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Cuaderno de Rayas"Relatos de Autor"
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MAQUIS en el CORAZÓN del RODENOFragmentos de mi última novela: Maquis en el corazón del Rodeno Primeras impresiones He vuelto al Rodeno, al corazón del Monte Rodeno, por ver lo que queda del Campamento, medio siglo largo después de los hechos que allí tuvieron lugar y, la verdad, me sigue impresionando tanto por su historia —aún quedan trincheras, alambradas y nidos de ametralladoras de lo que fuera el Frente de Teruel—, como por la belleza caprichosa de este rincón de la Sierra. Entre aquellas piedras rojas —rodenas— se esconden sucesos de valor y sangre, la huella de unos hombres y mujeres que pelearon arriesgando sus vidas por un ideal imposible: ganar una guerra perdida diez años antes en una lucha desigual que llamaron Reconquista de España. EN EL CORAZÓN DEL RODENO Entró en la cueva arrastrando tras sí un halo de escarcha que traía adherido al aliento. El rescoldo hacía rato que se había amortecido bajo una espesa capa de cenizas y dentro apenas si la temperatura mejoraba los varios grados bajo cero que hacía en el exterior. Al entrar, “el Valencia” notó un denso olor a ropa mojada, a cuerpo sucio y animal dormido. Era el ambiente sórdido habitual de la cueva. En un saliente del fondo, una vela de sebo alumbraba sin brillo las sombras y los rostros de los hombres al vaivén de una llama agónica. Resopló frotándose enérgicamente las manos que tenía congeladas y fue directo al rincón donde dormían los guerrilleros arrebujados entre mantas y sacos rellenos de helechos secos. Le golpeó el costado con el cañón de la Thomson y le dijo hosco, sin miramientos: —Te toca hacer la guardia. Venga, sal fuera. “Isidro” se despertó bruscamente, como si surgiera de una pesadilla; intuyó que se dirigían a él y trató de levantarse apoyando primero un codo en el suelo para hacerse a la idea de que no estaba soñando; le costó abrir los párpados porque en ese momento estaba profundamente dormido; no veía a quien le hablaba, pero aquella voz que retumbó bajo la bóveda de raíces y piedras que techaban la cueva le resultaba inconfundible: la del jefe; como si le doliera despegarse del suelo, se incorporó a medias y sintió una punzada en el cuenco de los ojos que restregó con violencia: le había costado Dios y ayuda dormirse porque había estado dándole vueltas a la cabeza durante buena parte de la noche y ahora, justo cuando le parecía haber entrado en lo mejor del sueño, en la placidez tibia del abandono, algo frío le venía a despertar sin contemplaciones: el cañón de la metralleta del “Valencia”. —Levanta —le dijo—. Te toca hacer la tercera. Sal y arrópate, que ahí fuera está helando de cojones, ¡y no te quedes dormido! No era necesario que le recordara el tiempo que hacía en el exterior de la cueva, a él, que era de Valdecuenca, en plena sierra de Albarracín, con casi cuarenta años a las espaldas pateando el monte, inviernos y veranos, de caza y de pastoreo... En su haber tenía anotados inviernos de una dureza siberiana, de manera que aquella observación del “Valencia” le parecía absurda: «¡Será tonto —pensó el hombre—, decirme que hace frío en pleno mes de enero y en lo alto de la Sierra de Santerón!» “Isidro” se restregó la cara con manos ásperas, alisó mecánicamente el pelo grasiento simulando un aseo forzoso y se fue a buscar el fusil en el armero que habían improvisado con tres ramas de pino a medio desbastar al fondo de la cueva; se lo colgó al hombro y salió sin decir palabra. Al cruzarse, miró a su jefe con ojos de cansancio, de hastío, hundidos los hombros, como si la vida de guerrillero le pesara igual que una losa que no le dejara levantar la cabeza; no llevaba muchos días en compañía del “Valencia”, dos semanas a lo sumo desde que tuvieron que salir zumbando del Campamento del Rodeno cuando la Guardia Civil lo asaltó a finales de diciembre, tiempo suficiente como para saber que su nuevo jefe no le caía bien; era un personaje taimado y escurridizo que tenía en la palabra una forma despiadada de atemorizar, de someter, de usar toda la crudeza posible para imponerse; que helaba la sangre con sus ojos grises, inexpresivos, y cortaba el aliento con su voz de metal. Al darle la espalda recordó nítidamente la conversación mantenida con él la tarde-noche anterior, cuando salieron de merodeo por los caminos que circundaban el cerro donde se ocultaban para ver si había novedades; entonces, va y le dice de pronto, recostados como estaban en un repecho: —De buena gana me echaba un pitillo, aquí, tranquilamente... “Isidro” le miró despacio, con la calma del hombre templado que se ha visto en lances más comprometidos, intuyendo que aquella amistosa invitación era una trampa, una trampa mortal pensada para provocarle de una forma sutil, malvada, porque fumar en el desarrollo de una misión era motivo más que suficiente para que te colgaran al día siguiente si ponías en peligro la vida de los demás. La astucia era el arma básica del guerrillero y la primera lección que aprendías nada más llegar al campamento era la de ser precavido: «Toda precaución es poca, el enemigo se vale de nuestras pequeñas imprudencias y debilidades para aniquilarnos», decía el manual. —No tengo tabaco —respondió él, distante, frío—, además... Inteligentemente dejó abierta la puerta a la provocación, esperando que fuera el otro quien cometiera esa imprudencia para poder echárselo en cara y tomar una pequeña venganza sobre su habitual arrogancia cuando hicieran la crítica al final del día, en asamblea, según la norma machaconamente proclamada por el partido para corregir los posibles errores o desviaciones del grupo. «Autocrítica» lo llamaban. —Ni yo —mintió “el Valencia”, sonriendo como una hiena, con la humildad ficticia del niño sorprendido en falta—, lo decía sólo para ver cómo reaccionabas... Se nota que conoces bien el reglamento... No está mal. Siguió un minuto largo de silencio. Luego, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de cuero, sacó dos balas nuevas y le dijo: —Mira, “Isidro”, ¿ves estas dos balas? —Sí —respondió secamente, con la vista clavada en aquellos latones que brillaban con los amarillos mortecinos de un sol tardío de invierno—, claro que las veo; ¿qué pasa con esas balas? —añadió al cabo de unos segundos de espera estimando que, a pesar de tener treinta años, a veces, su jefe se comportaba como un crío juguetón y estúpido. El otro sonrió mientras las hacía tintinear con un campanilleo siniestro en el cuenco de la mano: —Míralas bien, “Isidro”. Son nuevas. Tan pequeñas y tan poderosas al mismo tiempo, ¿verdad?, parece mentira; —“el Valencia” siempre trataba de mostrarse locuaz, dar la impresión de ser un hombre razonador y culto frente a sus subordinados—. Fíjate bien en ellas: aquí donde las ves, estas balas ya tienen un destino. ¿Es curioso, no? Tienen un destino que ahora mismo no sé cuál es, pero por ejemplo: si estuviéramos rodeados por la Guardia Civil —le peguntó torciendo el sentido de sus razonamientos— y no pudiéramos escapar, ¿qué destino les darías? “Isidro”, mordido por la sorpresa, le miró como si estuviera delante de un extraño. —¿Y eso, a qué viene ahora?—le respondió a su vez con un desprecio contenido; luego, se encogió de hombros y señaló con un gesto del mentón la metralleta Thomson que le cruzaba el pecho. La pregunta no era absurda, aunque sí inoportuna y penosa. Pensó que “el Valencia” lo hacía para comprometerle, para tantear su valor, a no ser que le tomara por un imbécil. Notó que se estaba poniendo tenso, que aquello empezaba a enturbiarse y que su jefe tenía realmente ojos de chacal. —Pues yo tengo muy claro lo que haría con ellas si estuviéramos copados —añadió “el Valencia” como respuesta—: ¡pim, pam!, artículo catorce del Reglamento—le dijo apuntando con el dedo índice a modo de pistola su sien mientras le aclaraba— una para ti y la otra para mí, ¿comprendes lo que te quiero decir? Artículo catorce. Vivos no nos iban a coger, te lo puedo asegurar. “Isidro” le seguía observando en silencio tratando de adivinar sus verdaderas intenciones: «¡Será hijo de mala madre!—se dijo—, ahora me viene a restregar por las narices un artículo que se acaba de inventar —pensó sin mover un solo músculo de la cara, desafiante—, pues muy listo te has de andar si piensas cazarme, cabrón, porque no tendrás tiempo para llenar el cargador...», y soltó una blasfemia rotunda entre dientes. El otro se le quedó sonriendo, displicente, esperando ver florecer los frutos del miedo en los ojos del guerrillero; pero “Isidro”, persona endurecida por la vida, conservó una espesa calma fría de hombre tranquilo que le sirvió para responder sin alterar la voz, seguro de sí mismo: —Claro que sí, ¿no lo voy a comprender?: «pim, pam», muy fácil, artículo catorce, o treinta y ocho, —y luego, sopesando las palabras—, pero te voy a decir una cosa muy simple, mi comandante: por mí te puedes meter las dos balas por donde te quepan…, y el artículo catorce detrás —hizo una pequeña pausa—, y deja ya de sonreír, coño —alzó levemente el tono—, que me estás poniendo nervioso. “El Valencia” se enderezó de golpe con cara de pocos amigos mientras se limpiaba la culera de pana al sentirse recriminado por un subordinado; pensó que a lo mejor había ido demasiado lejos con la broma de las balas y el tabaco aunque, en realidad, decía lo que pensaba; tal vez porque desconocía la entereza de su camarada, un hombre al que no se le podía pisar el terreno por las buenas ni acobardar fácilmente, o porque estaba pasando por un mal momento; de todas formas, en el futuro trataría de guardar las distancias con los subalternos para mantener intacto el principio de autoridad, es decir, aplicar el Reglamento a rajatabla: —Vaya con el “Isidro”, ahora se nos ha puesto gallito... —le dijo. Y él, sin bajar la vista: —Ni gallito ni hostias, me pongo como me da la gana.
ALBOCABE
ALBOCABE La vida en Albocabe se detuvo de forma fortuita un quince de julio de 1937 y ya nunca volvió a recobrar su pulso normal. Sucede a veces que un hecho trivial, insignificante en apariencia, arrastra y despeña por la torrentera de la vida a otros pequeños desastres tan simples como el primero que, anudándose unos con otros, forman esa cadena invisible pero tenaz que nos ata a lo que llamamos destino trágico. Y esto es lo que sucedió en la llanada soriana aquel julio del treinta y siete: una desgracia que arruinó definitivamente la vida del pueblo. Dicen que la culpa de todo la tuvo el loro del jefe de la estación que no paraba de chillar lunático, verde, subversivo: «¡Viva la república! ¡Viva Azaña!», en plena guerra civil al paso de los trenes que iban acarreando hombres y pertrechos hacia el frente de Teruel. El único disparo que retumbó en los contornos de Albocabe por aquellas fechas fue el del fusilamiento del loro sobre las bardas de la estación, con jaula y todo. Y este disparo salido del pistolón de un alférez falangista fue la señal de partida para una carrera loca hacia el abandono y la muerte.
El loro era un provocador, republicano, de facción diametralmente opuesta a la de su dueño, Emeterio Garcés, que se consideraba de derechas «como toda la gente decente de por aquí, salvo cuatro ilusos bolcheviques que esperan repartirse las tierras de los demás, ¡serán sinvergüenzas!, como éste —y señalaba al Aquiniano, el guardagujas, un buen hombre, bajito, renegrido y verrugoso al que le había dado por estudiar esperanto y afiliarse a una célula anarquista dependiente de la CNT internacional— que no tiene donde caerse muerto y, la verdad, más le valdría». —Sólo digo lo que pienso, fascistón —le aclaraba el señalado. Entre Emeterio, jefe de la estación de Albocabe, y su loro no había buenas relaciones por culpa de la política y del Aquiniano que malmetió al loro contra su dueño enseñándole gritos subversivos y la primera estrofa de la internacional ácrata. —¿Por qué no dejas al loro en paz y te dedicas a engrasar el cambio y la contrapesa que los tienes llenos de rumio? El guardagujas le miraba con calma y la aceitera en la mano: —Hay animales que son más racionales que los propios humanos. Velay al loro. Toma, lee y aprende—le dijo Aquiniano mientras le largaba al jefe de estación el último panfleto esperantista que le había llegado de la capital: Studado pri landnomoj. —No me interesa tu propaganda política —le respondió despectivo. —Esto no es propaganda ni es política, animal; esto es cultura. —Te van a dar para el pelo cuando vengan los de Franco —le interrumpió bruscamente Emeterio, que en ese momento se disponía a atender una llamada avisándole de la salida del mixto 325 de la estación de Alconaba. No hizo falta esperar a que llegaran los nacionales para que Aquiniano desapareciera del pueblo sin dejar rastro. —Se habrá ido al frente —aclaraba Emeterio cuando le preguntaban por su ayudante—, con los rojos, claro.
A Albocabe hoy han vuelto las cigüeñas. Con las aguas del último invierno las arcillas del fondo han hecho acopio y la fuente está abundosa, el pilón lleno a rebosar y la charca verdea de ranas y liazas. Hacía tiempo que no se veían cigüeñas por aquí. La espadaña de la iglesia quedó huérfana años atrás cuando el cierzo les arrancó el nido haciendo que los animales aborrecieron el lugar espantados por tanta sequía, y que la tierra se volviera yerma. Florecieron los cardos en lo que antaño fueran sembrados de forma que los hombres se vieron irremediablemente empujados a buscar cobijo en los pueblos vecinos, dejando su pasado en el olvido y los muertos sepultados en la soledad del cementerio. Al fin sólo quedaron los barbechos y las lápidas. Desde que el último en marchar dejó puesta la llave de su casa para que entrara quien quisiera, el pueblo se fue acecinando, convirtiendo las casas en montones de adobe con grandes ojos hueros, aireando los machones de los tejados como esqueletos tendidos al sol, magros monumentos a la ruina y al abandono. Y con la lluvia y la gente se fueron las cigüeñas. El páramo se hizo consistente y sólido, pardo: el pueblo quedó vacío, la iglesia sin santos, la estación muerta. Además de las cigüeñas, la espadaña gótica perdió las campanas, y el camino que llevaba al cruce de Gómara empezó a enterrar sus losas bajo una espesa capa de barro seco ocultando el sendero que durante siglos trajo bodas, procesiones votivas, noticias de la guerra contra el francés, gaiteros en las fiestas y algún que otro sobresalto como el de la violación y muerte de la bella Dorita a manos de un buhonero; hoy ya es camino sin retorno, quedando sólo un letrero fantasmal y herrumbroso como única señal de que allí hubo una vez vida.
Intentó que se corrigiera, que gritara: ¡viva España!, ¡viva Franco!, pero su aprendizaje lento y a contrapelo de lo que ya sabía no le dio ningún resultado: —A ver: di «Franco». —Krrrar..., «¡Azaña!» —Cabezón, que digas «¡Franco!» Y el loro: —«¡A las barricadas...!» —Cállate, maldito bicho —le amenazó con una estaca. —Krrrar..., krrrar... Entonces tomó la determinación de abandonar el loro a su suerte para evitar compromisos: le abriría la reja y lo extrañaría de su estación. «No quiero loros republicanos en mi casa». Pero en esto también anduvo un poco tardo el Emeterio. Al loro lo fusilaron una tarde de julio, luminosa, verde como su plumaje, contra el paredón del tinglado numero uno, en aquellos días en que los trenes bajaban llenos de mulos, falangistas y camisas negras camino del frente, que saludaban a las chicas con el brazo extendido, a la romana, cantando en italiano: Mamma ritorna la ganceta de la mia terra natale che en el Africa orientale presto il fascio fara vendetta... Emeterio entró en agonía. Sudaba a mares. Cuando se detuvo el tren y vio bajar a la tropa en su estación, lo primero que hizo, después de arremolinar la bandera de señales, fue ir corriendo a buscar al loro y ocultarlo bajo una manta sudadera de las que tenía para abrigar al burro en las mañanas de escarcha. «A las barricadas, a las barricadas por el triunfo del honorrr...», se oyó de pronto. Emeterio quedó hierático, rígido, como quedaban las estatuas de sal en el Antiguo Testamento. El cabello se le encaneció súbitamente. De aquella especie de túmulo mortuorio salía una voz metálica, apagada, claramente audible, que profería gritos subversivos: «A las barricadas, a las barricadas por el triunfo del honorrr...» —¿Dónde está esa radio comunista? —tronó alguien. —Mi alférez, mi alférez, que eso no es una radio, que es un loro... —dijo el jefe de estación saliendo de detrás de la taquilla y cuadrándose espantado frente al militar. —¿Y quién coño es el dueño del loro? —Yo, esto..., quiero decir... que no, que no es mío —respondió atropelladamente. —¿De quién es?, lo pregunto por última vez —el alférez. «A las barricadas, a las barricadas por el triunfo del honorrr...» —¡Chist! —se revolvió Emeterio contra la voz que salía bajo la manta—. Del guardagujas, del Aquiniano..., pregúnteselo al señor cura, mi alférez. Es del Aquiniano que se ha ido con... Iba a decir «los rojos», pero se mordió la lengua antes que pronunciar semejante palabra delante de los falangistas. —Que lo fusilen inmediatamente —fue la orden. Dos flechas negras se abalanzaron contra la jaula. El animal hizo una pirueta de espanto y se aferró con pico y patas a los barrotes de su jaula, un armatoste artesanal hecho con grueso alambre y tablas sin desbastar, mientras chillaba como un poseso. —Ponédmelo en aquella tapia —dijo el alférez señalando el tinglado número uno al tiempo que desenfundaba una lüger enorme con munición capaz de derribar a un caballo de un solo disparo. «¡Pum!»
Esto está perdido. Treinta y uno de diciembre, ya. No tiene ningún sentido seguir resistiendo a base de morterazos. Desde que llegué no he visto sino miseria: muertos, hambre y piojos. «Los desastres de la guerra», que dijo alguien. Pensaba que desde este lado defendería la dignidad, la justicia, al pueblo. Pero no. La nuestra es una revolución de ignorantes. Nos falta cultura, mucha cultura. Y para remediarlo vamos quemando iglesias. Además, los comunistas se han convertido en pequeños burgueses, les gustan los despachos. Con qué sorna me recibieron cuando les dije que era de la CNT y que venía a luchar por la libertad: no les interesa la buena gente como yo. Un ferroviario soriano. «Vete con los tuyos», me dijeron. Y me mandaron a primera línea, aquí, a Teruel. No les culpo; no tienen ni idea de lo que es el anarquismo. Me dijeron que si no estaba a gusto que me fuera con Durruti. Ése sí que sabe poner orden por donde va. En cambio, éstos se pelean entre ellos como pequeños canallas por un poco de poder. Así que todo va manga por hombro, perdido sin remedio. Anoche cayó una nevada de aúpa. El frente está tranquilo porque el frío lo para todo. Creo que me voy a quedar como un pajarito si no llega pronto el relevo. En este picacho ya no hay nada que defender, por eso nos han dejo aquí a cuatro desgraciados como yo, para que nos congelemos. La última lata de sardinas se acabó ayer. Hoy no sé qué vamos a comer. Tengo que no siento los pies y las manos. Con la manta de nieve que hay no nos mandarán el rancho. Seguro que los generales tendrán buena mesa. Año nuevo en Libros. Así se llama este pueblo. Y sería bonito si no fuera por la guerra. Está muy alto, en el Javalambre. Pinos arriba, sabinas abajo, en el valle. Barrancos de muerte a ambos lados. Desde aquí se ve el cauce helado del Guadalaviar. Lo bien que estaría yo en mi casa. Nochevieja. Qué habrá sido de mi madre, la pobre, sola como se ha quedado. Se morirá de pena. Lo malo es que no sé qué diablos pinto yo aquí, ni qué pito toco en esta fiesta. Me vine al frente porque me trajo el corazón y me veo metido en este lío, yo, que soy de natural pacífico y siempre he luchado por la hermandad de los hombres, que doy lo que tengo a cambio de nada... Y si no que le pregunten al Emeterio, que me conoce bien. Él me decía: «Aquiniano, eres un iluso comunista». Y yo: «que no soy comunista, coño». Y él: «qué más da: todos sois hijos de la misma mala madre». «Sin faltar, eh», le respondía. Aquí me llaman "camarada" y éstos no son mejores que el Emeteri.: Y digo yo que así no se gana una guerra ni se hace patria. Las guerras se dan porque falta cultura. «Hacer del hombre el verdadero rey de la naturaleza no por su fuerza bruta, sino por la fuerza de su razón». ¿Y de qué me vale tener razón con veinte bajo cero? De esta noche no paso. «Busquemos la bondad natural del hombre...» ¿Dónde está el hombre si somos peor que lobos? En cuanto se quite la nieve nos triturará la aviación. Acabaremos en desbandada: lo veo venir. Si dijera a los otros lo que pienso me fusilarían, me llamarían derrotista, quinto columnista, facha. ¿Fascista yo, que he dejado todo para luchar por la libertad de los pueblos de España? ¡Cuánto más me hubiera valido quedarme en Albocabe y no haber cogido aquel maldito mixto que bajaba de Soria! Pero me hubieran fusilado los otros. ¿Qué habrá sido del Emeterio? ¿Y del loro? ¡Hay que ver qué animal más listo! Cuando pueda volveré a verlos. Y a mi madre, claro. Si tengo que morir, prefiero que sea en mi pueblo, con mi gente, antes que en este maldito monte de Teruel.
Por aquel entonces, entre Almenar y Gómara había un camino de carros que con el tiempo se convirtió en carretera asfaltada y hoy casi parece una autopista. Dicen que por estas tierras anduvieron los Infantes de Lara antes de que los moros les cortaran la cabeza. Tierra estremera, de mucho trabajo y poco fruto. Campos de Gómara. Dos accidentes cortaban este camino carretero: uno era el vado del Rituerto que junto con el Araviana andaban buscando al Duero. El otro era el talud de la vía del tren que venía de Santander atravesando el espinazo Ibérico para morir en Sagunto del que Albocabe resultaba ser su punto medio; y no había más accidentes notables en esta meseta destartalada. Si acaso, algunas hileras de chopos en las riberas, algún que otro olmo suelto por las lindes y frutales chaparros entre las huertas. Nada más. Y éste seguía siendo el paisaje cuando Aquiniano volvió a su pueblo. Es decir, muy parecido a como lo dejó. Pero más seco. Más terrizo. Más olvidado. Lo importante es que él estaba de vuelta y que era el único superviviente del centenar escaso de vecinos que dejó al marchar. Ni siquiera se veían cigüeñas. La estación, su estación, estaba cerrada a cal y canto. Ya no había trenes que subieran y bajaran dejando penachos de humo y carbonilla en el aire; en las vías crecían lagartos, zarzas y cardos borriqueros. La contrapesa de sus pecados que tantas veces engrasara a ruegos del Emeterio era una masa herrumbrosa que parecía ahorcada en su propia inercia. En la pared del tinglado número uno observó un desconchado redondo, profundo, como si hubiera recibido un balazo. Y al pie de ella reconoció un amasijo de alambres oxidados que bien pudieran ser los restos de una jaula. «¿Qué habrá sido de todos ellos?», se preguntó. El pueblo estaba bravío, abandonado. Quiso ver su casa, o lo que quedara de ella. La adivinó por el baldosín que lucía en el dintel con aquel Dios bendiga cada rincón de esta casa que su madre jamás le permitió quitar por mucho que intentó arrancarlo. Estaba hundida, irreconocible. Empujó la puerta de la cuadra y sintió el olor familiar del estiércol que todavía impregnaba las paredes. No había mucho que ver. Luego fue en busca del cementerio. En un rincón de lo que fuera el antiguo templo parroquial arrasado por los franceses, justo en el arranque de un airoso pilar gótico, vio una tumba florida de malezas y coronada con una cruz de palo: «Adela Sánchez Florián. Falleció el 4 de marzo de 1943. RIP», decía. Era lo que quedaba de su madre. Sintió una punzada al imaginarla agonizando en una aterradora soledad. «Le asistirían las vecinas», se dijo como último consuelo. Han pasado cincuenta años de cuando tomó el tren y se fue al frente. Y desde entonces no ha tenido más que penas. Sentado en el poyo de la estación recordó a su amigo Emeterio, el que le llamaba comunista, y la mañana aquella que tomó el mixto escapando del miedo, camino del exilio. Teruel, el frío de las noches de trinchera, su huida a Barcelona, el reguero de exiliados que iban sembrando de cadáveres las cunetas, el campo de concentración de Colliure —allí tuvo noticia de la muerte de don Antonio, el de los Campos de Soria que sucedió a poco de llegar—, la fuga del campo y el contacto con otros españoles que andaban en la resistencia. Prendre le maquis. Le llamaban le Sorianó los jefes de la partida de Alès, y ganó una medalla al valor cuando se jugó el tipo a pecho descubierto contra una columna de alemanes haciendo un montón de presos en la Grande Combe; aquella cruz le vale unas perrillas de pensión. Luego vino el maquis de verdad, en 1946, el que luchaba contra Franco. Creía que el pueblo les estaba esperando ansioso para sublevarse contra el dictador. Pura propaganda. Cruzó la frontera cargado de ilusiones y sólo la buena fortuna hizo que saliera con vida del asalto a sangre y fuego que el general Pizarro acometió en el Campamento Rodeno. Supo por los periódicos lo del desastre de Cerro Moreno, y fue cuando pensó seriamente en ganar la paz.
En Albocabe tampoco hubo supervivientes. Parecía un pueblo maldito: sólo quedaban los muertos. La puerta de la iglesia también estaba abierta, forzada por un vendaval. Era la primera vez que entraba en ella desde chico. Le pareció grande para los pocos feligreses que debían ir a misa. El Emeterio entre ellos. Estaba desierta: ni santos, ni cirios, ni olor a incienso. Sólo cagadas de pájaros y excrementos de cernícalos en los ventanales. La baranda del coro permanecía intacta y daba paso a las escaleras que se perdían por el torreón de la espadaña hacia el nicho que ocuparan las campanas. Porque tampoco había campanas. Tan solo un yugo de roble muy centenario que fuera soporte de alguna melena airosa y de un bronce rotundo quedaba anclado en el eje de donde salieran llamadas a la oración, avisos de pedrisco y anuncios de fiesta. También de entierros. Desde arriba el paisaje se perdía por las lomas lejanas que alcanzaban los aledaños de Gómara y Almenar. Los trigos verdeaban en tablares geométricos alternando con barbechos y plantaciones de girasoles. Toda ella era tierra de secano y panllevar, aunque ahora despuntaban algunos aspersores de riego automático. El yugo le servía de parapeto y punto de apoyo para no caer. En su rodar por el horizonte descubrió a lo lejos la estación de tren que nunca antes había visto desde lo alto, junto con el brillo mate de los rieles que se perdían infinitos hacia Calatayud. Y recordó en un instante toda su vida, en perspectiva. De repente se vio viejo y cansado. Tanto afán para nada. Una pequeña pensión de excombatiente francés, él, que se declaraba soriano de pura cepa, idealista y ferroviario. Y notó que todas las miserias pasadas se le agolpaban en la garganta haciéndole un nudo espeso de desesperanza. Lo sabía. Había vuelto al pueblo a morir. Y no se iría de allí sin cumplir su promesa. «Me voy a morir a mi pueblo», dijo medio en broma, medio en serio, a sus amigos de Alès cuando se despidió de ellos. Pensó que la iglesia era el lugar ideal para dar el último paso, el que estuvo a punto de dar muchas veces, voluntario o por fuerza, desde que salió de Albocabe: siempre con la muerte en los talones, siempre jugando con fuego real; «me voy a morir a mi pueblo», dijo y aquí estaba, para cumplirlo. Aquel yugo centenario de la espadaña de la iglesia en que se apoyaba le pareció recio y con la consistencia suficiente como para soportar el peso de un cuerpo tal que el suyo. Y entonces, con la lenta parsimonia de quien sabe lo que se hace, empezó a desenredar la soga que llevaba colgada al hombro...
El último LOBO de COVALEDA
EL ÚLTIMO LOBO de COVALEDA
La foto estaba en blanco y negro, mate, aunque le habían florecido unos rosetones pardos dibujando rosarios sobre el papel que le daban ese aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada fija al objetivo y el olor a lata de dulce de membrillo.
Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerséis de lana basta y cremallera larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como de trapo.
Al dorso de la foto se leía: La última batida. Noviembre. Covaleda, 1955, escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos laterales en las mayúsculas.
Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda contra un animal al que llamaban enemigo, causa de matanzas legendarias, y que tenía su guarida por los montes de Covaleda: el lobo.
Decir “el lobo” era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía, borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido, pero real, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás.
En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro animales yacentes a los pies de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También eran cuatro los cazadores.
Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso detrás con cuidada caligrafía: La última batida…
Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada y pana:
—Rufino, han visto las huellas de cinco lobos que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al Fulgencio…
Mi padre tenía un cierto ascendiente entro los cazadores del pueblo por ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores y haber sufrido en sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su hermana: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran, recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el caso.
—Cinco lobos, Rufino… Hay que ir a por ellos.
Vinieron a decírselo. En torno a la mesa se amontonaban años de monte y morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál era su puesto en el monte para darles caza, matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no se le podía dar tregua.
—También dicen que le han devorado una potra al Dostrés.
Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última batida, la definitiva.
—Y decís que han visto cinco…
A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente formidable, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres bien armados avanzando de frente, inmisericordes.
—…enormes, por las huellas que han dejado, Rufino —insistieron.
Se hizo una pausa densa; luego tomó una determinación:
—Saldremos el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre. Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi padre les dirá lo que tienen que hacer.
—¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? —preguntaron ellos.
—Tres.
Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la cocina de su casa. Era un hombre respetado pero de carácter enérgico y un tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. El se encargaría de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que, estratégicamente, había distribuido mi padre en los perdederos y portillos por donde debían pasar los lobos.
Llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, torreznos y botas de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para asar carne. Los ojeadores ya andaban removiendo el monte con voces y palos encaminando a los lobos hacia su destrucción: las trochas o los arroyos.
Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a la espera de tener noticias sobre los hombres que se habían ido al monte antes del amanecer. Tenía una vaga conciencia de lo que se avecinaba porque había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como un cofre con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en compartimentos para clasificar el material: aquí los perdigones para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte guardaba la pólvora de color negro y olor acre que trataba con delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza, utilizando un cacito de latón que le daba la medida exacta en cada caso. Una vez me dijo:
—¿Quiere ver lo que pasa con la pólvora?
—Sí.
Puso en el suelo un montoncito del polvo negruzco, aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, asustado.
—Ni se te ocurra tocarla.
—No.
Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de plomo: rojos, verdes, amarillos…, que se me antojaban emisarios de la muerte.
A primeras horas de la tarde bajaron algunos ojeadores, los más jóvenes, que llegaron dando voces:
—¡Han matado a cuatro! ¡Han matado a cuatro!
—¿Hombres? —preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.
—No, mujer, lobos.
—Ah, ¡Jesús, qué susto!
Yo corrí a decírselo a mi madre:
—El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.
Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:
—Entonces, se ha escapado uno…
Mi lógica era matemática puesto que había oído hablar de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno había salido con vida. Sentí una alegría agria, un algo que me hacía ponerme del lado del fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por haber salvado el pellejo, pero ensombrecida por la pena de saberlo solo, perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca el invierno. «¡Pobre lobo!», exclamé.
Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del Ayuntamiento.
—¿Son los cuatro machos? —le pregunté a mi padre.
—No, estas dos son hembras…, y no te acerques, que te muerden —me dijo haciendo una broma macabra mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes como navajas.
El macabro conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos opacos con manchas de sangre seca. Ya había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del huido no me la podía quitar de la cabeza… Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera difuminando la figura del lobo solitario que me imaginaba aullando a la luna recortado contra el horizonte del pinar.
Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor y de que contara con noventa y tantas cabras que eran para mí como un mundo cálido y vivo que hizo que se me fuera desatando la curiosidad por el pastoreo. Además, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los animales y los olores que traía el viento. Me gustaba ir con él porque cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de lobos, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que solía emplear al hablar… Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas. Después de la siesta me solía decir:
—Chiquito —así me llamaba—, ¿te vienes conmigo? Anda, que te monto en la yegua.
Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos que dejaba sueltos por el monte formando una manada que solía andar por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la cuadra. Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies: los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el arroyo…, y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como si fuera mi Paraíso Terrenal. A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de pan duro y ella los cogía con toda delicadeza del mundo para no lastimarme con sus dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía. Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al corral del Guijo con la yegua cana. El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado a media ladera de una cuerda de rocas cortadas a pico que se desplomaban formando cuevas que, oportunamente apañadas, se convertían en un refugio natural y abrigo en invierno. Cuando llovía, por ejemplo, allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la tormenta. A mi lado, siempre se venía el perro.
—Quieto, Lunes, que me mojas.
El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un familiar de mi abuelo, y le dijo:
—Pedro, ¿quieres un perro?
Mi abuelo al ver aquello, le contestó:
—¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?
—¿Éste? —le dijo el otro—: Este perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos que usan boina tener la inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?
Mi abuelo sonreía socarrón:
—¡Si sabe latín…!
Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco retraído, se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue enseñando cómo tratar a las cabras y —como era cierto que sabía latín— pronto aprendió el oficio de pastor pasando de hacer risa a causar admiración, pues a la menor insinuación de mi abuelo levantaba las orejas, enfilaba el morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le mandaba: subir, bajar, cantar o bailar… El Lunes era un perro genial.
--Chiquito, ¿cómo le ponemos? —me dijo un día preguntando por un nombre.
—Hoy es lunes…
—Me parece bien —me atajó.
Y con Lunes se quedó.
Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un toquecito con el morro para que siguiera… Un día se me ocurrió decirle a mi abuelo:
—Con lo pequeño que es, como venga a un lobo nos quedamos sin perro.
Y mi abuelo se reía pensando que, efectivamente, era poca cosa para enfrentarse a los lobos:
—Pierde cuidado, que por aquí ya no quedan.
Luego le recordé:
—Pero uno se escapó…
—Ya. A saber dónde andará.
Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el tardío y pronto tendría que volver a la escuela. Una tarde, cuando ya empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:
—Cadenas, —así llamaban a mi abuelo a raíz de la llegada de unos comediantes al pueblo que recitaron el famoso romance de Pedro el Cadenas, (digo famoso por aquellas fechas) que llamó la atención a los mozos de su cuadrilla y le aplicaron rápidamente el nombre quedándole como apodo que luego pasó a la familia…; pues vino el Saturnino y le dijo:
—Cadenas, ten cuidado porque el Zurdo dice que le ha faltado una cabra al Morgas y no sea que por aquí ande el lobo…; él, por si acaso, ya ha puesto unos cepos.
Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:
—Aquí ya no hay lobos, Saturnino. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos cepos, que son peligrosos.
Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:
—Abuelo, pero uno se escapó…
Mi abuelo me acarició el cogote.
—Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, que ése no hará mal a nadie porque a lo mejor está muerto.
«¡Ojalá esté vivo!» pensé yo y me quedó como una sospecha de que el día menos pensado me iba a encontrar con él.
Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que servían de abrevaderos para las cabras e, incluso, los días calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes. Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de las tardes de pastoreo. Pero aquella tarde —no se me olvidará la escena— al pasar por el camino que corre paralelo al regato notamos que algo se movía tras unos espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra enredada que no podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo, vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo grisáceo…, enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros con el resuello ahogado: un cepo enorme le tenía atenazada la garganta. El lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte clavado hasta la médula, haciendo presa en la vida que se le escapaba lentamente por el fiero bocado del hierro. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y terrosa…
—¡Es el lobo! —grité.
Agonizaba: a través del follaje el animal me miró con sus ojos moribundos, casi opacos, en los que se dibujaba el dolor de ser el último lobo de Urbión; el verle no me dio miedo, la verdad, sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo:
—¡Pobre lobo!
Y me alejé corriendo. MEMORIAS del ALTO DUEROAlgo de tu esencia, Covaleda... Algo de tu esencia A volver me obligas Canción para el Duero Niño Naces azul en los sesteros del invierno, Todavía niño escondes cristales de nieve Verdinegro y helado Compañero del sendero ¡Detente, Duero! Ambas cuerdas El horizonte se quiebra Y el cielo, A vuelo de águila, caliginosa, Las rocas lunares Ambas Cuerdas les dicen SONETO a mi tierra de Castilla ¿Por qué sueñas con el mar, castellano, Jamás verás un bajel más ufano ¡No sueñes más, castellano! El Duero M. GUILLOTINM. GUILLOTIN Maître Guillotin disfrutaba como un enano salvaje fumándose un purito cada día después de comer mientras madame Guillotin recogía los platos y echaba los restos a los patos. Digamos que era el único placer pequeño-burgués que se permitía este parisino, aparte de asistir a algunas representaciones patrióticas en las Tuilleries y danzar la Carmagnole en la Place du Peuple aquellos días revolucionarios de 1792; por lo demás, seguía siendo un honrado ciudadano antimonárquico y anticlerical del montón. Pero a M. Guillotin se lo llevaban los demonios cada vez que al querer “decapitar” el purito de la sobremesa con los dientes se le astillaba, se le rompía la fina hoja de cobertura o se le abría una grieta que lo hacía infumable. Entonces exclamaba «Merde!» en un francés impecable y lo lanzaba al fuego resignándose a no recibir su consuetudinaria ración de nicotina. Eso no podía ser; y es que solía dar un mordisquito al puro para facilitar el paso del humo, pero el hecho de desgraciarlo le ponía de mal humor. «Merde! —decía—, ce con de cigare!» Así que empezó a maquinar la forma de cortar el puro de forma profesional, sencilla, eficaz y sin roturas que le evitara el tener que lanzarlo a la hoguera. En estas andaba cuando vio a su mujer que, provista de un cuchillo carnicero, rebanaba limpiamente el pescuezo de un pato sujeto a un taco de madera sin darle tiempo a decir ni «cua». «Parbleu!», exclamó el parisino; eso era justamente lo que él andaba buscando: una tajadora de bolsillo que sirviera para decapitar puros sin tener que recurrir al tradicional mordisqueo. «C’est une idée excellente!», y le vino a la mente su navaja de afeitar que inexorablemente le cepillaba cada mañana la verruguita que tenía en el mentón viéndose obligado a restañar —también cada mañana— el consiguiente brote de sangre con polvos de piedra alumbre que guardaba sobre la repisa del cuarto de baño. Y se puso manos a la obra. Tomó dos maderitas planas y las acopló a la hoja afilada de manera que pudiera subir y bajar la cuchilla sin estorbo; ahora sólo faltaba practicarles un agujero en la parte inferior para introducir la cabeza del puro hasta el punto donde solía morderlo y así “decapitarlo” limpiamente con la navaja. Cierto es que había visto a algunos españoles venidos de Castilla utilizar palillos para perforar el puro y permitir el paso del humo a modo de chimenea, pero esto le parecía de una grosería intolerable: —Ces Espagnols toujours aussi barbares! Probó con un habano de regular tamaño y la cosa funcionó de maravilla: le hizo un corte impecable y se lo fumó con delectación; al chisme llamó “décapiteur” —lógico, por otra parte— aunque sus vecinos, fumadores de puros como él, le copiaron el invento y prefirieron llamarlo “guillotina” en honor a su dueño. Estábamos en los días revueltos de la Revolución francesa. En la calle se sucedían fusilamientos a mansalva. Incluso habían asaltado la Bastilla las turbas enardecidas y liberado a los cinco presos que había en ella, uno de los cuales protestó enérgicamente porque lo echaban directamente a la calle mientras que en la cárcel se encontraba divinamente: comida y cama gratis. «C’est pas vrais! —gritaba desolado—, je suis un assassin!»
Un día de fiesta del mes Brumario se hallaba nuestro héroe en un bistrot cerca de Pigalle, cuando una cocotte observó que M. Guillotin sacaba su artefacto —se había fabricado una “guillotina” de bolsillo monísima— y decapitaba su puro de una forma absolutamente revolucionaria; era una maquinita muy coqueta y de una eficacia extrema: metía la punta del puro por el orificio “ad hoc” y de un tajo lo dejaba listo para ser fumado. ¡Zas! —Putain, c’est magnifique! —exclamó la fulana, y se fue con el soplo a la Convención a decirles que un señor había inventado una “décapiteuse” sumamente eficaz y limpia: se acabó eso de gastar balas y pólvora del pueblo contra los burgueses, ahora se cortarían cabezas de una forma tan sencilla como descapullar un puro. Conmovidos por la novedad, los jefes mandaron que se presentara el ciudadano Guillotin y explicara su invento ante la asamblea; el hombre acudió absolutamente turbado y pidió que le trajeran una caja de habanos que empezó a decapitar con habilidad y repartir entre los representantes del pueblo que, estupefactos, fumaron con avidez; envueltos en una magnífica nube de humo, los jefes le dieron una pasta gansa por el invento y mandaron montar centenares de guillotinas —o sea, “décapiteuses”— por toda Francia. Francamente, el pueblo quedó admirado por lo limpia y eficaz que resultaba la nueva máquina que fue colocada a tamaño natural sobre unos andamiajes patibularios en la plaza pública; tanto es así, que el propio rey Luis XVI quiso probarla, y a fe que lo consiguió, aunque no fue de los primeros. Lo malo es que el pobre M. Guillotin enriqueció súbitamente con su invento e inmediatamente fue declarado burgués y enemigo de la República, y condenado a muerte en su propio artefacto… Estarás pensando —querido lector— que, a fin de cuentas, nuestro honrado ciudadano no hizo más que probar de su propia medicina. Pero la cosa tiene su guasa, porque el muy ladino, suponiendo que algún día se le volverían las tornas, diseñó un agujero en la tabla de la guillotina para que pudiera pasar una cabeza normal: digamos la del rey, por ejemplo; y no lo he dicho antes, pero M. Guillotin tenía una cabeza enorme, vamos, que era un cabezón, o sea que… TANNHÄUSER: entre el éxtasis y el pecadoLlegado el día de San Lorenzo, había para mí un momento estelar en la misa mayor que aguardaba de año en año con una delectación casi morbosa, tanto que tuve serios escrúpulos de conciencia de que aquello fuera pecado y así se lo confesé a don Nicolás, porque me acometía una excitación rara en el momento de la consagración que me distraía de mis obligaciones de monaguillo, justo cuando don Serapio atacaba el Tannhäuser marcando fortísimos los bajos para que el contrapunto de los clarinetes saliera flotando por las bóvedas de la iglesia en una fuga sutil y asombrosa que me transportaba lejos del altar, más allá de las montañas y del mismísimo cielo. Era un momento de arrebatada enajenación, algo fuera de lo normal. —Don Nicolás,
vengo a confesarme... Ni remotamente podía imaginar que esta pieza musical que con el tiempo llegó a resultarme familiar fuera obra de un romántico alemán llamado Wagner —según me dijo el Paco, gran maestro del clarinete que tocaba en la banda—, que formaba parte de una famosa ópera donde se contaba la leyenda de un caballero llamado Tannhäuser castigado por rechazar los favores de la diosa Venus y preferir los amores de Elisabeth, una simple mortal bellísima y sensual, y otros detalles que se molestó en explicarme y ahora no recuerdo, porque a los diez años uno tenía otras preocupaciones más importantes en que ocuparse y no, precisamente, de los amores de un minnesänger alemán. Caí en la cuenta de su valor mucho después, cuando un día llegó a mis manos una selección de Oberturas Clásicas entre las que figuraba la de mi admirado Tannhäuser. Y es al final de la pieza cuando llega el clímax, lo que me provocaba el éxtasis cada 10 de agosto. La banda de música de Covaleda era la institución local por mí más admirada si excluimos la iglesia —ésta por fuerza en aquellos días de nacional catolicismo— y la escuela, lógicamente. Admiraba, y con razón, a doña Juliana, mi maestra de párvulos que aplicaba a rajatabla el dicho de que la letra con sangre entra, único método eficaz para encauzar a aquellos potros salvajes que éramos nosotros por el camino del saber; a don Paco “de arriba” y a don Paco “de abajo”, llamados así por el piso y grado que ocupaban sus aulas, que cada día les tocaba lidiar con un centenar de novillos reacios a toda disciplina. La banda de música, digo, con su director a la cabeza, don Serapio, era la encargada de marcar el grado de solemnidad de las festividades del pueblo: a mayor solemnidad, mejor repertorio musical y mejores pasacalles, de manera que el día más importante del calendario, la fiesta patronal, exigía forzosamente el Tannhäuser en la misa mayor —cierto es que luego fue sustituido por el himno nacional, pero ya no era lo mismo, no me entusiasmaba—, al alzar, en pleno milagro de la transubstanciación, cuando las personas y banderas se humillaban respetuosas ante la solemnidad del momento; para mí, incipiente pecador, el milagro verdadero no era el del altar, sino el de la música que sonaba: la forma maravillosa de atacar el comienzo con la levedad de una brisa, alargando los trombones las notas para hacerlas engrosar como si de una ola gigante se tratara apoyada en los bajos, que estallaba a los pies del altar y salpicaba con la espuma de los clarinetes elevándose junto con las volutas de incienso por las columnas barrocas del retablo hasta alcanzar las bóvedas de crucería y retornar en cascadas de semifusas por los aledaños del coro hasta caer dormidas entre los azulones y violetas de las altas vidrieras reflejadas en el suelo. Y yo, allá abajo, revestido de monaguillo, esperando sobrecogido la llegada del repeluzno, del éxtasis, sintiendo en la nuca el perfume del milagro… El largo acorde final me devolvía a la realidad pasada la consagración, y el Tannhäuser recién interpretado quedaba en mi recuerdo como un arrebato místico que se repetiría al año siguiente. —Don Nicolás,
¿eso es pecado? Arrodillado frente al altar mayor para cumplir la penitencia, tuve la clara conciencia de que el Tannhäuser tocado por la banda de mi pueblo era mucho más grande que una oración, y mucho más hermoso que un pecado mortal: Padre nuestro que estás en los cielos…
A JOSEA JOSE Que llamábamos también “PARRITA” y se fue temprano
Vente al pueblo, Pedro, me decías, que te hacemos alcalde… Te veo allá abajo,
«Yo soy así, tío», me
dices Y luego me haces
confidencias de experto: ¿Recuerdas aquella
tarde de agosto, Y te arrancabas a
provocar a los mediocres, «No me jodas, Parrita,
La noche se lía en tus
venas «No me jodas, Parrita,
irte ahora | |||||||||||||||||||||||||||||||