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    ¡La niña ha aparecido!

    Si se mira bien, el plano de Bilbao aparece acuchillado por una franja azul —la ría— que lo atraviesa de lado a lado marcando dos márgenes con denominación de origen: ambas iguales y sin embargo tan distintas, y unas líneas negras que lo cruzan en todas direcciones: son las vías del tren. Este preámbulo topográfico viene a cuento para aclarar que en Bilbao hay muchos caminos (fluviales y terrestres) junto con varias estaciones ferroviarias, cada una con su nombre, con su destino y sus parroquianos que —boinas aparte— traen y llevan gentes de toda condición, baserritarras y neskas indistintamente.
    Pues bien, habíamos hecho planes para ir a visitar a mi hermano Santi que estaba pasando las vacaciones en un internado de Larrondo, pueblecito junto a la playa de Sopelana, donde había una residencia para estudiantes, lugar en el que recalaba todos los veranos, en tanto que mis hermanas Loren, Charo y yo lo hacíamos en la residencia que las franciscanas de Montpellier[1] tenían en Bilbao abandonando temporalmente el internado de Santo Domingo de la Calzada: distinto lugar, misma regla monacal.
    Aquel viernes amaneció radiante, día de playa, de tomar el bañador y largarse hasta Plencia, lugar donde solía citarse la gente guapa de Bilbao. Día perfecto para disfrutar de las vacaciones que me había ganado tras un duro curso en el internado. Pero en mi vida siempre tiene que aparecer el diablo en los momentos menos oportunos para enredarlo todo; por ejemplo hoy, que mi hermana Loren amaneció con una fiebre altísima y no podía llevarme al tren según había acordado con mi otra hermana, Charo, encargada de recogerme en la siguiente parada. ¡Qué mala pata! Llamó a unas amigas que acudieron a consolarla y, de paso, se ofrecieron gentilmente para acompañarme hasta la estación. Ya lo dice el refrán: “Si el diablo te cierra una puerta, Dios te abre una ventana”.
    Me pusieron un vestidito blanco con una cinta azul, color de la ría que por aquel entonces era un espejo, y cogida de la mano me fui con ellas para tomar el tren que me llevaría hasta la residencia de mi hermano junto con Charo.
    —Loren nos ha dicho que dejáramos a la niña en la estación de Las Arenas, ¿verdad? —preguntó una de ellas a sus compañeras.
    —Pues no lo recuerdo bien, pero creo que sí —fue su respuesta inquietante.
    —En Las Arenas… —añadió una tercera.
    —Mira, nena —me dijo mientras íbamos caminando—: nostras te dejamos en el tren y tú te bajas en la primera parada que haga, porque allí te estará esperando Charo, ¿has comprendido?
    —Sí.
    —Muy bien, ya se ve que eres una niña muy buena.
    Sacaron el billete, me dejaron en el tren y se fueron.
    Viajar en tren era un regalo para los ojos: ver pasar los árboles, las casas, los niños y las vacas que se quedaban atrás mirándome con la boca abierta. Era un placer. Yo me consideraba una niña afortunada. Además, llevaba un duro en el bolsillo y esto hacía que me sintiera la reina del mambo. Fiel a la recomendación de mis acompañantes, en la primera estación en la que el tren se detuvo, me bajé. El sol calentaba con fuerza. Busqué por los rincones de la estación y no vi a mi hermana Charo que, teóricamente, me estaba aguardando. «No importa, la esperaré», me dije y fui a sentarme en un murito que había frente a la puerta de entrada. Estaba observando con detenimiento todo lo que me rodeaba cuando de pronto sentí el peso del duro en el bolsillo y unas ganas enormes de comer un helado; justo en la esquina de la estación había un heladero que voceaba: «Al rico helado de freeeesa»
    ¡Qué suerte la mía, tenía mis helados preferidos!
    —Buenas. Deme dos.
    —¿Tienes calor eh, guapa? —me dijo él.
    —No, es que uno es para mi hermana que va a venir a recogerme.
    —Ah, claro.
    —Toma.
    Pagué religiosamente los cincuenta céntimos que costaba cada uno y con los dos cucuruchos rebosantes de crema helada me fui al murito a saborear su fresca delicia. Lengüetazo va, lengüetazo viene, di buena cuenta del mío mientras el de mi hermana se derretía bajo el sol implacable de agosto. Al final tiré aquella masa goteante y pegajosa que empezaba a colorearme la falda de un fresa chillón. Esperé otro buen rato y aburrida me fui a dar un paseito por unos jardines que había en los alrededores sir perder de vista la estación pues mi hermana podía llegar en cualquier momento, aunque ya se estaba atrasando demasiado.
    No recuerdo las horas que estuve yendo y viniendo, saltando, contando pájaros y comiendo helados, pero fueron unas cuantas.
    —Nena, que te van a hacer mal —me dijo el heladero en un momento dado.
    —Es que mi hermana no viene.
    —Ya. ¿No te habrás perdido?
    —No señor.
    El tiempo que estuve esperando nunca lo supe, pero recuerdo que ya caía el sol cuando apareció Charo toda sudorosa, casi llorando:
    —¿Dónde te has metido, Marinieves?
    —Aquí.
    —¿Pero Loren no te llevó a la estación de Lezama como habíamos quedado?
    —No sé. Me trajeron unas chicas…
    —¡A la de Las Arenas!, ¿verdad?
    —Sí, eso dijeron.
    —¡Dios, qué calamidad!
    —¿Por qué?
    —Porque todas pensábamos lo peor… ¿Tú no sabes que hay unos hombres malos que llaman "sacamantecas" y roban niñas para sacarles la sangre?
    —No.
    —Pues te anda buscando la policía por toda Plencia.
    —Yo estaba aquí... Mira tus helados —le dije—. Te los has perdido por llegar tan tarde —en el suelo había una mancha rosa y sucia con los restos de tres cucuruchos: los helados que mi hermana no había podido gustar.
    —Voy a llamar a las monjas; las tienes rezando en la iglesia pidiendo a Dios que aparezcas sana y salva…
    Si dijera que estaba asustada, mentiría. El heladero es testigo de que me pasé una tarde de lo más divertida. Yo no sabía qué era eso del "sacamantecas", que había perdido el lazo y andaba con el vestido despendolado, pero me sentía muy feliz a pesar del revuelo que había provocado mi desaparición. Cuando llegamos a la residencia de las franciscanas, qué abrazos, qué besos, qué jolgorio. Entonces habló la superiora y dijo algo así como: «Hermanas, vayamos a rezar un Tedeum para dar gracias a Dios por la aparición de la niña». Y yo pensé: «Tampoco es para tanto; esto debe de ser cosa de monjas».


    [1] Ver En el Internado