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    M. GUILLOTIN

    M. GUILLOTIN

    Maître Guillotin disfrutaba como un enano salvaje fumándose un purito cada día después de comer mientras madame Guillotin recogía los platos y echaba los restos a los patos. Digamos que era el único placer pequeño-burgués que se permitía este parisino, aparte de asistir a algunas representaciones patrióticas en las Tuilleries y danzar la Carmagnole en la Place du Peuple aquellos días revolucionarios de 1792; por lo demás, seguía siendo un honrado ciudadano antimonárquico y anticlerical del montón.

    Pero a M. Guillotin se lo llevaban los demonios cada vez que al querer “decapitar” el purito de la sobremesa con los dientes se le astillaba, se le rompía la fina hoja de cobertura o se le abría una grieta que lo hacía infumable. Entonces exclamaba «Merde!» en un francés impecable y lo lanzaba al fuego resignándose a no recibir su consuetudinaria ración de nicotina. Eso no podía ser; y es que solía dar un mordisquito al puro para facilitar el paso del humo, pero el hecho de desgraciarlo le ponía de mal humor. «Merde! —decía—, ce con de cigare!» Así que empezó a maquinar la forma de cortar el puro de forma profesional, sencilla, eficaz y sin roturas que le evitara el tener que lanzarlo a la hoguera.

    En estas andaba cuando vio a su mujer que, provista de un cuchillo carnicero, rebanaba limpiamente el pescuezo de un pato sujeto a un taco de madera sin darle tiempo a decir ni «cua». «Parbleu!», exclamó el parisino; eso era justamente lo que él andaba buscando: una tajadora de bolsillo que sirviera para decapitar puros sin tener que recurrir al tradicional mordisqueo. «C’est une idée excellente!», y le vino a la mente su navaja de afeitar que inexorablemente le cepillaba cada mañana la verruguita que tenía en el mentón viéndose obligado a restañar —también cada mañana— el consiguiente brote de sangre con polvos de piedra alumbre que guardaba sobre la repisa del cuarto de baño.

    Y se puso manos a la obra. Tomó dos maderitas planas y las acopló a la hoja afilada de manera que pudiera subir y bajar la cuchilla sin estorbo; ahora sólo faltaba practicarles un agujero en la parte inferior para introducir la cabeza del puro hasta el punto donde solía morderlo y así “decapitarlo” limpiamente con la navaja. Cierto es que había visto a algunos españoles venidos de Castilla utilizar palillos para perforar el puro y permitir el paso del humo a modo de chimenea, pero esto le parecía de una grosería intolerable:

    —Ces Espagnols toujours aussi barbares!

    Probó con un habano de regular tamaño y la cosa funcionó de maravilla: le hizo un corte impecable y se lo fumó con delectación; al chisme llamó “décapiteur” —lógico, por otra parte— aunque sus vecinos, fumadores de puros como él, le copiaron el invento y prefirieron llamarlo “guillotina” en honor a su dueño.

    Estábamos en los días revueltos de la Revolución francesa. En la calle se sucedían fusilamientos a mansalva. Incluso habían asaltado la Bastilla las turbas enardecidas y liberado a los cinco presos que había en ella, uno de los cuales protestó enérgicamente porque lo echaban directamente a la calle mientras que en la cárcel se encontraba divinamente: comida y cama gratis. «C’est pas vrais! —gritaba desolado—, je suis un assassin!»

    Un día de fiesta del mes Brumario se hallaba nuestro héroe en un bistrot cerca de Pigalle, cuando una cocotte observó que M. Guillotin sacaba su artefacto —se había fabricado una “guillotina” de bolsillo monísima— y decapitaba su puro de una forma absolutamente revolucionaria; era una maquinita muy coqueta y de una eficacia extrema: metía la punta del puro por el orificio “ad hoc” y de un tajo lo dejaba listo para ser fumado. ¡Zas!

    —Putain, c’est magnifique! —exclamó la fulana, y se fue con el soplo a la Convención a decirles que un señor había inventado una “décapiteuse” sumamente eficaz y limpia: se acabó eso de gastar balas y pólvora del pueblo contra los burgueses, ahora se cortarían cabezas de una forma tan sencilla como descapullar un puro. Conmovidos por la novedad, los jefes mandaron que se presentara el ciudadano Guillotin y explicara su invento ante la asamblea; el hombre acudió absolutamente turbado y pidió que le trajeran una caja de habanos que empezó a decapitar con habilidad y repartir entre los representantes del pueblo que, estupefactos, fumaron con avidez; envueltos en una magnífica nube de humo, los jefes le dieron una pasta gansa por el invento y mandaron montar centenares de guillotinas —o sea, “décapiteuses”— por toda Francia. Francamente, el pueblo quedó admirado por lo limpia y eficaz que resultaba la nueva máquina que fue colocada a tamaño natural sobre unos andamiajes patibularios en la plaza pública; tanto es así, que el propio rey Luis XVI quiso probarla, y a fe que lo consiguió, aunque no fue de los primeros. Lo malo es que el pobre M. Guillotin enriqueció súbitamente con su invento e inmediatamente fue declarado burgués y enemigo de la República, y condenado a muerte en su propio artefacto…

    Estarás pensando —querido lector— que, a fin de cuentas, nuestro honrado ciudadano no hizo más que probar de su propia medicina. Pero la cosa tiene su guasa, porque el muy ladino, suponiendo que algún día se le volverían las tornas, diseñó un agujero en la tabla de la guillotina para que pudiera pasar una cabeza normal: digamos la del rey, por ejemplo; y no lo he dicho antes, pero M. Guillotin tenía una cabeza enorme, vamos, que era un cabezón, o sea que…