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    TANNHÄUSER: entre el éxtasis y el pecado

    Llegado el día de San Lorenzo, había para mí un momento estelar en la misa mayor que aguardaba de año en año con una delectación casi morbosa, tanto que tuve serios escrúpulos de conciencia de que aquello fuera pecado y así se lo confesé a don Nicolás, porque me acometía una excitación rara en el momento de la consagración que me distraía de mis obligaciones de monaguillo, justo cuando don Serapio atacaba el Tannhäuser marcando fortísimos los bajos para que el contrapunto de los clarinetes saliera flotando por las bóvedas de la iglesia en una fuga sutil y asombrosa que me transportaba lejos del altar, más allá de las montañas y del mismísimo cielo. Era un momento de arrebatada enajenación, algo fuera de lo normal.

    —Don Nicolás, vengo a confesarme...
                —Vamos a ver qué pecados has cometido —me dijo mientras me invitaba a descargar la conciencia.

    Ni remotamente podía imaginar que esta pieza musical que con el tiempo llegó a resultarme familiar fuera obra de un romántico alemán llamado Wagner —según me dijo el Paco, gran maestro del clarinete que tocaba en la banda—, que formaba parte de una famosa ópera donde se contaba la leyenda de un caballero llamado Tannhäuser castigado por rechazar los favores de la diosa Venus y preferir los amores de Elisabeth, una simple mortal bellísima y sensual, y otros detalles que se molestó en explicarme y ahora no recuerdo, porque a los diez años uno tenía otras preocupaciones más importantes en que ocuparse y no, precisamente, de los amores de un minnesänger  alemán.

    Caí en la cuenta de su valor mucho después, cuando un día llegó a mis manos una selección de Oberturas Clásicas entre las que figuraba la de mi admirado Tannhäuser. Y es al final de la pieza cuando llega el clímax, lo que me provocaba el éxtasis cada 10 de agosto.

    La banda de música de Covaleda era la institución local por mí más admirada si excluimos la iglesia —ésta por fuerza en aquellos días de nacional catolicismo— y la escuela, lógicamente. Admiraba, y con razón, a doña Juliana, mi maestra de párvulos que aplicaba a rajatabla el dicho de que la letra con sangre entra, único método eficaz para encauzar a aquellos potros salvajes que éramos nosotros por el camino del saber; a don Paco “de arriba” y a don Paco “de abajo”, llamados así por el piso y grado que ocupaban sus aulas, que cada día les tocaba lidiar con un centenar de novillos reacios a toda disciplina.

    La banda de música, digo, con su director a la cabeza, don Serapio, era la encargada de marcar el grado de solemnidad de las festividades del pueblo: a mayor solemnidad, mejor repertorio musical y mejores pasacalles, de manera que el día más importante del calendario, la fiesta patronal, exigía forzosamente el Tannhäuser en la misa mayor —cierto es que luego fue sustituido por el himno nacional, pero ya no era lo mismo, no me entusiasmaba—, al alzar, en pleno milagro de la transubstanciación, cuando las personas y banderas se humillaban respetuosas ante la solemnidad del momento; para mí, incipiente pecador, el milagro verdadero no era el del altar, sino el de la música que sonaba: la forma maravillosa de atacar el comienzo con la levedad de una brisa, alargando los trombones las notas para hacerlas engrosar como si de una ola gigante se tratara apoyada en los bajos, que estallaba a los pies del altar y salpicaba con la espuma de los clarinetes elevándose junto con las volutas de incienso por las columnas barrocas del retablo hasta alcanzar las bóvedas de crucería y retornar en cascadas de semifusas por los aledaños del coro hasta caer dormidas entre los azulones y violetas de las altas vidrieras reflejadas en el suelo. Y yo, allá abajo, revestido de monaguillo, esperando sobrecogido la llegada del repeluzno, del éxtasis, sintiendo en la nuca el perfume del milagro…

    El largo acorde final me devolvía a la realidad pasada la consagración, y el Tannhäuser recién interpretado quedaba en mi recuerdo como un arrebato místico que se repetiría al año siguiente.

    —Don Nicolás, ¿eso es pecado?
                El cura torció el gesto y carraspeó, solemne:
                —No, no es pegado, pero mejor harías en estar recogido durante la consagración en lugar de distraerte con la música.   
                —Es que no lo puedo remediar, don Nicolás...
                —Inténtalo —me dijo, áspero—. Ego te absolvo a peccatis tuis, etcétera. Anda, vete, reza un padrenuestro y no peques más.

    Arrodillado frente al altar mayor para cumplir la penitencia, tuve la clara conciencia de que el Tannhäuser tocado por la banda de mi pueblo era mucho más grande que una oración, y mucho más hermoso que un pecado mortal: Padre nuestro que estás en los cielos…