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    MEMORIAS del ALTO DUERO


    Algo de tu esencia, Covaleda...

    Algo de tu esencia
    se me enreda en los ojos, Covaleda,
    cuando imagino el perfil de tus montes.
    Me asalta un impreciso azar
    que me obliga a volver,
    obstinado,
    tras las memorias olvidadas en tus breñas
    cuando ando lejos.

    A volver me obligas
    en busca de lo perdido.
    A entregarme a ese empeño
    que me lleva,
    como a un amante vencido,
    a recoger los fragmentos de un encuentro
    fugaz
    por los atajos insospechados
    de tus veredas,
    amada Covaleda.

    Canción para el Duero Niño

    Naces azul en los sesteros del invierno,
    y bajas sesgando pendientes
    para tenderte al sol
    en los rasos que pacen al pie del Urbión,
    bravío y bello.

    Todavía niño escondes cristales de nieve
    en tu seno
    como peces asustados de piedra y cielo.
    Tropiezas, bulles,
    te encabritas en los pedregales de Duruelo
    y ramoneas apacible en el verde esmeralda
    de los pinares de mi pueblo.

    Verdinegro y helado
    acechas la primavera.
    Querencioso barnizas en el estío
    siluetas de niños
    que perfilan delfines ciegos;
    ahogas los ojos de los puentes
    por el camino de Soria en el tardío,
    y duermes en invierno.

    Compañero del sendero
    rezas el sempiterno salmo de musgo y cielo,
    de tierra y sueño,
    como un loco enamorado de la mar
    que no sabe de esperas:
    ¿a dónde vas, insensato?

    ¡Detente, Duero!

    Ambas cuerdas

    El horizonte se quiebra
    una y otra vez
    sobre oleadas de pinos y piedras.

    Y el cielo,
    deslomado en valles y barrancos,
    acuna al Niño Duero
    que dormita entre nieves y prados.

    A vuelo de águila, caliginosa,
    se pierde la vista con asombro
    de rincones recién paridos.

    Las rocas lunares
    marcan huellas de tiempos idos
    que gozaron momentos
    de piedra virgen.

    Ambas Cuerdas les dicen
    y son en una
    dos espinazos de Cíclope,
    dos sueños petrificados,
    dos peldaños a la luna.

    SONETO a mi tierra de Castilla

    ¿Por qué sueñas con el mar, castellano,
    si tienes el ancho mar de Castilla?
    Mira los campos de mies: maravilla
    de olas doradas ondulando el llano.

    Jamás verás un bajel más ufano
    que el arado surcando con su quilla
    la tierra caliente, madre y semilla
    del pan que alcanzamos de su mano.

    ¡No sueñes más, castellano! El Duero
    te sirva de mar; la ilusión, de vela;
    y tu reciedumbre antigua, de fuero.
    Que hogaño para ser buen marinero
    no necesitas de mares lejanos:
    ¡en tierras de Soria está tu velero!