ascendiente sobre él.
    —Asustamos a las gallinas, rompemos los huevos y nos largamos ¿vale? —me dijo.
    —No, los huevos no, que como nos pillen, nos matan —quise hacerme el responsable.
    —Vale.
    La gatera era un poco estrecha, pero a fuerza de estirarnos como culebras pudimos colarnos dentro.
    —Es verdad, como nos pillen, nos matan —musitó Albano.
    —Tranquilo, que no nos van a pillar —le dije, aunque llevaba razón, porque estábamos desafiando al destino más allá de lo razonable.
    Una vez dentro, y vencidos los primeros escrúpulos, empezamos a correr como dos locos de un lado para otro haciendo que las gallinas se pusieran  histéricas: plumas, huevos, mierdas..., todo volaba por los aires en una confusión maravillosa.  Esto era lo nuestro: lo salvaje en estado puro. El gallo decidió pasar al ataque harto de que nos metiéramos en su terreno. Vino hacia mí y me dio tal picotazo en una pierna que me hizo sangre. «¡Maldito bicho! —exclamé—, ya volverás». Y volvió, claro. ¡Zas!, de una patada lo dejé kao.  Cuando le vi dando tumbos me asusté un montón; fui hacia él, le enderecé la cresta y comprobé que sólo estaba aturdido, porque enseguida se puso a correr y dar vueltas como si se le hubieran dado cuerda. Mi primo andaba a la suya, hasta que de pronto gritó:
    —¡He pisado una gallina!
    —¿Qué dices? —con el alboroto era imposible entendernos.
    — ¡Que he pisado una gallina y  no se mueve!
    —¡Me cagüen la mar! A ver si la has matado.
    He de confesar que sentí pánico por primera vez en aquella tarde bestial. Habíamos ido demasiado lejos: lo del “asesinato” sólo era una forma de hablar, un juego, aunque mis ojos estaban viendo nítidamente una gallina que mi primo tenía cogida por el pescuezo muriéndose sin remedio.
    —Muévela para que resucite —le dije sin ninguna convicción.
    Pero ya no me oía; solamente se lamentaba acongojado:
    —Ha sido sin querer; yo he saltado y como ella estaba debajo...
    No me atreví a decirle que no llorara porque yo también estaba muerto de miedo. Menos mal que el gallo se había recuperado y andaba subido en lo alto de un nidal; el verle tan vivo me reconfortó en este momento trágico.
    —Vámonos —le dije, sin más.
    Cosa sorprendente: salimos por la gatera con mayor agilidad que al entrar, y es que la necesidad te da alas cuando el peligro acecha.
    —¿Y la gallina? —le pregunté.
    —¿Qué gallina? —me dijo con la palidez de un cadáver.
    —La muerta, ¿dónde está?
    —Dentro.
    —Pues vuelve a por ella. ¿No ves que la tenemos que enterrar para que no se entere la Saturia?
    —¡Jolines, majo! —fue lo único que se atrevió a responder.
    Y entró. Ya no importaban las rodillas desolladas, ni las astillas de la puerta, el caso era salir de allí cuanto antes con el cuerpo del delito.
    —Tenemos que enterrarla.
    —Yo no la quería matar...
    —Vale, ya sé que no la querías matar, pero está muerta.
    Y nos pusimos a temblar los dos.
    En un pequeño barranco, no lejos del gallinero, buscamos el sitio. Cavamos un hoyo lo suficientemente grande como para acoger el cuerpo de la gallina que todavía estaba caliente. La enterramos con delicadeza y hasta pusimos unos palitos a modo de cruz para saber que aquella era su tumba.
    Pasaron unos días y recobramos la calma. Ni siquiera el cura, don Nicolás, que nada escapaba a su mirada, se  había percatado de nuestra ausencia en la procesión. Fue entonces cuando decidimos hacer un pacto de silencio jurando no revelar a nadie nuestro secreto.
    «Se conoce que algún gato ha entrado en mi gallinero mientras estábamos en la procesión y me ha hecho un verdadero destrozo...», comentó la Saturia a las vecinas cuando descubrió el desastre. «Y me falta una», insistía. Todo quedó en ese comentario. Nosotros nos mirábamos cómplices, gozando de una cierta impunidad, aunque pronto se nos iba a quitar la sonrisa de los labios porque no tardó en aparecer algo infinitamente peor: el remordimiento.
    —Tendremos que irnos a confesar —le dije un día a mi primo.
    Curiosamente, él andaba cavilando lo mismo, fruto de ese miedo mostrenco que se nos había inculcado de que «Dios te ve y debes confesarte con el cura para que se te borre el pecado...»
    —Se lo tendremos que decir a don Nicolás —le comenté abatido.
    La confesión era una cosa muy seria y si la hacías mal podías irte de cabeza al Infierno; así que no era cosa de andar jugando con el “fuego eterno”. Teníamos que lavar con dura penitencia la mancha caída sobre nuestras conciencias por haber matado a una inocente gallina.
    —Ya verás cuando se lo digamos...
    El cura era para nosotros algo tan enorme y oscuro que nos infundía un pavor reverencial. Le teníamos miedo porque sus bofetadas eran tremendas y sonoras. Lo malo del caso es que no nos quedaba más remedio que ponernos en sus manos justicieras.
    Llevábamos una semana rumiando la rendición y acordamos que la suerte decidiría el turno de nuestras confesiones. Lo hicimos a “cara o culo” —en mi pueblo no se dice “cruz”—, y fue una “perra chica” la que decidió que mi primo fuera el primero en probar el tormento.
    Fue un viernes de junio después de la escuela. Yo me quedé agazapado tras una de las columnas de la nave central de la iglesia para ver qué cariz tomaban los acontecimientos. Desde allí vi avanzar al valiente de mi primo como un reo que marcha al patíbulo; después, observé cómo hundía su cabecita de buen chaval tras las cortinas color violeta del confesionario donde se suponía quedaba oculta la imponente figura de don Nicolás, cómo se santiguaba religiosamente y empezaba a desembuchar...
    —Ave María Purísima —dijo él.
    —Sin pecado concebida —contestó el cura.
    —Yo..., bueno, mi primo y yo..., es que fue sin querer... —se rascaba furiosamente la pantorrilla.
      Don Nicolás cortó aquella extraña forma de iniciar la confesión:
    —Vamos a ver. Dime sin rodeos: ¿qué pecados has cometido?
      «¡Ay mi madre! —pensé—, ahora lo mata».
      Y mi primo, lloriqueando, en un susurro, dijo de un tirón:
    Pues que entremos donde la Saturia, la matemos, la enterremos y nos escapemos...
    ¿Qué? (…)
    ¡Plas! Sonó como un  trallazo. Yo quedé petrificado contra la columna. No podía más: había estado aguantando mi vejiga durante toda la agonía de la confesión de Albano y ahora, al calcular la que me se me venía encima, me dejé llevar cálida, blandamente, como si no tuviera fuerzas para nada...

    ¿Se cumplen los sueños?

    Cuentan que hubo una vez en Bagdag un hombre inmensamente rico y tan buena gente que a fuerza de hacer limosnas se quedó sin nada, salvo la casa de su padre; entonces se vio forzado a trabajar para ganarse el pan de cada día. Trabajaba tanto que una tarde se quedó dormido bajo la higuera de su casa y vio en sueños a un desconocido que le decía:
    —Vete a Isfaján, que allí te espera una fortuna.
    Creyó en el sueño y al día siguiente se levantó temprano y emprendió un largo viaje a través de desiertos, montes y valles hasta llegar a Isfaján; pero a la entrada de la ciudad se topó con unos “babás” —ladrones, para entendernos— que quisieron quitarle lo poco que llevaba encima; enterado el gobernador de que los ladrones merodeaban por los alrededores, mandó detenerlos viéndose nuestro peregrino envuelto en una persecución de la que él era la víctima, con tan mala fortuna que fue hecho preso y llevado ante el gobernador:
    —¿De dónde vienes y quién eres? —le preguntó.
    El detenido respondió:
    —Soy ciudadano de Bagdag, la ciudad milenaria de Persia, y mi nombre es Yuçuf al Aramí.
    El gobernador le volvió a preguntar:
    —¿Y qué te trajo a Isfaján?
    El hombre declaró la verdad:
    —Alguien me dijo en sueños que viniera porque aquí me esperaba una fortuna. Pero ya veo que mi fortuna va a ser la cárcel.
    El gobernador se quedó pensativo.
    —Es curioso: yo he soñado con una casa en Bagdag que tiene un espacioso jardín, y en el jardín hay un estanque con peces de colores y una higuera frondosa, y que bajo de ella se esconde un tesoro. Pero ya sé que sólo es un sueño. Anda, peregrino, veo que eres inocente, toma estas monedas y vuelve a tu tierra.

    El hombre las tomó y regresó a su ciudad. Como creía en los sueños, cavó debajo de la higuera de su casa y desenterró una hermosa olla llena de monedas de oro. Enseguida mandó un emisario al gobernador de Isfaján para que le devolviera las monedas prestadas con un sencillo mensaje que decía: «Gracias, señor; los sueños se cumplen».