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    Una mañana de NOVILLOS (Un Capítulo de mi nueva colección de relatos: "AL AMOR DE LA LUMBRE"

    Una mañana de NOVILLOS

    Debió de ser una preciosa mañana de mediados de junio cuando mi primo Nelo, David “el Bolas” y yo decidimos salir furtivamente de la escuela para darnos un garbeo por el monte en lugar de volver a clase después del recreo. Hacer novillos.

    Tuvo que ser un impulso voraz el que nos empujó a saltar los muros y gozar de esa sensación intensa de huir como tres forajidos al margen de la ley ―de la ley escolar, se entiende― y sentir lo dulce que resulta disfrutar de lo prohibido.

    De nada sirvieron las puntas de lanza que erizaban la valla del patio, el ojo avizor de don Paco, ni la tapia de piedra sillar que cerraba el flanco oeste: el paso del tiempo había socavado su solidez dejando a la vista unos agujeros estratégicos que facilitaban la escalada y, por ende, la huida. 

    Y nos largamos.

    Una vez fuera del patio nos deslizamos como habíamos visto hacer en las películas: sigilosos, de esquina a esquina, agachados para no ser vistos.  Y sin darnos cuenta fuimos dejando atrás el centro escolar pensando que la emoción de la hazaña novillera compensaba con creces el riesgo del castigo.

    Oímos, ya de lejos, la campanilla que señalaba la entrada a clase. Fue cuando nos miramos los tres y nos sentimos cómplices de una aventura que no había hecho más que empezar. Pronto nos echaría a faltar don Paco que miraría en el patio, los retretes, por los pasillos…, sin hallar rastro de los tres fugitivos.

     

    —¿Y ahora qué hacemos?

    Cuando uno de nosotros dijo: «¿Y ahora qué hacemos?» caímos en la cuenta de que lo más interesante de la historia ya había pasado: el atreverse a dar el primer paso, lo demás casi no tenía importancia. Ante la indecisión, nos fuimos dejando llevar hacia “el Campo”, una pradera verde que ofrecía la posibilidad de gozar de aquella mañana espléndida de una naturaleza salvaje. Empezamos por coger “chupamieles”, comimos “taños” —que eran unas hojas ácidas que te dejaban la boca como un estropajo—, nos revolcamos como locos en la hierba ya alta, nos metimos en el arroyo de Mañanca para coger sanguijuelas y ponérnoslas en la piel a ver si era cierto eso que decían de que chupaban la sangre...

    «Tan, tan, tan...», la campana del reloj del Ayuntamiento dio las doce que oímos a lo lejos. Nos quedaba una hora para disfrutar de aquella dulce demencia antes de volver al pueblo e ir a comer,  tan tranquilos, como si no hubiera pasado nada. Y fuimos descubriendo cosas tan comunes como un nido de abubillas, un escuerzo tripudo, o ver a un pobre saltamontes luchar a brazo partido contra las hormigas rojas que empezaban a merendárselo en lo alto de su hormiguero.

    —¿Y ahora qué hacemos? —volvió a preguntar  David.

    —¿Por qué no vamos a escondernos en las troneras de la iglesia? —propuso Nelo.

    La propuesta era tentadora porque la iglesia ofrecía montones de recovecos excitantes que conocíamos muy bien por nuestra condición de monaguillos, lo que nos permitía tener acceso a ciertos lugares prohibidos para el resto de los mortales. En la bóveda de la nave central —que llamábamos las “troneras”—, se podían encontrar cosas tan insólitas como misales viejos, nidos de golondrina empollando, clavos antiguos, colmenas silvestres, crucifijos rotos, ratas y suciedad a montones; también podíamos subir a la torre, junto a las campanas, y contemplar el pueblo a nuestros pies disputando el espacio a las cigüeñas; sentir la brisa fresca del Urbión que todavía conservaba manchones de nieve, escupir al aire sin ser vistos...: sí, explorar la iglesia podría ser una aventura apasionante.

    Fuimos dando un rodeo por las afueras del pueblo. Saltamos las tapias de unos prados y enseguida llegamos a la puerta grande del templo. Entramos furtivamente pues era seguro que  si nos topábamos con don Nicolás, el cura, la primera pregunta sería:

    ―¿Y vosotros qué hacéis aquí que no estáis en la escuela?

    Lógico, y el castigo sería fulminante. Allí, en la penumbra fría del bajo-coro, buscamos refugio al fondo del baptisterio, justo donde pendían como cuerdas de ahorcado las sogas que servían para tocar las campanas. Y, de golpe, una que empieza a moverse sola: para arriba y para abajo.

    —Se está moviendo —susurró Nelo; David y yo nos quedamos petrificados contemplando el prodigio.

    —¿Quién será? —dije, muerto de miedo.

    El misterio se desveló cuando nos dimos cuenta de que el sacristán andaba por el campanario tocando el “Tenterrenublo”, o sea: el aviso de que era la una de mediodía, momento en que paraban las fábricas, se cerraban los comercios, salían los niños de  la escuela y todo el mundo se iba a su casa a comer.

    «Tan, tararantan, tan, tan, tan...» el Sacris tiraba de las cuerdas con una maestría estudiada llamando al pueblo a colación, según expresión de don Nicolás.

    Tenterrenublo,

    tente tú,

    que Dios puede

    más que tú...                                                                         

    repiqueteaba la salmodia moviendo los badajos de las campanas con suavidad.

    Cuando el sacristán nos vio allí arriba, en lo alto de la torre de la iglesia, casi se le caen las cuerdas de las manos. Nos miró  muy escamado y dijo:

    —¿Y vosotros qué hacéis aquí que no estáis en la escuela?

    Era la pregunta prevista. A mi primo se le ocurrió una salida ingeniosa notándosele a una legua que estaba mintiendo:

    —Veníamos para ayudarte para tocar...

    El Sacris se quedó de escayola:

    —¿Ayudarme a mí? —se puso serio—: Lo que pasa es que vosotros habéis hecho “novillos”, ¿verdad?

     Yo me atreví a contestar con todo descaro:

    —¿Nosotros? ¡Qué va!

     El sacristán nos señaló las escaleras con un gesto:

    —Andad, hacedme el favor de iros a casa y ya veréis cuando se enteren vuestros padres de que estáis haciendo novillos...

    En ese instante yo supe que era culpable. Bajamos las escaleras como los reos suben las del patíbulo: dudosos, silenciosos, temerosos.

    Ya en la calle, el día seguía siendo espléndido, las cigüeñas machacaban alegres su ajo, pero sobre nuestras cabezas se cernían unos negros nubarrones de tormenta. Cada cual tomó el rumbo de su casa sin despedirse del resto pues harto teníamos con ocuparnos de nosotros mismos. «¿Qué nos hará don Paco?», me pregunté con una evidente desazón perdido en mis cavilaciones. Pero la respuesta me lo dijo el Guaya, mi vecino, nada más verme:

    —Pedro, el maestro ha escrito vuestros nombres en la pizarra y ha dicho que los vais a tener que borrar con las lágrimas...

    ¡Glub!, se me hizo un nudo en la garganta y otro en el corazón: con aquello no contaba, pero eran tiempos en que la letra entraba con sangre y si don Paco había advertido de que habría lágrimas, sin duda las habría.

    Cuando llegué a casa, rompiendo lo habitual en mí, lo hice como una sombra, sin ser notado por nadie. Todo lo que veía parecía acusarme de “novillero” después de haber disfrutado durante media mañana de un placer equivalente a la libertad.

    Mi madre me notó algo raro:

    —¿Qué te pasa que andas tan callado, Pedrín, estás malo?

    La procesión iba por dentro. Miraba de reojo al reloj porque sabía que había una hora, un momento inexorable en que tendría que enfrentarme a mi propio destino que estaba íntimamente ligado a don Paco. Y ese momento fatídico lo habían fijado para las tres en punto de la tarde, lo decía la pizarra.

    Comí en un voleo, y era tal mi estado de ansiedad, mi conciencia me daba tales bocados, que salí de casa corriendo en busca del calor reconfortante de los muros de la escuela que abandonara como un ladrón unas horas antes como gesto de desagravio hacia ellos: los arces rumorosos que sombreaban el patio, los gorriones alborotadores que los habitaban, los hoyos donde jugábamos a las canicas..., jamás lo había encontrado todo tan hermoso.

    Repasé con la vista la geografía escolar, el mástil con sus tres banderas —nacional, falangista y requeté—, y empecé a notar que estas cosas tan comunes y nunca apreciadas me calentaban un poquito el corazón. Y me dije:

    ―A fin de cuentas, don Paco es mi maestro... ¿cómo va a hacer que borremos la pizarra con las lágrimas?

     

    El patio se fue llenando de escolares vocingleros. También llegaron David y Nelo. Al reencontrarnos, me dijeron que ya sabían lo de la pizarra. Teníamos miedo. En nuestras caras se podía leer la sentencia: “Borraréis vuestros nombres con las lágrimas…” Nos acurrucamos en un rincón como tres apestosos dejando pasar el tiempo; algunos compañeros de clase sabedores del delito nos miraban con cara de pena; otros, con algo de envidia; la mayoría, con indiferencia.

     

    Sonaron tres campanadas rotundas: tan, tan, tan. Era la hora de entrar, nuestra hora. Formamos las filas para cantar el “Caralsol”, se dieron los gritos de ordenanza: “¡Arriba España!” , etcétera, y enfilamos las escaleras; cuando atravesé el umbral de la clase vi con horror que todo lo que me había dicho el Guaya era cierto: mi nombre palpitaba en la pizarra con la pulida caligrafía de don Paco, seguido del de mis cómplices de huida:

    Pedro

    Agnelo

    David.

    Fui directo a mi sitio. Allí, de pie, sentí un repeluzno en el espinazo y sin que nadie me dijera nada me afloraron un par de lagrimillas rebeldes que quise disimular con el dorso de la mano. Mis colegas de “novillos” tenían la cara pálida, estaban rígidos, desencajados.

    Entró don Paco. Comenzó la clase con el acostumbrado  rezo del Padrenuestro, y cuando llegamos a eso de perdónanos nuestras deudas lo tuve muy claro: en ese momento empecé a encomendar mi alma a Dios porque el día del Juicio Final estaba a las puertas... Acabado el rezo, dijo don Paco:

    —A ver, pasen aquí estos tres caballeretes… ―señalando la tarima desde la que presidía la clase.

    Lo demás es fácil de imaginar.